Frantxa Arraiza actriz

“Somos enfermos terminales desde que nacemos y cada día es un regalo”

Vino al entierro de su amatxi a Pamplona y tuvo que despedirse también de su madre. La vida asestó dos golpes seguidos a la actriz. De ellos nació ‘La lengua materna’

09.02.2020 | 04:22
Frantxa Arraiza, en un momento del montaje.

pamplona - El Teatro Gayarre acogerá hoy, a las 20.00 horas, la representación de este montaje creado a partir de la traumática experiencia que vivió en 2016 la actriz pamplonesa Frantxa Arraiza, que trae la obra "a casa" con "muchos nervios", pero también con la sensación de llegar a casa. Sobre las tablas, teatro y vida real. Tres mujeres. Tres actrices. Dos madres. Tres hijas. Tres conversaciones pendientes. Tres voces, tres idiomas tan distintos y personales, que son el mismo. La lengua materna.

Creo que el gusanillo de la interpretación le picó en Pamplona.

-De adolescente iba a la Escuela Navarra de Teatro y allí es donde decidí que quería ser actriz. Entonces pensé que tendría más futuro si me venía a Madrid, adonde me trasladé a los 20 años después de dar un rodeo por Irlanda. Me puse a estudiar en Cuarta Pared, a los tres años me cogieron en la compañía y ahí he estado casi hasta hoy. En todo este tiempo he ido compaginando el teatro con trabajos en cine, en televisión y en otras compañías de teatro, hasta que pasó lo de mi madre. Hasta ese momento siempre había trabajado para otros y en este caso decidí hacer esta propuesta con el dinero de la herencia, por eso La Pepa Producciones, a partir del material que fui generando a partir del duelo, de la terapia...

Justamente estaba escribiendo un texto sobre mujeres cuando se produjo la muerte de su madre.

-Así es, estaba trabajando con dos compañeras en un texto sobre mujeres, madres, actrices a las que nos llega una edad, a partir de los 40, en la que tenemos muchísimo menos trabajo. Las tres estábamos en casa prácticamente olvidadas y decidimos que no podía ser, que teníamos que ponernos en marcha sin esperar a que alguien nos llamase. Entonces ocurrió lo de mi madre y mi abuela, y la obra cambió, claro. Ya no se trataba de hablar solo de maternidad y autoempleo.

En ocasiones, la vida nos pone a prueba de una manera radical.

-Y tanto. Fui a Pamplona a enterrar a la amatxi y enterré a las dos. A mi madre le dio un ictus en el tanatorio. Mi abuela tenía 99 años y yo soñaba con que todos -mi madre, mis hijos, yo- íbamos a llegar a esa cuarta edad, pero no fue así. Había hablado por teléfono con mi madre para decirle que iba al entierro y cuando estaba de camino me sorprendió que ni en Soria ni en Tudela nadie contestara a mis mensajes. Cuando llegué a Pamplona mi hermana me dijo que tenía que hablar conmigo... Mi madre ya estaba en la UCI y no me pude despedir.

¿Cómo reflejó estas emociones en el trabajo que estaba gestando en ese momento?

-Lo cambió totalmente. Queda algo de lo que estábamos trabajando antes de eso, pero La lengua materna se convirtió en otra cosa.

Hablemos del título, al final, hombres y mujeres aprendemos directamente de nuestras madres.

-Sí, y no solo la lengua. Heredamos gestos, canciones, sonidos, maneras de estar en este mundo, de sentir, de vivir las cosas, incluso la política. Heredamos cosas conscientes e inconscientes de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros antepasados... Todo eso influye en la persona que somos y en lo que nosotros mismos transmitimos. Yo me pregunto a veces por qué me comporto de una determinada manera con mis hijos. ¿De dónde viene eso?

En el montaje están dos madres y otra mujer que no lo es; todas hijas. Muchas veces cuestionamos a nuestros padres, entramos en conflicto con ellos.

