En un momento de madurez creativa y tras irrumpir con fuerza en el cine de autor con Ana de día y Nina, la cineasta navarra profundiza en el oficio de la dirección en el formato serie y en la comedia con trasfondo social. En una de las pocas escapadas a Zizur Mayor que el trabajo le ha permitido este año, comparte sus reflexiones sobre lo que supone llevar a imágenes historias ajenas, sobre la precariedad habitacional que expulsa a los jóvenes de los centros urbanos, sobre la tiranía estética en las redes sociales y acerca de los primeros pasos de Macramé, su próximo largometraje. Antes, eso sí, se estrenará en el documental con un proyecto sobre el impacto de la cosmética y las cirugías en la población joven a través de las redes sociales.
Ha estrenado dos series de forma muy consecutiva, ¿cómo logras gestionar y encajar este ritmo de trabajo continuo?
–Han sido dos años de actividad ininterrumpida. Rodé Cochinas en 2024 y, mientras finalizaba su postproducción, comencé el rodaje de Millennial Mal, que concluimos en diciembre de 2025. Tras este periodo tan intenso, este año está siendo más tranquilo, una especie de periodo de barbecho a la espera de iniciar el rodaje de mi propia película el próximo año. Se me hace extraño no estar trabajando activamente en un set.
En el sector audiovisual suele ocurrir eso: o se acumulan los proyectos o hay periodos de inactividad.
–Sí, es muy habitual. Actualmente tengo varias propuestas sobre la mesa que me interesan mucho, pero aunque las acepte, es probable que no se materialicen hasta dentro de tres años. Que se encadenen tantos proyectos de forma consecutiva es una excepción. Entre tanto, antes de comenzar a dirigir mi película, voy a coescribir un documental que me han encargado recientemente.
¿Cómo ha sido la recepción de ‘Cochinas’?
–Ha sido increíble. Es una serie que no contó con una gran campaña de promoción gráfica o de marketing; su éxito se debió principalmente al fenómeno del boca a oreja. Estuvo bastante tiempo en el Top 5 y llegó al número uno en Prime Video. El día del estreno me encontraba coordinando la producción de un cortometraje documental para unos amigos arquitectos. Estábamos rodando en una caseta con recursos mínimos y dejé el teléfono apartado. Cuando volví a mirarlo, la cantidad de notificaciones y el incremento de seguidores en Instagram fue abrumador. No estoy acostumbrada a ese tipo de repercusión masiva, ya que mis películas anteriores eran producciones más pequeñas, orientadas a un circuito más cultural.
Ahí se demuestra el alcance masivo que tienen las plataformas.
–La diferencia fundamental respecto al cine de autor es que, para llegar a un público masivo en salas, necesitas un presupuesto de promoción enorme. En las plataformas, el acceso es directo: el usuario entra y el contenido aparece en su pantalla. Estoy muy satisfecha con el resultado y ojalá podamos realizar una segunda temporada.
La serie plantea una paradoja interesante sobre el porno: en la época en la que se ambienta podía entenderse como una vía de liberación sexual para las mujeres, mientras que hoy se debate su impacto negativo en la igualdad.
–Ese es precisamente el viaje que realiza la serie. Al principio, el porno se percibe como una liberación, pero, paulatinamente, los personajes descubren que ofrece una visión distorsionada de la sexualidad. El mensaje central es que disfrutar de la sexualidad es positivo, pero determinadas representaciones pueden llegar a denigrar a la mujer. Durante el rodaje contamos con actores profesionales del sector porno y la experiencia fue muy curiosa. Para ellos era su entorno natural de trabajo y abordaban las escenas con total normalidad, lo que generaba situaciones divertidas en el set respecto a los protocolos de intimidad.
¿Cómo fue dirigirles?
–Fue un proceso muy particular durante los ensayos. Son profesionales excelentes en su ámbito, pero carecían de formación en interpretación dramática, lo que complicaba la dirección de actores tradicional. Sin embargo, ejecutaron a la perfección lo que requería el proyecto.
