Compañía: Histrión Teatro. Autor y director: Daniel Veronese. Intérpretes: Gema Matarranz, Manuel Salas, Elena de Cara, Paco Inestrosa, Enrique Torres. Lugar y fecha: ENT, 12/12/2010.

dANIEL Veronese es un autor y director argentino que lleva ya una veintena de años haciendo cosas muy interesantes en su país de las que tal vez no nos habríamos enterado si hace unos años el Centro Dramático Nacional no hubiera pensado en él para adaptar un texto suyo, Mujeres soñaron caballos, con un reparto de intérpretes españoles encabezado por Blanca Portillo. Después vinieron, también a través del CDN, pero con actores argentinos, Un hombre que se ahoga y Espía a una mujer que se mata, particularísimas versiones de Chéjov. Más tarde lo disfrutamos reinventando a Ibsen en El desarrollo de la civilización venidera y Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo. Y más recientemente, el Teatro Español le ofreció la dirección del montaje de Glengarry Glenn Ross que vimos a principios de año en el Gayarre.

Hago esta larga introducción para a continuación su- brayar el mérito y la envidiable ambición de Histrión Teatro, una compañía granadina independiente que ha convencido al argentino, auténtico gurú teatral de estos tiempos, para que les dirija un texto suyo, Del maravilloso mundo de los animales: los corderos, que sigue la tradición veronesiana de los títulos kilométricos. No es la única tradición que sigue. Encontramos en este trabajo todos los modos habituales del Veronese director: en primer lugar, ese horror silentium, una sobreutilización de la palabra en la que la comunicación termina por ahogarse, con todos los personajes hablando como si el lóbulo frontal les funcionara a triple velocidad. Cada frase comienza en el punto exacto en el que terminó la precedente, cuando no antes, o cuando no por encima de la de otro personaje, como si se tratara de una lucha (y tal vez lo sea) por demostrar superioridad.

Los corderos está presidido por una opresiva sensación de violencia a punto de desatarse. Hay conatos, agresividad verbal, patadas y hasta mordiscos, pero la premonición de brutalidad va más allá de estas pequeñas muestras. Cada escena parece un arma cargada de la que alguien está a punto de apretar el gatillo. Desde el principio, en el que el personaje de Gómez es conducido maniatado, amordazado y con los ojos vendados al interior de la vivienda donde transcurre la acción, como un cordero al matadero, un ambiente de crueldad comienza a extenderse como una mancha de gasolina. Crueldad que, sin embargo, los personajes alternan sin advertencia previa con las manifestaciones más usuales de cortesía, como para que no distingamos hasta dónde llega su naturaleza de cordero y dónde empieza la de lobo.

Veronese ha dejado también su impronta en los actores. Esa naturalidad, ese ritmo en las réplicas, esas entradas y salidas, los juegos de relación entre ellos? Estos granadinos actúan como si fueran argentinos. Están todos soberbios. Podríamos destacar si acaso a Gema Matarranz en el papel de Berta, que, de algún modo, parece llevar el peso de la acción, aunque todo esté cuidadosamente compensado. Pero el resto del reparto está igualmente sólido, como debe ser en una producción en la que el trabajo interpretativo tiene tanta importancia. Tanta que incluso aspectos como el espacio son secundarios. Como es su costumbre, Veronese recicla una escenografía anterior, creo que la de Espía a una mujer que se mata, que a su vez había sido utilizada previamente para otro montaje. Como si el lugar diera lo mismo y lo que importara fuera la acción pura. O también como si todas las historias cupieran en el mismo espacio.