-Y muchas veces damos por supuestos a nuestros padres y a nuestras madres. Como si fueran a estar ahí siempre. Por eso parece que no pasa nada si les pones una mala cara, les contestas mal o les haces un mal gesto. Pero luego pasa lo que pasa y te sientes huérfano. Piensas a quién le llamo hoy para contarle el día de mierda que he tenido. Son tan necesarios que, claro, cuando ya no están sientes tanto su falta.

Es un hueco que nadie puede llenar, y entonces llega la culpa, el arrepentimiento por las frases injustas, por la mala adolescencia que les diste...

-O por lo que pasó unos días antes. Yo estuve con mi madre quince días antes de su muerte. Tengo el pelo largo y no me solía gustar que me lo tocara, así que cuando dando un paseo por el bosque de Orgi me lo tocó le hice un gesto como de disgusto. Y ahora siento que ojalá estuviera aquí para tocarme el pelo durante horas. Pero no se trata tanto de culparnos a posteriori, sino de ser conscientes del aquí y el ahora, que son la única certeza. En esta sociedad vivimos al margen de la muerte y deberíamos integrarla en nuestras vidas. Somos enfermos terminales desde que nacemos y cada día es un regalo. Si empiezas a tomarte las cosas así, tú puedes llegar a ser más feliz y también puedes hacer más feliz a los demás. Hay que disfrutar de cada segundo que estamos aquí.

¿Qué personajes vemos en la función?

-Muchos. Esta no es una obra lineal que cuente una historia típica. Por una parte, estamos las tres actrices, Gloria, Álex y Frantxa, en un ensayo, y luego hay escenas en las que estoy yo en la UCI, reproduciendo aquella despedida a mi madre interrumpida por la señora de la limpieza. Ella no tenía la culpa de nada, pero, claro, yo estaba en un momento crucial, despidiéndome de mi madre, a la que no iba a volver a ver, y entró a cambiar las papeleras... Me quedé agarrada a la mano de mi madre y pensando qué putada, pero, a la vez, esto es pura comedia. De hecho, esta es una escena a la que acudimos repetidas veces en el espectáculo, donde también se cuela la vida misma: la necesidad de acabar el ensayo porque hay que ir a recoger a los niños al cole, la llamada al fontanero para que vaya a arreglar el radiador... La obra tiene muchos planos. El espectador puede tardar un poco en situarse, pero conforme avanza el espectáculo ata todos los cabos y se va a casa entendiéndolo todo, habiendo reído, llorado...

Como actrices será una gozada poder atravesar todo el arco de emociones y poner todos los recursos en práctica.

-Este trabajo es muy bonito. Y no podía haberlo hecho con otras personas. Las tres somos compañeras y amigas y las miradas, el soporte por si alguna se despista en un momento están ahí todo el rato. Hay una comunión muy especial entre nosotras. El espectáculo tiene un texto sencillo, igual que la escenografía, pero habla de la verdad. Los problemas con el director, la conciliación familiar, los momentos en la UCI, la muerte... Todo lo que se cuenta es verdad. Es una historia pequeña, pero a la vez universal. Todo el mundo se ha despedido de algún familiar o se va a tener que despedir. Como dice una frase de la obra, una vida pequeña, si se cuenta de verdad, cuenta la vida entera. En 2016 murió gente muy conocida, pero da igual que el que muera sea famoso como Fidel Castro o no, como María José Martínez, mi madre, nuestros procesos en esos casos son iguales.

¿Le hace ilusión traer esta obra tan personal al Gayarre, a casa?

-Mucha. Estoy ilusionada y también nerviosísima. Para mí no es un bolo cualquiera y siento una presión extra. Yo soñé con ser actriz en el Gayarre, y he actuado en él, pero este caso es diferente. Es el teatro al que mi madre me llevaba, al que mi aitatxi llevaba a mi madre... Va a ser muy especial. Aunque han salido otros bolos, tengo claro que la guinda de este proyecto será en el Gayarre, con mi familia, con mis amigos, en mi casa.