Mientras pinta, siempre escucha buena música. Clásica, jazz, rock sinfónico... Y a veces se deja tanto llevar por la sugestión de la armonía que no piensa, solo siente -que es mucho-, y entonces la pintura se hace poesía.

Jokin Manzanos reconoce que disfruta y en ocasiones también sufre en este proceso creador, mientras que escuchando música solo disfruta. Tal vez por eso está tan presente ese lenguaje y arte en su quehacer creativo, para compensar. Y para enriquecer sus creaciones con esa poética sugerente que sabe captar quien, como hace él, pone toda su emoción en la búsqueda. “La música es el idioma más abstracto que hay, y el arte que más emoción puede suscitar. Por eso siempre está muy presente en mi obra”, cuenta Jokin Manzanos, quien después de siete años de silencio expositivo vuelve con nueva obra, realizada en su mayor parte en 2014.

La sala del Polvorín de la Ciudadela acoge una selección de este trabajo que se concreta en una veintena de obras, en su mayoría de gran formato. En su conjunto, componen una experiencia armónica de combinación de colores, formas, texturas y direcciones, “muchas veces convivencia de contrarios”, puntualiza el autor, que sumerge al visitante en una atmósfera que, desde el territorio de la abstracción, provoca emociones concretas. Las piezas que se exhiben hasta el próximo 15 de febrero han sido realizadas en técnica mixta sobre lienzo y cartón, y en otras la protagonista es la madera. En cualquier caso, las pinturas de Jokin Manzanos juegan con la geometría, creando estructuras formales que logran, no obstante, un efecto óptico más sensible gracias a la pintura y la textura de su superficie. Como destaca Javier Manzanos en el catálogo de la muestra, el artista busca “un equilibrio entre lo racional y lo emocional, mantener el pulso con la emoción desde presupuestos de procesos y estructuras racionales para, sobre todo, reivindicar el placer de la pintura, el gozo propio de pintar”.

El propio autor reconoce que en esa pugna tan humana e inherente a cualquier artista honesto entre la razón y la emoción, “últimamente -en anteriores trabajos, se refiere- iba venciendo la parte racional a la emocional, pero ahora mismo en mi obra hay más emoción”. Quizá se deba a la pasión renovada con la que, después de siete años de ausencia “por motivos de salud”, ha vuelto a la pintura. “En cuanto me encontré un poco fuerte para trabajar, sentí la necesidad de mancharme las manos, esa parte sensitiva se fue adueñando de mi labor”, cuenta Jokin Manzanos, quien explica que se sirve de módulos, de fragmentos, “porque me da más posibilidad de trabajar cada fragmento por separado. Cada uno es independiente, pero a la vez interdependiente con los demás. Para mí son como el movimiento de una obra musical, de una sinfonía o un concierto”, cuenta sobre este trabajo en el que ha sentido la “necesidad de eliminar un elemento que me resultaba extraño, artificial, y con el que no me sentía cómodo: la cinta de carrocero. Así que la solución la encontré en el hecho de modular”.

Ha trabajado aspectos contrarios, hay módulos más rugosos y texturados, y otros más lisos; lienzos mates, muy apagados y sordos, junto a otros más brillantes; y diferencias se encuentran también en las maneras de aplicar el color. “Se trata de armonizar contrarios, conceptos, tamaños, direcciones, tonos mayores y menores...”, dice este artista cuya herramienta esencial son sus propias manos, sus dedos, además de la brocha y el rodillo -“prácticamente no utilizo pincel”, dice-, y que disfruta frotando los cuadros y estirando la pintura mediante técnicas de serigrafía, logrando aspectos casi mecánicos en obras que, sin embargo, son resultado de trabajos muy artesanales y manuales.

En cuanto a los colores, parte “de tonos primarios, puros, del amarillo, azul o rojo, y a base no de mezclarlos sino de veladuras, voy creando las tonalidades que ahora pueden contemplarse”, explica. De esta manera, su obra es, como apunta en el catálogo Javier Manzanos, “un espejo en el que, al mirarnos, descubrimos que los cuadros no son lo que vemos sino que son como nosotros los vemos”.

Trayectoria artística Jokin Manzanos (Pamplona, 1962) se formó en el taller de pintura de Mariano Royo y posteriormente estudió cerámica en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona. Asimismo, participó en el taller de Rafael Canogar en Arteleku (San Sebastián) y en el taller Zubiarte (Huarte), en este último en técnicas de grabado. También realizó estudios de aplicaciones informáticas de diseño y tratamiento de la imagen.

A mediados de los años 80 comenzó a participar en exposiciones colectivas, que han llevado su obra a lugares como Donostia, Sevilla, Baiona o Escocia, además de a Pamplona. En cuanto a muestras individuales, sus pinturas han podido verse en Madrid, Logroño, Ibiza o San Sebastián. En la capital navarra ha expuesto fundamentalmente en la Galería Pintzel, y en 2001 el Pabellón de Mixtos de Ciudadela acogió también algunas de sus obras. Manzanos ha ganado diversos premios y ha sido seleccionado en certámenes como el Navarro de Artes Plásticas, las Bienales de Pintura Ciudad de Pamplona y de Estella y el más reciente Certamen de Pintura Parlamento de la Rioja 2011. Tiene obra en las colecciones del Museo de Navarra, el Ayuntamiento de Pamplona o la UPNA, entre otras entidades.