Ciclo nocturno

Un terremoto llamado María

10.02.2020 | 01:15
María Terremoto en 'La huella de mi sentío', un espectáculo cargado de pasión y dramatismo.

CONCIERTO DE MARÍA TERREMOTO

Fecha: 24/08/2019. Lugar: Hotel Tres Reyes. Incidencias: Sala llena. Hubo algunos desajustes técnicos con un micrófono al principio, pero no deslucieron ni un ápice la actuación de la jerezana.

Es curioso lo del Flamenco On Fire; cuando llega el fin de semana no se nota más afluencia de público a sus actos, porque todos están llenos durante todas las jornadas. Así se encontraba el tablao del Hotel Tres Reyes, hasta la bandera, como lo había estado las noches previas, quizás con una cierta melancolía flotando en el aire porque esta auténtica semana grande del flamenco iba encarando su final. Pero aún quedaba el último fogonazo del sábado y la jornada entera del domingo. La edición de este año lleva el título de Generaciones, mitos y promesas. A sus dieciocho años, Maria Terremoto tiene edad de promesa, pero por su currículum se confirma como una sólida realidad. De casta le viene al galgo, y es que hablamos de la nieta de Fernando Fernández Monge, más conocido como el Terremoto de Jerez, e hija de Fernando Fernández Pantoja, de nombre artístico Fernando Terremoto. Como bien apuntaron durante la presentación, en su caso, el talento sí es hereditario y ella es digna sucesora de la saga familiar.

Salió envuelta en un pañuelo color rojo y se dirigió directamente al frente del escenario para entonar un cante que sonaba antiguo y tradicional. Ya desde entonces exhibió una gran voz y mucho instinto para modularla y transmitir emoción. Se sentó entre aplausos; a sus lados, un guitarrista, un percusionista y dos palmeros. Lo primero que escuchamos de ellos fue la guitarra, limpia, sabia, pura. Rápidamente se fundió con la voz de María, que cantó sobre fuentes del olvido, rencores y penas como los mismísimos ángeles, marcando muy bien los tiempos, a veces más comedida, a veces dando rienda suelta al manantial de su garganta (incluso el micrófono se resintió en un par de ocasiones, se ve que no estaba preparado para semejante caudal de volumen). "¡Que no decaiga, señores!", gritó María tras el segundo petardazo. Ella no aflojó y continuó a la máxima potencia, recibiendo una ovación de las mismas proporciones.

Mientras un técnico subía al escenario para solucionar la incidencia, la Terremoto saludó a la audiencia y se mostró encantada de estar en Pamplona. Para la siguiente canción ya contó, además de con el de la guitarra, con el apoyo de los palmeros y el cajón flamenco (a veces la percusión se conseguía golpeando con la mano sobre una tinaja). Buenos músicos todos ellos, aunque cuando María decidía abrir la caja de los truenos, allí no se le rezaba a ningún otro Dios que no fuera el que habita en su garganta. Comenzaba a veces de manera más recogida, subiendo la intensidad cuando así lo creía necesario y levantándose después para cantar, sin micrófono, recorriendo a zancadas el escenario.

Con el mismo ímpetu bajó las escaleras y dejó que sus músicos se luciesen, y estos aprovecharon bien la oportunidad, deleitando a la concurrencia con varios minutos de su virtuosismo. Regresó María con traje y pañuelo nuevos. Tras su regreso, la velada siguió por la misma senda, solo que, además de cantar (sentada y de pie, con micrófono y sin él), en ocasiones también se levantó de su silla para bailar. Hubo alegrías de Cádiz, bulerías y fandangos. Historias de gitanos que dormían en el campo, miradas que apuñalan y amores imposibles. Pero sobre todo, mucho sentimiento: el provocado por una descomunal fuerza de la naturaleza capaz de arrasar con todo. No se extrañen, su nombre ya lo deja claro.

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