Eduardo Torralbo, exalumno de Salesianos Barakaldo: "Cuando iba a confesarme me besó en los labios"

TRAS DENUNCIAR LOS ABUSOS QUE SUFRIÓ EN LOS AÑOS 80 EN EL COLEGIO SALESIANOS BARAKALDO POR PARTE DE UN SACERDOTE, LA INSTITUCIÓN HA RECONOCIDO LOS HECHOS Y LE HA PEDIDO PERDÓN

06.03.2022 | 11:36
Eduardo Torralbo, exalumno de Salesianos Barakaldo: "Cuando iba a confesarme me besó en los labios"

A sus 47 años, Eduardo Torralbo ha dado un paso al frente y ha denunciado los abusos y malos tratos que sufrió en la década de los 80 en el colegio Salesianos Barakaldo por parte de varios sacerdotes. La institución salesiana, tras realizar una investigación interna, ha dado por "acreditados" los hechos y le ha pedido perdón en una carta.

¿A qué año se remontan los abusos que denuncia haber sufrido?

—Entré en el colegio en 1980 y los primeros años fueron complicados, pero cuando empecé a sufrir abusos fue en 5º de EGB. A partir de los once años en clase sufría tortazos, golpes y palizas por parte de varios sacerdotes. Los abusos sexuales fueron por parte de Wenceslao Ortega.


¿Era usted la única víctima o también los sufrieron otros alumnos?

—Los sufrí yo y también otros compañeros. Cuando iba a confesarme me agarró de las mejillas y me besó en los labios. Me dejó incluso babas. Era repugnante. También aprovechaba para sobarte. Era curioso porque uno de los sacerdotes tenía una cola muy larga y Wenceslao estaba solo. Ninguno quería confesarse con él.

La primera vez que le ocurrió se quedaría en 'shock'...

—Era tan habitual y éramos tan críos que no nos dábamos cuenta de ello. Luego lo contabas en casa y no te creían. Te decían que no, que es que te quiere mucho, porque los curas entonces estaban muy protegidos. Tenían mucho poder y la gente no se daba cuenta realmente de lo que estaba pasando, de que eran abusos.

Un sacerdote besando en los labios a un niño no deja lugar a dudas.

—También era habitual, cuando nos estábamos duchando, que se paseara por allí con miradas obscenas.

Dice que usted y varios alumnos se lo contaron a sus familias.

—Sí, pero ninguna llegó a decir nada en esos momentos. En los años 90 debió pasar algo parecido y un padre denunció a Wenceslao. Fue trasladado a Navarra para acallar el tema.

¿Qué le parece que esa fuera la única medida que se adoptara?

—Me parece una sinvergüencería. Lo que tenían que haber hecho es expulsarle tanto del colegio como del sacerdocio, que es lo que yo he pedido a la Diócesis de Bilbao. Lo que pasa es que, según me dijeron, no se puede quitar del sacerdocio a una persona que ya ha fallecido.

Quiere que la Iglesia le expulse y, además, quede constancia de ello.

—Sí, solicité a un representante de los salesianos que reconocieran los abusos y me pidieran perdón por escrito. Nos reunimos, habían revisado los archivos y trajo incluso una fotografía de Wenceslao Ortega. Yo le identifiqué y me reconoció que tenían conocimiento de los hechos.

Dice que a algunos compañeros les sentaba en sus rodillas.

—A mí no me pasó, pero a otros compañeros los sacaba a decir la lección, los sentaba en sus rodillas y los manoseaba. Me acuerdo de que en una Semana Santa íbamos diciendo el vía crucis en la Iglesia y, antes de ponernos la ropa de monaguillo, nos hizo quedarnos en calzoncillos. Entonces no te dabas cuenta, pero ahora de mayor recapacitas.

Además, también les castigaba.

—Te mandaba dar cinco vueltas al campo por haber hablado en clase o haberte reído aunque estuviera lloviendo o granizando. De tarde, después de comer, dar cinco vueltas al campo lloviendo era una barbaridad. Podía haber pasado cualquier cosa.

Ha denunciado asimismo que otro sacerdote lo maltrataba.

—Sí, me daba palizas severas y he pedido que se le quite del sacerdocio y se le eche de los salesianos. Tiene noventa y pico años.

¿Se ha sentido comprendido cuando ha compartido estos hechos?

—A veces se intenta justificar un poco que en aquella época un cachete... Un cachete en aquella época si estás predicando la palabra del señor y haciendo el mal y pegando a otra persona no creo que sea buen ejemplo.

Tampoco fue un cachete, según dice, que ya de por sí sería condenable.