Malena Alterio me contó que el rodaje fue muy divertido y que el reparto logró consolidar un vínculo muy fuerte.
–Fue un rodaje extraordinario, caracterizado por un ambiente excelente. Malena es una actriz excepcional, humilde, trabajadora y muy generosa. Dado que la serie incluía numerosas escenas de desnudos y contenido sexual, dedicamos mucho tiempo a los ensayos para garantizar la máxima comodidad e intimidad del equipo. Eso generó una gran cohesión; de hecho, mantenemos el contacto y organizamos cenas habitualmente. Como directora, considero fundamental liderar el proyecto fomentando la horizontalidad y el sentido de trabajo colectivo. Éramos tres directoras en total y nuestro enfoque compartido ayudó a que esa buena sintonía se reflejara en el resultado final.
Esta ha sido su primera incursión en las series. ¿Cuál ha sido su mayor aprendizaje?
–Destacaría dos aprendizajes principales. El primero es la experiencia de adaptar un guion ajeno y traducirlo en imágenes bajo la supervisión de los showrunners (Irene Bohoyo y Carlos del Hoyo), entendiendo el equilibrio entre la aportación propia y la última palabra de la producción. El segundo es haber dispuesto de mayores recursos técnicos. Por primera vez, he podido diseñar una puesta en escena más compleja, utilizando herramientas como grúas o travellings de forma habitual, algo que en el cine independiente de bajo presupuesto debes simplificar por limitaciones económicas. Esto me ha aportado una gran seguridad técnica para mis futuros proyectos.
“Como directora, considero fundamental liderar el proyecto fomentando la horizontalidad y el sentido de trabajo colectivo”
Trabajar estrictamente como directora, sin asumir las funciones de guionista y productora, como ha hecho habitualmente, debe de ofrecer cierta libertad.
–Es muy liberador. Con las series no he sentido la presión financiera ni personal que he tenido con mis películas. Aunque deseas que el proyecto funcione y tenga buena recepción, el nivel de riesgo personal es diferente y te permite concentrarte plenamente en el oficio de dirigir.
¿Cómo valora la experiencia de dirigir historias escritas por otras personas?
–Ha sido una experiencia muy positiva. El proceso de escritura es la fase que más me cuesta debido a que mi enfoque es menos estructural y más visual. Por tanto, trabajar sobre un guion ya estructurado y de calidad reduce notablemente esa presión inicial.
¿Aceptaría un proyecto puramente de encargo que no fuera de su agrado?
–En el futuro, si mis circunstancias económicas lo requirieran, tendría que valorarlo. Sin embargo, actualmente priorizo proyectos que me enriquezcan a nivel profesional y personal, y compagino la dirección con la docencia.
¿Qué elemento debe tener un proyecto para que se decida a involucrarse en él?
–Necesito que exista un trasfondo social, no desde una perspectiva moralista o didáctica, sino que aporte una reflexión de valor a la sociedad. En Cochinas era la liberación sexual femenina; en Millennial Mal, la precariedad habitacional y laboral de una generación que roza los 40 años y se encuentra en una situación de eterna juventud obligada. Y en cuanto al documental que estoy preparando, aborda el impacto de la cosmética y las cirugías estéticas en los jóvenes a través de las redes sociales. Busco proyectos que contengan un trasfondo relevante.
Tanto ‘Cochinas’ como ‘Millennial Mal’ son comedias, un género en el que no había trabajado antes.
–Es un género que me entusiasma. Hace años hice teatro de comedia y en mi ámbito personal suelo utilizar mucho el humor. Los productores de Cochinas me ofrecieron el proyecto tras ver Nina, lo cual me sorprendió dado el tono dramático de esa película, pero la sintonía con los creadores fue inmediata. Me interesa la comedia inteligente, aquella que utiliza el humor como herramienta para canalizar mensajes profundos y retratar realidades complejas.
