Del piano sosegado al ritmo trepidante concierto de la orquesta sinfónica de navarra
Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Navarra, con Javier Perianes al piano. Dirección: Manuel Hernández Silva. Programa: Concierto Nº 1 para piano y orquesta de Brahms. Redes, suite para orquesta, de Silvestre Revueltas. Danzas de Galanta, de Zoltan Kodaly. Programación: Ciclo de la Orquesta de Navarra. Fecha: 5 de septiembre de 2013. Lugar: sala principal de Baluarte. Público: Algo menos del abono habitual: tres cuartos de entrada.
UN poco remolón el público en este madrugador comienzo de la temporada de la orquesta. Todavía mucha luz en la calle. Y algún rezagado fuera de la ciudad. Pero los abonados siguen respondiendo. Y la orquesta, después de las incertidumbres, se colocó en el escenario con las caras familiares, el orgánico propio, y las ganas renovadas.
El programa, sin aperitivos, comenzó con uno de los platos más fuertes del repertorio: el Concierto-sinfonía para piano número uno de Brahms. Obra esquiva al espectacular lucimiento del solista, y en la que Perianes -el flamante Premio Nacional de Música, en la última edición- demostró su extraordinaria sensibilidad y buen criterio de estudio de la partitura; muy por encima de la orquesta, algo dispersa aún, sin ahondar en las profundas dimensiones brahmsianas; con una dirección -siempre de arriba abajo la batuta- tratando de ceñir las entradas, de cuadrarlas con las resoluciones del piano. Perianes fue siempre claro, preciso en la pulsación, ágil y con vuelo en los trinos -deliciosos siempre-, y sosegado en el tempo, buscando la plenitud. La serena y triste melodía en terceras y sextas, con la que entra el piano, fue una excelente presentación y respuesta al trágico comienzo de la obra. La cuerda consigue un hermoso sonido en la melodía del adagio, prepara muy bien esa especie de césped tupido para que descanse el piano. Pianista y orquesta -aquí sí- en la misma sintonía y sensibilidad. En el tercer movimiento hay mucha trama orquestal, desde la fuga hasta la variación, pero todo pasó sin pena ni gloria, excepto el vuelo del pianista, siempre a flote.
La segunda parte del concierto fue radicalmente distinta. Se ganó al público por los pies. O sea, por la danza. Hernández Silva transfiguró a la orquesta desde una dirección que exultaba ritmo por todo el cuerpo. Redes es una obra descriptiva, cinematográfica, con fuertes contrastes en las escenas que narra, y una riqueza de colorido orquestal extravertido desde los metales. El director, plenamente imbuido del trasfondo musical de Silvestre Revueltas, hizo una lectura trepidante y magnífica, con una respuesta rotunda, sin fisuras, decidida en las entradas, tajante en los cortes, de la orquesta, plena de forma. Lo mismo puede decirse de las Danzas de Galanta de Kodaly; aquí con unas excelentes prestaciones de las maderas solistas -bellísimo el canto del clarinete, de la flauta?- y muy bien resuelta la trompa. Pero es, sobre todo, el ímpetu, la jovialidad, la incansable pasión por la danza, lo que surge de la recopiladora y luminosa obra de raíces folclóricas. Y el director de la velada llevó esa danza hasta la extenuación. Hasta visualmente se sentía el extraordinario vértigo circular en algunos acelerandos que ponían a los instrumentistas al límite. Bellas, entretenidas, pegadizas, siempre agradables danzas.