pamplona. Quien quiera ser esa persona debe pasarse por la planta baja del Pabellón de Mixtos de la Ciudadela, donde el pintor pamplonés muestra su obra más reciente hasta el próximo 6 de febrero. Después de cuatro años sin exponer en la capital navarra, Salaberri vuelve con las creaciones fruto de los dos últimos años de trabajo -aunque a él no le gusta llamar a esto trabajo. "Yo cuando pinto no trabajo, vivo", asegura-. Por eso mismo pinta sobre lo que vive, sobre las ciudades que recorre, sobre los montes que sube, cuyas siluetas mira desde abajo y desde cuyas cimas contempla los perfiles urbanos. Todo eso de lo que los ojos del pintor se nutren es interiorizado y reinventado. Porque Pedro Salaberri hace suyo el paisaje. "No tengo vocación de cronista. No me interesa reflejar fielmente lo que veo. Yo idealizo los lugares, los limpio, los hago míos", cuenta. Sobre todo Pamplona. "Es mi ciudad, mi casa, el lugar que mejor conozco". Baluarte, el Archivo, el paraje que se contempla desde La Taconera, Beloso o la Media Luna son algunos de los entornos que el pintor ha recorrido con sus pasos, su mirada y luego el óleo. La Cuenca está también presente. Los patanos de Alloz y Yesa, el Valle de Aranguren, las Huertas de la Magdalenta... Y por supuesto, los Pirineos, aunque el artista reconoce que cada vez los mira más de lejos. "Hay montes que ya no subo, a los que les digo hola desde la base; cosas de la edad y las rodillas...".

Los viajes, a los que Pedro Salaberri no es muy dado, a no ser que le lleven su familia o sus amigos, pero que reconoce que le "alimentan", también han sido fuente de inspiración en esta última etapa del pintor. Ciudades como Montevideo o Buenos Aires, o regiones como Baviera (Alemania) están inmortalizadas a esa manera equilibrada y serena, configurando espacios a los que uno se escaparía sin dudarlo.

los cuadros que no están Ayer, frente a las obras que Salaberri ha elegido para exponer en esta ocasión en el corazón de Pamplona, el pintor hablaba de otros cuadros que se han quedado en su estudio. "Los cuadros que no están aquí pero que de alguna manera influyen en los que están y en mi manera de pintar últimamente".

Son cuadros abstractos y geométricos, que le devuelven al artista el disfrute del juego con la textura y del hecho de estar creando sin ningún deber para con el cuadro, más allá del de dejarse llevar por el gusto. "Porque las obras que ahora expongo, todas cuentan una historia, y ahí estoy peleando con una imagen, o con una forma de contar o con un lugar... Pero en los cuadros abstractos aplico una mancha de color o una raya o una forma geométrica simplemente porque me apetece, y eso me refresca y me divierte. Es un acto absolutamente aleatorio. Es como ducharse", dice Salaberri, quien reconoce que esa otra manera de enfrentarse al lienzo en blanco le ha transmitido una actitud diferente ante la pintura. "Antes tenía más urgencia, ahora no tengo prisa. Me recreo más en la textura, miro los cuadros, vuelvo sobre ellos.... Cuando empiezo a pintar paisaje empiezo a contar una historia, pero hay un momento en que eso ya deja de importarme, y se convierte en ese color que pongo, en esas líneas que dibujan el cuadro, hay un momento en que para mí estas obras que remiten a una realidad -se refiere a los paisajes- también son abstractas, en el sentido de que ya no me acuerdo de lo que cuentan, y las estoy mirando sólo como superficies de color, como manchas de color", explica.

Ya tiene cerca de cuarenta obras abstractas en su estudio, y no tiene ninguna prisa por sacarlas de ahí. "Igual algún día ven la luz, o igual no. No me preocupa". De momento, que ya es mucho, le han servido para alimentarse y para nutrirnos ahora a nosotros, los que contemplamos su obra, con una exposición de la que saldremos también contagiados de esa serenidad. Sin prisa.