De algún modo, probablemente por los sucesos recientes y extraordinarios que elevaron a Paul Seixas a categoría de estrella, por eso de sus exhibiciones en la Itzulia, en el Muro de Huy y en Lieja, aunque batido por Pogacar fue el único que le sostuvo la mirada en la Redoute, donde ambos optaron por desenfundar todo el salvajismo, en el Tour de Auvergne Rhône-Alpes, todos esperaban que el joven francés, arrebatador, tomara por la pechera la carrera de inmediato. No lo hizo y la cita cambió el marco.

Alex Baudin fijó el liderato en el acto inaugural y una vez digerida la crono por equipos y tres jornadas más, la primera llegada en alto de la prueba francesa generó ciertas dudas sobre el gobierno.

Seixas, calmado, no se inmutaba. Alrededor de él, Jorgenson, Del Toro, Ayuso, Skjelmose, Onley y Vauquelin tampoco parecían tener prisa. Un sí pero no.

Ante ese panorama de indefinición, el pelotón creo dos realidades en apenas una decena de kilómetros. Quebrado del todo se erigieron dos frentes en el amanecer.

Dos mundos repletos de población. De esa realidad emergió la victoria de Maxim Van Gils y el liderato de Luke Tuckwell, colegas ambos en el Red Bull, que celebró el logro por dos. Alegría al cuadrado.

Ambos emparedaron en la llegada a las altura de la Côte de Crest-Voland a Johannessen, contrariado y rabioso tras ceder ante Van Gils, que soportó mejor el esprint en la montaña.

El contacto con las cumbres sacó del liderato a Baudin y estableció el pulso cerrado, íntimo, entre Seixas y Del Toro, que compartieron plano en la llegada.

Los más fuertes entre los favoritos. Ambos colocaron una docena de segundos respecto a Jorgenson y una veintena sobre Ayuso y Skjelmose. Peor parados salieron Vauquelin y Onley.

Dos pelotones

Una manifestación y una contramanifestación. Más de 50 dorsales por delante y aún un numero mayor por detrás. Los jerarcas se acomodaron en el segundo vagón, el más lujoso, pero en la locomotora se colaron varios ciclistas con desventajas reducida y aviesas intenciones. 

Tuckwell, destemplado en las jornadas precedentes pero no mucho, se alistó a la cabeza tractora sin disimulo. El australiano quería el liderato.

El problema no era solo para el líder Baudin, que calculaba que su amarillo palidecería en las cumbres. Los favoritos, sumidos en las dudas, con muchos de sus compañeros de equipo por delante, se encontraron ante un dilema. Mientras decidían qué hacer, la ventaja se fue por encima de los 4 minutos. 

Descontados Côte de Châtelard y Col du Granier, lo nuclear era el doble pico Côte d'Héry-sur-Ugin (11,5 kilómetros al 5,1%) y, sobre todo, el frontispicio de la Côte de Crest-Voland. Además de importante, era lo urgente.

Confluían ambas ideas. La velocidad de las damas y el pensamiento más estratégico del ajedrez. Se imponía una partida rápida en el tablero. Movimientos audaces. 

Condescendencia

A Seixas, el hormigueo del descontrol le pinzó los nervios. Ordenó a sus muchachos a acelerar la marcha hacia el encuentro con las cimas.

Colaboraba el equipo del líder por eso de la honra y el coraje. A esa alianza le faltaba poder intimidatorio y capacidad para reducir la desventaja.

Tour Auvergne


Sexta etapa

1. Maxim van Gils (Red Bull) 4h06:34

2. Tobias H. Johannessen (Uno-X) m.t.

3. Luke Tuckwell (Red Bull) a 6’’


General

1. Luke Tuckwell (Red Bull) 22h14:55

2. Bruno Armirail (Visma) a 1:12

3. Guillaume Martin (Groupama) a 2:00

Luke Tuckwell era la gran amenaza, el que se movía con sentido para asaltar el palacio de los aristócratas, para entonces alarmados después de kilómetros de condescendencia y desatención.

La dejadez les paralizó. Víctimas de un error mayúsculo. En la doble ascensión se fue desgranando el ventrudo grupo de cabeza. Despiezado.

Por detrás, despertaron los porteadores de Ayuso y asomaron los de Onley y Vauquelin. La carrera no solo se le torcía a Seixas. El desajuste era para todos los que anhelaban triunfar.

Tuckwell era la gran amenaza, el que se movía con sentido para asaltar el palacio de los aristócratas, para entonces alarmados después de kilómetros de condescendencia y desatención.

La dejadez les paralizó. Víctimas de un error mayúsculo. En la doble ascensión se fue desgranando el ventrudo grupo de cabeza. Despiezado.

Seixas acelera

Por detrás, despertaron los porteadores de Ayuso y asomaron los de Onley y Vauquelin. La carrera no solo se le torcía a Seixas. El desajuste era para todos los que anhelaban triunfar. 

Steinhauser abrió la puerta a la ambición en Côte de Crest-Voland. Al sol duro, se evaporó el alemán. Crecieron Johannessen, Van Gils, a pecho descubierto, Tuckwell y Pablo Torres, uno de esos jóvenes prodigios que hace un par de años fue segundo en el Tour del Porvenir.

El madrileño regresaba a la competición después de varios problemas de salud, que le paralizaron el curso en marzo. En el retrovisor, entre los jerarcas, el líder sufría agotamiento. 

Seixas asomó, al fin. Del Toro y Jorgenson se cosieron al francés. Deshilachados Ayuso y Skjelmose. Onley y Vauquelin eran un espejismo que dialogaba con el olvido.

El astro francés se enroscó en el sillín y no miró atrás. En el trío, Jorgenson se abrió. Seixas continuaba con su pedaleo firme. Del Toro, que en el Tour será un sherpa de Pogacar, resistía el paso marcial del francés.

El mexicano era el recordatorio del esloveno. Un mensaje nítido para Seixas. Mientras ellos desentrañan esa relación, Red Bull luce las alas.