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La estrella Seixas ilumina la Itzulia

El astro francés, insolente y dominador, conquista la carrera vasca por aplastamiento por delante de Lipowitz y Tobias Johannessen, que se mete en el podio en el cierre de Bergara donde vence August y Pello Bilbao e Ion Izagirre se despiden para siempre de la carrera vasca

La estrella Seixas ilumina la ItzuliaEfe

Michelangelo Merisi da Caravaggio, pintor del barroco, configuró su obra a través de lo oscuro y los excesos. Su estilo se sublimó a partir de su naturalismo extremo y el uso dramático del tenebrismo. El artista italiano gozaría con lo que se veía en la Itzulia.

Hubiese retratado al natural a Paul Seixas en un día apagado, oscuro, sombrío, lóbrego y tormentoso. La luz la podría haber extraído de las entrañas del líder. El sol en el corazón de las tinieblas, en medio de la tempestad, del padecimiento, de la tortura en una travesía de supervivencia, en una trinchera infinita de dolor y penurias.

El francés, pura vida, posa para el museo de la historia. Desea transcender. Colgar de la galería de los retratos de los más grandes. Ese es su empeño, atravesar la historia. Tiene 19 años y el descaro de querer ser el mejor. Persigue obsesivo esa idea.

El francés conquistó la Itzulia, su primera vuelta por etapas del WorldTour, desde el exhibicionismo y la suficiencia. Puso la primera piedra del imperio que imagina con su incontestable victoria en la carrera vasca. Itzulia, territorio Seixas. Consumó su dominio aplastante después de alcanzar la gloria en Bilbao, en las Cuevas de Mendukilo y Eibar.

En el podio final, en Bergara, donde venció Andrew August, otro joven, un veinteañero, el más fuerte de la fuga, posó Seixas de amarillo con Florian Lipowitz, segundo, y Tobias Halland Johannessen, que alcanzó el podio y desplazó a Primoz Roglic e Ion Izagirre.

Ion Izagirre y Pello Bilbao, en sus últimas pedaladas en la Itzulia.

El de Ormaiztegi también fue mejor que el esloveno, pero el noruego, en un movimiento táctico inteligente y exitoso, se interpuso entre él y la orla del podio en su última Itzulia.

Izagirre remató la carrera que más ama en cuarto lugar. Pello Bilbao, otro admirador de la Itzulia, fue sexto, e Igor Arrieta, octavo.

Itzulia 2026


Sexta y última etapa

1. Andrew August (Ineos) 3h29:35

2. Raúl García Pierna (Movistar) a 16’’

3. Frank van der Broek (Picnic) a 34’’

4. Gal Glivar (Alpecin) m.t.

5. Filippo Fiorelli (Visma) a 1:07

8. Tobias Johannessen (Uno-X) a 1:09 

15. Igor Arrieta (UAE) a 2:37

17. Ion Izagirre (Cofidis) a 4:15

20. Pello Bilbao (Bahrain) m.t.

21. Paul Seixas (Dectahlon) m.t.

22. Florian Lipowitz (Red Bull) m.t.

32. Markel Beloki (Education F.) a 8:02

42. Txomin Juaristi (Euskaltel-Euskadi) a 16:50


General final

1. Paul Seixas (Decathlon) 20h07:35

2. Florian Lipowitz (Red Bull) a 2:30

3. Tobias Johannessen (Uno-X) a 2:33

4. Ion Izagirre (Cofidis) a 3:50

6. Pello Bilbao (Bahrain) a 5:03

8. Igor Arrieta (UAE) a 5:25

13. Markel Beloki (Education F.) a 18:39

18. Ibon Ruiz (Kern Pharma) a 24:18

22. Txomin Juaristi (Euskaltel-Euskadi) a 30:14

La locura de Seixas

El líder dedicó el último día a un ejercicio de consumo propio. Esa pulsión, el arrebato de un loco maravilloso, enmarcó su fuga del resto de los mejores en Elosua y su persecución de quienes eran inalcanzables.

Un lunático disfrutando de su superioridad en un día de perros, apaleados los cuerpos por la lluvia, desfigurados los rostros, sin marco, el gesto torcido, los ojos hinchados.

En esas circunstancias, lejos del calor del grupo, se retó a sí mismo por el placer de hacerlo. En la Itzulia él era su única medida, el metro patrón.

El francés, el nuevo astro, es un ciclista de rompe y rasga. Insolente, descarado, fuerte, desgarró el grupo con fiereza. Juventud, divino tesoro. Se lanzó en persecución de los fugados por el revirado descenso, carreteras secundarias que supuraban agua y riesgo. Nada le asusta.

