Intérpretes: Ainhoa Arteta, con Roger Vignoles al piano. Programa: Obras de Ovalle, León, Lacerda, Guastavino, Montsalvatge, Albéniz, Granados y Turina. Programación: Sociedad Filarmónica de Pamplona. Lugar y fecha: Auditorio Baluarte. 20 de diciembre de 2010. Público: Casi lleno.

aINHOA Arteta se presenta elegante y radiante sobre el escenario. Pero, en esta ocasión, esa presencia escénica favorable y atractiva para el público no tiene detrás un programa de igual atractivo para el oyente. De la primera parte, salvo las preciosas canciones negras de Montsalvatge, el resto son prescindibles. O, por lo menos, lo son del modo en el que las escuchamos. La segunda parte, distribuida más coherentemente en tres grupos de autores de peso -Albéniz, Granados, Turina-, encajó mejor.

En general, Arteta aborda la canción culta española con excesiva afectación, con demasiado volumen, con una lentitud que quiere aportar trascendencia pero que, en realidad, arrastra pesadez, y con una gestualidad exagerada que distrae el intimismo de algunos textos. En este tipo de canciones el matiz fuerte nada tiene que ver con el de la ópera. Y, a menudo, la soprano tolosarra daba la impresión de querer matar moscas a cañonazos. En las canciones negras de Montsalvatge, por ejemplo, dilató tanto el tempo en la habanera, que casi nos quedamos sin ritmo. No hace falta esa trascendencia postiza, es mejor buscar la naturalidad. En la canción de cuna, por otra parte, hace una regulación hasta un fuerte estruendoso, cosa que no cabe en la ternura de una nana.

Las baladas italianas de Albéniz se adecuaron mejor a su voz, aunque le hubiera pedido más matices, algún filado, más misterio y quietud en algunos pasajes, en fin, más implicación en el estilo.

En Granados -La maja de Goya, el majo tímido y el majo discreto- también pecaron de excesiva lentitud, quitando gracia al asunto.

Ainhoa Arteta, no obstante, sabe ganarse al público. Derrocha simpatía e implica al respetable en las propinas. A Chloris es una preciosa canción de Reynaldo Hahn -para ella la más bella del siglo XX-. La famosa aria O mio babbino caro de la ópera Gianni Schichi de Puccini pecó de excesivo volumen. La Tarántula se la dedicó a sus tías que le introdujeron en la zarzuela. Y en Blanca Navidad se hizo acunar por el tarareo del público, que la aplaudió agradecido.

El pianista, que acompañó a la soprano con cuidado y reverencia, no tocó Verano Porteño de Piazzolla, como indicaban las notas al programa. Hubiera sido más interesante -por lo inhabitual- escucharle en esa pieza que en la Andaluza de Granados.