Jornada 22 del Campeonato y seguimos sin descifrar qué le ocurre a Osasuna en las segundas partes: por qué tiende a acularse en su área, por qué pierde la propiedad del balón, por qué es más vulnerable en defensa… Lo de siempre. Si los puntos se repartieran después de los primeros cuarenta y cinco minutos, el equipo de Lisci ocuparía el quinto lugar en la clasificación por detrás de Atlético de Madrid, Barcelona, Real Madrid y Villarreal. Objetivamente, hay una mala gestión de la ventaja, pero esto también es una perogrullada: todo lo que no se resuelve con una victoria implica una gestión negativa.
Ayer, en un segundo acto más equilibrado, con más balón para los visitantes pero con idénticas opciones de marcar (poco relevantes para ambos), el Submarino salvó un punto gracias a un gol de Gerard Moreno peinando el balón en el primer palo, jugada de la que hay que responsabilizar a Rubén García por la marca y al fútbol moderno por despreciar viejas reglas. Me refiero a la decisión de dejar desguarnecidos los postes para defender los saques de esquina. Si ayer Osasuna tiene un jugador en el segundo palo hoy no nos estaríamos comiendo la cabeza buscando explicaciones a esa gruesa pérdida de puntos entre los minuto 46 y 90 y más. Y como el análisis de los datos tampoco aporta claves concluyentes de ese comportamiento del equipo, la hinchada mete a la trituradora de partidos lo que interpreta como negativo en compromisos como el de ayer; a saber: poco acierto táctico de Lisci con los cambios, baja aportación de quienes entran de refresco, buscar la velocidad de Víctor Muñoz no como la acción de oro sino como la justificación al puntapié defensivo, y discutir la sentencia del árbitro al juzgar como penalti una disputa entre Pépé y Javi Galán, que condiciona desde el minuto 17 el desarrollo del encuentro, incluida la segunda parte, por supuesto. Yo creo que a De Burgos Bengoetxea le pesó esa decisión y por eso no se atrevió a mostrar la segunda amarilla a Catena en una de esas acometidas por la espalda en zona de poco riesgo y que ya le ha supuesto alguna otra expulsión. Poner el listón de las (no) tarjetas a ese nivel de consentimiento supuso en la segunda mitad ignorar un peligroso pisotón de Parejo a Torró y no poner veda a la caza de Oroz, esta vez a pies de Mouriño. Si este resumen sirve para esclarecer algo, lo doy por bien empleado.
Pero también queda la opción de preguntar a la Inteligencia Artificial (IA), ese pozo de sabiduría que terminará en un agujero negro que reescribirá la historia, y si no, al tiempo. Así que movido por la curiosidad, sugiero a la IA si tiene las claves de ese cambio de piel de Osasuna tras el descanso y me contesta lo siguiente: “el equipo tiende a replegarse excesivamente cuando va por delante en el marcador, lo que invita a la presión rival y facilita remontadas; acusa falta de solidez defensiva, problema que se agrava fuera de casa”, y, por último, apunta a “los efectos de la transición en el banquillo” (de Moreno a Lisci).
En fin, tratando de encontrar claves consistentes dejamos en un segundo plano el arrollador juego de Osasuna en la primera parte, el desgaste en la presión que propiciaba una rápida recuperación de balón y contras apoyadas en un imparable Víctor Muñoz –y en un fútbol coral en la fabricación del 2-1–, el ritmo de juego altísimo y la eficacia en jugadas a balón parado. Ese brillante y sacrificado despliegue ante uno de los cuatro mejores equipos de la Liga también acabó pasando factura. De todas formas, tengo para mí que Osasuna está cada vez más cerca de la idea de Lisci. Espero, de todas formas, que el entrenador no caiga en el error de consultar a la IA lo apropiado o no de sus planes, como desveló un directivo ruso que hacía el exseleccionador español Robert Moreno para componer las alineaciones (él lo negó). De este fútbol tan mecanizado que renuncia a defender los postes en un saque de esquina me creo ya cualquier cosa.