No tenía ninguna necesidad Seixas de ese movimiento. Ocurre que el ciclismo moderno se rige por el espectáculo, por las luces de Broadway, las primas donnas, por las exhibiciones, las hipérboles y las hazañas que contar a través de los oh, la lá, de las redes sociales. Todo es excesivo. Exagerado.

Se corría a tientas en la Itzulia. A ciegas. Irrumpió la lluvia, el frío, las ropas de abrigo y los colores oscuros, el negro de luto de los chubasqueros que protegen a los ciclistas.

Se cerró el cielo, gris oscuro, y la lluvia, seña de identidad de Euskal Herria, el maná que logra pintar los montes de verde y que luzca la foresta saludable, repiqueteó con violencia en los cascos de los ciclistas como pajarillos que picotean.

August, vencedor de la última etapa de la Itzulia en Bergara.

Como si fuera un plan de los dioses, la carrera vasca, durante días al sol, desnuda la primavera, vaporosa, calurosa, se vistió de invierno en Bergara.

La lluvia quiso estar presente en un día que acumulaba despedidas. El ciclismo vasco no se puede entender sin el mal tiempo. Unidos por el cordón umbilical.

Una Itzulia sin suelo espejado, sin incertidumbre, sin peligro, sin lluvia que ametralla, sin frío y desconsuelo es una anomalía.

En ese paisaje tormentoso, el temporal azotando inclemente, en un cuadro de William Turner, el pintor de tormentas que se ataba a los mástiles de los barcos para meterse en alma de la tempestad, se estableció la batalla final de la Itzulia.

Tobias Johannessen, al podio

El aspecto triste viró hacia la melancolía cuando Pello Bilbao anunció que sería su último día de competición en la Itzulia. El gernikarra, uno de los ciclistas más notables de los últimos años, expuso que la presente campaña dirá adiós a su biografía ciclista.

Disputará el Tour, la Klasika de Donostia y el Circuito de Getxo en su desfile hacia el ocaso. En ese tránsito le acompañará Ion Izagirre, que también arriará su bandera.

El de Ormaiztegi, otro gran representante de un notable generación de ciclistas vascos, colgará la bici de competición al final del curso.

En la Itzulia de las despedidas se desconecto la voz de Arritxu Iribar, miles de horas en el micrófono de Euskadi Irratia narrando el latido del ciclismo vasco.

La periodista de Zumaia acercó las voces de cientos en la prueba vasca. Las de Ion Izagirre y Pello Bilbao sonaron a victoria y a despedida. Arritxu Iribar lo contó.

El ocaso de la Itzulia provocó una huida hacia delante. Saltó todo por los aires. El calor acumulado, desató la tormenta. Disparados los dorsales, bolas de cañón.

Se configuró una fuga tumultuosa, una manifestación de más de una treintena en la que Tobias Johannessen tamborileaba los dedos imaginando el podio.

Uno-X, al asalto de podio con Johannessen.

A su alrededor, el Uno-X en rebeldía, y un buen puñado de buscadores de oro. Una apuesta decidida que le catapultó a la orla final.

Soler, Healy y Skjelmose se destacaron en la segunda ascensión a Elosua, altar del ciclismo aficionado, decorado de la Subida a Gorla, una de las carreras más prestigiosas del almanaque.

Un rito iniciático de numerosos profesionales. Conquistar Gorla era un trampolín. En esa bisagra, Paul Seixas, amarillo cubierto de negro, pastoreaba el baile bajo la lluvia. Lipowitz, Ion Izagirre, Pello Bibao… No estaba Roglic, despeñado por el esfuerzo. El de Omaiztegi tenía un pie en el podio.

Victoria de August

El líder, una central del vatios, iluminaba la ascensión. Caballero oscuro para el resto. Incandescente, descorrió el manto húmedo, la cortina de agua, con una aceleración prodigiosa. Esprinter en la montaña. Soler, Healy y Skjelmose entrelazaron sus esfuerzos.

En Azkarate seguían delante, pero iban menguando. El grupo de Johannessen les intuía con prismáticos. No tardaron en alcanzarles. En el retrovisor, Seixas continuaba con su locura. Testarudo, perseguía sin desmayo en un viaje a la memoria de ciclismo.

Se relamía Johannessen, encantado el noruego, en la subida a Asentzio, donde Seixas regresó al lugar del que partió tras una enrollarse la manta a la cabeza.

Andrew August, un joven valor que tiempo atrás pudo con Seixas, revoloteó con fuerza. Raúl García Pierna se tachonó al estadounidense hasta que la fatiga le comió.

August abrió los brazos en Bergara en medio de la miseria. Feliz, incrédulo, tras su logro. La foto que precedía al retrato de las estrella francesa. El emperador de la carrera vasca. En la oscuridad, Seixas ilumina la Itzulia.