james Bond, el personaje creado por Ian Fleming en los años 50 del pasado siglo, contaba con licencia para matar, al servicio de Su Majestad la realeza británica. Medio siglo después, Conrad Yeats, el arqueólogo creado por Thomas Greanias, sigue licenciado en artes mortíferas pero está, más que nada, al tanto de las exigencias de su majestad? el dinero.

Las similitudes formales de ambos personajes y las que la estructura de las novelas que, como El Apocalipsis de la Atlántida, mantienen con las protagonizadas por el agente 007, resultan más que evidentes pero entre ellas, no todo es equivalente.

Pese a no ser tan ricas en detalles, las novelas de Greanias son ideales para meterse de lleno en la historia de las exquisiteces de Yeats, narradas sin la falsa modestia que puede impedir a un autor de éxito dedicarse a la actualización de esas historias, que a Fleming le brotaban de su mente calenturienta desde Rusia con amor y a Greanias se le vienen encima desde la Antártida con hedor.

El Tercer Reich, la Inteligencia norteamericana, el Vaticano? todo el mundo está implicado en la persecución de unas riquezas que, por cierto, también se distinguen de las que perseguía el Gobierno del Reino Unido en la misma carrera en la que competían Doctor No y Goldfinger.

Al situar el origen de esas chucherías en la Atlántida y dotarlas de un valor espiritual, Greanias prefiere hacer creer a sus lectores que corren tras las huellas descubiertas por el propio Yeats y su querida Serena, hermana literaria de la amante de amantes que calentaba los motores de James Bond.

Pero, en realidad, la actualización de las organizaciones financieras y políticas sospechosas de turno es la última diferencia reseñable entre ambas sagas.