Hay árbitros que llevan consigo una mochila pesada cuando pisan El Sadar. Ricardo de Burgos Bengoetxea es uno de ellos. Y este sábado volvió a dejar su firma, esa que tantos dolores de cabeza ha causado al rojillo en los últimos años. Minuto 15, Osasuna apretaba con intensidad, llevaba la batuta del partido, hacía lo que tenía que hacer. Y entonces llegó la jugada.

El jugador del Villarreal se deja caer dentro del área y De Burgos Bengoetxea no duda ni un segundo. Penalti. Así, sin más. Sin que mediara contacto real, sin que hubiera falta clara, con esa ligereza que tanto daño hace cuando vas de blanco.

El VAR, ese invento que se supone que está para corregir errores manifiestos, calló. Ni llamó al árbitro, ni le sugirió que revisara la acción. Nada. Silencio cómplice. Gerard Moreno transformó la pena máxima y puso el 0-1. Diecisiete minutos de partido y Osasuna ya tenía que remar cuesta arriba por una decisión que olía a injusticia desde cualquier ángulo que se mirase.

El árbitro vasco ya tenía mal recuerdo en Pamplona, y este sábado volvió a alimentar esa relación tormentosa. No es la primera vez que sus decisiones pesan como losas sobre el equipo navarro. Tampoco será la última, probablemente. Pero cada vez que sucede duele igual.

Lo peor de todo no es solo el penalti en sí, que ya es grave. Lo peor es que lastra todo lo que viene después. Porque Osasuna tuvo el carácter de reponerse, de igualar el partido en apenas tres minutos, de dar la vuelta al marcador y de merecer mucho más de lo que finalmente consiguió. Pero ese regalo inicial marca, condiciona, pesa.

Lisci, que habitualmente fiscaliza bastante a los colegiados, no se creía que el VAR le ratificase al colegiado la decisión.

El fútbol debería ser un juego justo. Debería medirse por méritos, por trabajo, por intensidad. No por decisiones arbitrales que huelen a error desde el minuto uno. Pero De Burgos Bengoetxea volvió a recordar que en este deporte, a veces, lo que menos importa es el fútbol.

De Burgos Bengoetxea perdió el control del partido. De hecho luego le perdonó a Catena una posible segunda amarilla. Tal vez tenía en la conciencia lo ocurrido en el minuto 15.

Y Osasuna, una vez más, tuvo que jugar contra once y contra el árbitro. Nada que no conozca a lo largo de su historia.

El segundo, también polémico

El segundo gol del Villarreal también tuvo polémica. El saque de esquina despierta dudas sobre si el balón está bien puesto o no. En las imágenes de televisión no parece y, de hecho, los suplentes de Osasuna, con Kike Barja a la cabeza, protestaron airadamente la situación del balón, aunque el línea no les hizo caso.