lA historia televisiva española dibuja un proceso de fases que van desde el monopolio de TVE en los años cincuenta hasta el maremágnum actual de multioferta, concentración empresarial y dominio absoluto del campo de los medios. La televisión es la reina de la comunicación social y si quieres algo, pasa por ella o sumérgete en el anonimato para toda la vida o, al menos, algo así predicó Andy Warhol, que de esto sabía un cacho. Uno de los profesionales que contribuyó a dar un salto cualitativo en el desarrollo de la televisión fue Chicho Ibáñez Serrador, que dotó al medio de una narrativa más rica, compleja, próxima al cine y capaz de llegar a millonarias audiencias de más de dos dígitos. Por todo ello, le acaban de conceder el Premio Nacional de Televisión y a sus 75 años sigue el mundo de la tele postrado en cama: "me entretiene y hace que pase el día más rápido". Ibáñez Menta e Ibáñez Serrador, padre e hijo respectivamente, constituyen una pareja inolvidable en aquellos años postreros del régimen que veía, sin poder controlarlo, cómo se expandían nuevos modos, nuevas modas a través del aparato, en el que productos como los que puso en antena Chicho refrescaron el ambiente y dotaron de alegría a una sociedad camino del desarrollismo y en marcha hacia la libertad. Su señero Un, dos, tres… responda otra vez fue ejemplo de poderosa producción, ritmo innovador, brillante sentido de conexión con los espectadores bajo la atractiva y simpática conducción de Kiko Ledgard y Mayra Gómez Kemp y un coro de secretarias, alguna de las cuales triunfó después en el cine de forma notoria, como Victoria Abril, amén de los Supertacañones. Un programa-concurso con afanes didácticos pero entendiendo la tele como una palanca de entretenimiento y diversión que se constituyó en definidor de una época ya pasada de las 625 líneas en blanco y negro. ¡Qué tiempos, Mikelarena!