Desenfundando recuerdos y canciones Concierto de Duncan Dhu
Fecha: viernes, 1 de noviembre. Lugar: Baluarte, Iruñea. Intérpretes: Duncan Dhu, formación integrada en directo por Mikel Erentxun, a las guitarras y a la voz principal, Diego Vasallo, al bajo, a la armónica y a la voz, Mikel Azpiroz, a los teclados, Fernando Macaya, a las guitarras y al steel guitar, Joseba Irazoki, a las guitarras y al banjo, y Karlos Arancegui, a la batería. Incidencias: presentación de El duelo, nuevo CD de la banda. 2 Horas y 10 minutos de actuación en total. Asistencia muy buena, 2/3 largos de aforo. Público de diferentes edades y condición que se mostró muy participativo.
EL Día de Todos los Santos fue el elegido para el retorno a la vida artística por los legendarios Duncan Dhu, formación que convirtió las tristes connotaciones de duelo inherentes a tal fecha en felices y luminosas sensaciones, con su resurrección. De manos de su reencuentro con sus canciones, con los suyos y con los escenarios, demostrando estar vivos, muy vivos, pese a los años de silencio transcurridos.
Con energías renovadísimas y nuevas canciones en el cargador; tras una última espera, ya a oscuras, de 5 minutos de duración perfectamente sobrellevada por el público bajo las cálidas notas de una acogedora canción (a decir verdad, después de tantos años soñando con el regreso de los donostiarras, ¿quién se iba a impacientar por unos minutos más?), el concierto arrancó con un tema de estreno, Cuando llegue el fin, sonando pronto, tras el escueto saludo de Erentxun, otro del CD que se presentaba, No dejaría(de quererte): unas canciones perfectamente diseñadas por ese arquitecto de pop & rock de regusto americano llamado Mikel Erentxun que, en una noche en la que sobraban las presentaciones, se deslizaron hasta el patio de butacas sin estridencias, denotando su característica impronta y latido. Su familiar y más que reconocible sonido, especialmente tejido en todos y cada uno de los casos por unos músicos entre los que brilló Joseba Irazoki: multiinstrumentista que, haciendo gala del arsenal de recursos artísticos que atesora, llevó en volandas al grupo todo el tiempo. A una banda cuyos tres guitarristas no dudaron a la hora de recurrir a cuantos instrumentos de cuerda tuvieron a su alcance para sacar adelante su misión, iluminar profusamente las canciones: algo que también hizo de modo igualmente brillante el técnico de luces, creando sugerentes juegos y envolventes ambientes con sus haces. Perfectos envoltorios, sin restarle protagonismo al hecho musical. Y todo ello ante un público cuya efusión, a la vista de cómo se desarrolló el repertorio, fue creciendo progresivamente. Frente a unos incondicionales que si bien tuvieron que esperar la llegada de los hits (el primero no sonó hasta pasado el ecuador de la velada), aplaudieron a una con el inicio de todas las interpretaciones, disfrutando plenamente del concierto: de la musicada fragancia de las rosas enseñadas hasta en tres de los temas (ya, en agua las mismas o de color gris; ya, de las del legendario jardín); del paseo por la añorada calle de París, de la visita a la casa azul o, ahora y siempre, de la simple mención del lugar que en el gran país alguien olvidó construir: de gozar de todo ello antes de preguntarse a viva voz en una primera tanda de bises por el destino de las no menos míticas cien gaviotas, disfrutando de unas canciones, en suma, entre las que también brillaron Lobos, Los días buenos o la ya sugerida Rosa gris (cantadas por Vasallo), Esos ojos negros (primera del segundo bis) o las tres nuevas todavía no nombradas: El duelo, Llora guitarra y La última canción.
Desenfundando recuerdos y canciones, sacando con tal motivo a relucir lo mejor de su artillería: así se materializó el regreso de Duncan Dhu, deleitando la banda con su sempiterna sensibilidad y exquisitez. Saliendo Erentxun y Vasallo totalmente airosos de su primer duelo en este, su regreso. Totalmente victoriosos. Ahora, a continuar batiéndose en similares nuevos retos.
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