Intérpretes: Soledad Puértolas, soprano. José Luis Sola, tenor. Iñaki Fresán, barítono. Dirección: Cristóbal Soler. Programa: Obras de Chueca, Jerónimo Giménez, Vives, Pérez Soriano, Moreno Torroba, Bretón, Gaztambide, Sorozábal, Luna y Fernández Caballero. Programación: Concierto del Día de la Comunidad. Gobierno de Navarra. Auditorio Baluarte. 3 de diciembre de 2010. Lleno.
EL público de la zarzuela es extravertido y entusiasta. Se abre, desde el comienzo, al disfrute de músicas que conoce muy bien. Incluso no tiene reparos en tararear algún fragmento por lo bajini. De ahí que la antología de la zarzuela, programada este año, para el día de la Comunidad, consiguiera un gran éxito; un tanto mermado, eso sí, por la inoportuna gripe de Iñaki Fresán, que lastró lo que podía haber sido el momento álgido de la velada: la jota de Moreno Torroba, que abrió la tanda de propinas. Pero, al margen de la merma del barítono, el resto de la programación tuvo una de las mejores interpretaciones que últimamente hemos escuchado del género.
En primer lugar -porque se acababa de colgar la medalla de oro de Navarra, y era un día muy especial para ellos- el Orfeón optó -aún es este género bullanguero y entusiasta- por unas versiones sumamente cuidadas, donde prevaleció la media voz, el detalle, el diálogo entre las cuerdas implicadas en diversos solos, el regulador muy controlado, la gracia textual sobre el volumen, el sotto voce en fragmentos misteriosos, el staccato preciso y claro en el acompañamiento a la soprano (en Gaztambide), el sonido lleno y ventilado, pero nunca gritón (Los vareadores). Un coro que lució timbre muy bello en mujeres y hombres, tanto cuando actuaban por separado, como cuando iban en conjunto (La mazurca de las sombrillas), con diálogos delicados y cuidados, en el mismo plano, en equilibrio sonoro. Incluso la elección del programa me pareció un acierto: más bien de coros recogidos e intimistas, liberándonos, así, de machacones finales en agudo.
Sabina Puértolas se mueve muy bien en el género. Elegante, de lunares, muy atractiva, presumió toda la velada de un matiz piano en el agudo, de calidad y belleza (en el dúo de Vives); trabaja muy bien el rubato, con el que aporta gracia e intención. Resolvió bien los agudos -quizás con algo de hueco en el de Doña Francisquita-.
Pleno de voz, bien timbrada, homogénea de arriba abajo, con excelente fraseo, un legato tranquilo y asentado y con un plus de romanticismo en los textos sentimentales, José Luis Sola se adueñó de la sala con el agudo bien colocado siempre y con unos filados, intensos y espectaculares. Se entendió muy bien con la soprano, y ambos firmaron dúos inolvidables. Pero el esplendor del tenor brilla, sobre todo, cuando en la Tabernera del Puerto de Sorozábal, por ejemplo, la voz se queda sola, arriba, potente y desafiante, sobrada de fiato, aguantando un calderón ni corto ni largo, sino el expresivamente justo, que arrebata al público. Y de éstos, tuvo varios.
Cristóbal Soler fue un gran conductor de la velada. En la parte musical y en la festiva. En lo musical consiguió una gran prestación -muy equilibrada- de una orquesta más bien corta de efectivos. No sólo dominó y respetó los parones de compás en los cantantes, sino que cuidó el detalle y el buen gusto. En lo festivo, hasta implicó al público en el bis del coro. Puértolas y Sola, muy toreros, como debe ser, en el pasodoble de El gato montés, otra de las propinas.