—No eran cachetes, eran auténticas palizas. Te tiraba de los pelos, sobre todo de las patillas, de tal manera que se quedaba con pelos en la mano. Me daba Ciencias Naturales y yo realicé un cuaderno precioso, con todo subrayado, donde tenía mis apuntes para estudiar. Me lo rompió, lo destrozó para que tendría que volver a hacerlo y me pegó en la cara.

También sufrió maltrato psíquico.

—Ese sacerdote organizaba viajes escolares a Andorra y a otros sitios y no me dejaba ir porque decía que no quería que yo fuera con él a ningún lado. Mis compañeros iban, lo disfrutaban y luego me contaban lo bien que se lo habían pasado. Yo era un crío. Para mí eso era un castigo psicológico terrible.

¿Arremetía contra usted con especial saña? ¿Por qué esas diferencias?

—Las palizas eran generalizadas y los abusos de Wenceslao también, pero yo pregunté si era el único de Salesianos Barakaldo que había denunciado y me dijeron que, de momento, sí.

¿Nunca llegó a casa con moratones o marcas por las palizas que su familia pudiera detectar?

—Una de las veces llegué con la cara muy roja de los golpes que me había dado un sacerdote y acudió mi padre a hablar con él. A raíz de aquello, el trato fue peor. Me cogió más manía.

¿Las palizas se producían siempre delante del resto de los alumnos?

—Sí, tanto las mías como las de los demás compañeros, los tortazos... Me acuerdo de una vez que otro sacerdote, que también ha fallecido y nos daba dibujo, le estaba dando tal paliza a otro compañero que llegó a salir un compás disparado y se quedó clavado en el encerado. Si llega a pasar cualquier alumno, se le clava el compás y desgracia doble.

¿Qué le produce más impotencia de todos esos años de sufrimiento?

—Los besos al confesarte, porque estabas allí vendido, y las palizas.

Los abusos que denuncia se produjeron en los años 80. Suena relativamente cercano.

—Estábamos en democracia.

¿A qué edad salió del colegio?

—Salí con 14 o 15 años al instituto de maestría y, como dije en la Diócesis, pasé de la dictadura a la democracia, hice la transición.

¿Le quedó algún trauma? ¿Afectó aquello a sus relaciones afectivas?

—En lo que respecta a las chicas, cuando estábamos en el colegio éramos unos auténticos cavernícolas. Cuando venían las salesianas, éramos como salvajes, como si no hubiésemos visto a nadie del sexo femenino en la vida. Ahora lo piensas y dices: Madre mía. Cuando veo que mi hijo ha ido con chicas a clase y la relación que tiene con ellas, me da envidia no haber podido vivir yo así. En esos colegios te hacen ser machista aunque no quieras.

Les faltaba educación sexual.

—Wenceslao decía que si te masturbabas había que cortarse la mano y que te quedabas ciego. Me acuerdo también de que salía el aparato reproductor masculino en uno de los libros y se pasaba por encima. No te explicaban absolutamente nada.

¿Contó con el tiempo a su entorno que había sido víctima de abusos?

—Solo lo saben mi pareja, mi padre y mi madre. Luego te suelen preguntar: "¿Qué tal con los curas?". Y yo digo: "Mal, mal". Algún compañero de hoy en día me ha dicho: "Jo, parece increíble, pero muchos de los que habéis estudiado con sacerdotes no me habláis bien de ellos".

¿Por qué se ha animado a denunciarlo públicamente ahora?

—Porque he visto que la prensa se está implicando y que el Gobierno se está moviendo. Vi en un periódico digital que salía el caso de los Paúles, vi el correo electrónico de la Diócesis y me animé a escribirles.

¿Se reunió con la comisión para la prevención de abusos el pasado mes? ¿Se sintió bien recibido?

—Fueron muy correctos.

¿En la Diócesis también reconocieron los hechos que describe?

—Sí. Me dijeron que no había mucho que investigar en mi caso porque estaba ya confirmado que era así. A poco que miraron en los archivos, corroboraron lo que yo estaba contando, que coincidía con la época.

Solicitó que se le pidiera perdón por escrito y se dieran a conocer los hechos y los nombres de los sacerdotes en los medios de comunicación. ¿Busca la reparación pública?

—Sí. Los salesianos me han mandado una carta pidiéndome perdón y reconociendo los abusos, pero no la remitirán a los medios porque creen que les puede perjudicar, aunque una cosa es la institución y otra las personas que cometieron los hechos.

¿Está, no obstante, conforme con el contenido de esa misiva?

—Estoy satisfecho aunque me gustaría que, además de a Wenceslao, nombraran también al otro sacerdote que me maltrató.

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