En 'Millennial Mal' se retrata la precariedad de la juventud actual, que convive con una gran madurez emocional pero con serias dificultades materiales.
–Es un factor que vincula estrechamente a la generación Millennial con la generación Z. En mi caso, finalicé mis estudios universitarios durante la crisis económica de 2008, un periodo desolador en el mercado laboral que obligó a muchos profesionales a emigrar o a encadenar trabajos precarios y pisos compartidos hasta bien entrados los 30. Esa situación posterga decisiones vitales como la maternidad o el acceso a una vivienda digna. Recientemente he podido adquirir una vivienda a las afueras de Madrid, en un barrio obrero, debido a la gentrificación que expulsa a los residentes de los centros urbanos. La vivienda se ha convertido en una auténtica problemática social.
Esa desconexión con el acceso a la vivienda y la estabilidad parece haber mermado las expectativas de las nuevas generaciones.
–Es comprensible. Si la crisis comenzó en 2008 y la situación no ha revertido sustancialmente, nos encontramos ante varias generaciones consecutivas cuyas condiciones de vida son inferiores a las de sus padres. Es un problema de Estado que afecta transversalmente a diferentes grupos de edad, y por eso considero que la serie puede conectar con un público muy amplio.
En esta serie ha contado con la participación de Ben Yart. ¿Cómo ha sido la experiencia?
–Ha sido una sorpresa muy grata. Es un profesional excelente y demostró un gran compromiso en el set. Realizaba improvisaciones magníficas junto a Daniel Vitallé que aportaron frescura a la serie.
Con Vitallé, también pamplonés, repite después de ‘Nina’.
–Y volvería a trabajar otra vez y las que hagan falta. Es un joven muy centrado, muy interesado en aprender los entresijos del oficio y alejado de la superficialidad habitual de las redes sociales. Le auguro un gran futuro en la profesión.
Su próximo largometraje, ‘Macramé’, ya ha recibido financiación y vuelve a contar con gran parte del equipo.
–Sí, repetimos con el mismo equipo de producción y distribución. Decidimos rodar el año que viene en Madrid porque la historia aborda de forma central las acusadas desigualdades sociales y el fenómeno de la gentrificación y el hacinamiento, realidades que en entornos urbanos más grandes se manifiestan de una manera mucho más extrema.
'Macramé' parte de una idea de Bárbara Magdalena, ¿cómo llega al proyecto?
Así es. Originalmente, nuestra productora iba a producir el debut en la dirección de Bárbara. El proyecto obtuvo la beca de la Academia de Cine, pero tras un largo proceso de desarrollo en el circuito independiente, Bárbara decidió apartarse de la dirección debido al desgaste que implica levantar una producción de estas características. Ella optó por trasladar la historia al formato de novela gráfica y yo, fascinada por el relato, le propuse asumir la dirección cinematográfica. Adquirimos los derechos y actualmente nos encontramos reescribiendo el texto conjuntamente y cerrando la financiación con las cadenas de televisión.
¿Qué puede adelantar sobre esta historia?
–La película explora un drama psicológico con dinámicas de sumisión e intercambio de roles entre dos mujeres maduras, de 65 y 72 años, interpretadas por una actriz española y una actriz ecuatoriana. El objetivo es subvertir los estereotipos asociados a la tercera edad y visibilizar sus deseos y su sexualidad de una forma cinematográfica y sutil, utilizando elementos cotidianos para construir la tensión dramática. Actualmente estamos centrados en el proceso de casting para incorporar rostros reconocibles que consoliden el proyecto.
Nuevamente, opta por una historia compleja.
–Me atrae indagar en la psicología de los personajes y mostrar realidades que habitualmente se omiten. Aunque mi propia familia a veces bromee sobre la complejidad de mis películas, considero fundamental que el cine refleje estas parcelas de la realidad.