Belén Gopegui | Escritora

"Mis libros tratan de discernir entre los sueños propios y los que nos dan; a veces hay que pelear no para cumplirlos, sino para librarse de ellos"

21.02.2020 | 01:18
Belén Gopegui, en una imagen de archivo.

La escritora madrileña hablará de su obra esta noche (23.30 horas) en una nueva sesión de los 'Diálogos de Medianoche' de Civican

pamplona – En abierto conflicto con la realidad dominante. Esta sería una de las múltiples maneras de referirse a la literatura que practica la autora de La escala de los mapas, Lo real, El lado frío de la almohada, El padre de Blancanieves, Deseo de ser punk, El comité de la noche y Quédate este día y esta noche conmigo. También de la conferencia Ella pisó la Luna, con la que rindió homenaje a su madre, Margarita Durán, activista que colaboró con Amnistía Internacional y con colectivos mucho menos visibles.

¿Qué le aportan este tipo de encuentros con el público como el que va a vivir hoy en Pamplona? ¿Qué le descubren de su propio trabajo?

–La persona a la que te diriges, la que abrirá la carta, ese interlocutor del que hablaba Martín Gaite, está en todo lo que escribimos. Y en estos encuentros aparece, se hace real. Para mí es muy importe ver a quienes asisten, a veces escuchar sus voces. Algunas caras, algunos gestos y palabras se quedan dentro y luego viajan al siguiente texto. Tres de mis novelas han empezado a partir de algo que me dijeron en uno de estos encuentros.

Estará acostumbrada a que siempre se la califique de escritora comprometida, ¿pero es así? ¿Sus contenidos son políticos o es que Belén Gopegui entiende la literatura misma como una acción política, como una forma más de actuar, de intentar influir y transformar las cosas?

Se me califica, pero no es que esté acostumbrada. Las etiquetas son actos de poder y también son formas de no pensar: si esta persona tiene un trastorno X, ya no tengo que preguntarme por qué dice lo que dice o qué puedo hacer, la etiqueta lo hace de mala manera. En el caso de las etiquetas literarias, las consecuencias son mucho menos graves, pero parecidas en el sentido que se deja de pensar lo que el texto dice y se acude al prejuicio. Dicho esto, sí, claro: mis novelas, como toda la literatura, tratan de personas que viven en común en un entorno inevitablemente político.

¿Qué hacer para romper la tendencia actual, y parece que imparable, de confundir la cultura con el ocio, qué pelea debe dar la cultura para no quedarse en un mero objeto de entretenimiento pasivo? ¿Qué papel deben jugar los agentes de la cultura en ese sentido, desde instituciones públicas hasta creadores, productores, programadores, patrocinadores, etcétera?

Tal vez sea más útil plantear la pregunta desde el otro lado: qué le pasa a una sociedad cuando en general no tiene fuerzas o ganas de hacer otra cosa al llegar a casa que ponerse una serie o leer una historia que le enganche y le evite imaginar o hacerse preguntas. Hay libros o películas que son idóneos para cuando alguien está enfermo y solo quiere evadirse. Se diría que esta sociedad está un poco enferma, es decir, que su funcionamiento está alterado, lo importante no marcha bien y por eso al final necesita no imaginar, dejarse llevar, intentar aplazar la angustia.

En su conferencia Ella pisó la Luna homenajea a su madre y a la vez a tantas mujeres que no pudieron ser lo que querían ser, ¿qué importancia tiene en estos momentos rescatar todas esas historias silenciadas, invisibilizadas, ese investigar, escribir y difundir estos relatos casi como si formaran parte de una historia natural, de entomología, de historia, de biología??

Guy Debord hablaba de "la adhesión generalizada a lo que está ahí" y de esa máxima de la sociedad del espectáculo según la cual "lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece". En otro mundo no será necesario equilibrar las historias porque lo que está ahí no tendrá más fuerza que lo que no está. Pero en este mundo, tantas vidas silenciadas, o simplemente ocultas, hacen que la autoridad muchas veces pertenezca a quienes no la merecen.

Siempre me admira esa fortaleza y esa alegría de vivir y ese tirar para delante en mujeres que no fueron lo que quisieron, pero que tampoco se autocompadecieron, ¿estaban educadas para la abnegación y el sacrificio o era otra cosa, sabían que su venganza o revancha residía en la siguiente generación?

En el pequeño libro he procurado huir de la palabra abnegación y discutir la idea del sacrificio. Como digo en un momento, lo que esas mujeres hacen es asumir una responsabilidad a la que han sido arrojadas, y al asumirla la iluminan. La pregunta quizá deba girar en torno a quienes no asumieron ni asumen aún esas responsabilidades, con frecuencia varones –aunque no siempre, pienso en el reciente y conmovedor libro de Alfons Cervera, Claudio, mira– y en torno al contexto que no solo lo hace posible, sino que lo fomenta.

Tomando su relevo, ¿qué nos corresponde hacer a las mujeres de mediana edad de hoy con respecto a los hombres y mujeres jóvenes que, en muchos casos, vemos que repiten modelos y estereotipos?

Podemos aprender de todas las que no lo hacen, que son muchas también, y acompañar a todas en la medida de nuestras posibilidades.

Leyendo este texto queda claro que la influencia de su padre en su vida es determinante, pero también es clave la de su madre, esa parte menos conocida de su biografía por no ocupar ella un lugar "público". ¿Qué hacer para dar a nuestras madres el lugar que se merecen en la memoria, en la historia?

Con respecto al sufrimiento, no hay restitución posible. Decía Simone Weil que nada es más cruel que pretender que la fuerza es incapaz de destruir los valores espirituales: los destruye, destruye todo y negar esa destrucción o idealizarla es, decía, "matar una segunda vez aquello que ha perecido". Así pues, con respecto al pasado no se puede hacer nada y hay que vivir con el peso de esta afirmación. Con respecto al presente y al futuro, tratar de restituir no sus voces, sino el eco de sus voces, el relato de sus acciones, el valor de sus vidas, nunca les devolverá nada, pero quizá sí a las personas que van a vivir después de ellas.

Quizá la literatura no tiene el poder para provocar una transformación social, pero sí para reforzarla o alimentarla escribiendo sobre esos otros puntos de vista que no son mainstream.

–Las narraciones, en general, las audiovisuales, las publicitarias, y también algunas escritas intervienen en la forma en que interpretamos el mundo. No es raro que generen errores graves de percepción y de representación, pero es algo que no se suele tener en cuenta porque no es del todo demostrable. Tampoco es demostrable lo contrario. Entonces, se trata, creo, de escribir aquello que creamos que vale la pena, y no aquello que creamos que va a vender más a costa de fomentar visiones empalagosas, adulteradas o mezquinas del mundo.

La conciencia de clase está presente en sus novelas y en sus charlas, ¿por qué la hemos perdido, qué ha pasado para que trabajadores de cualquier proceso de producción lleguemos a pensar que no hay diferencias y, por tanto, a bajar los brazos y no pelear?

–Hay muchas peleas en el mundo del trabajo, y muchas se están ganando, pero no salen en los grandes medios o, si salen, ocupan lugares mínimos. Como dice un amigo, la frase "proletarios del mundo, uníos" ya indica que no solo ahora, sino desde los primeros tiempos de las luchas obreras, la unión era difícil. No quiero quitar importancia a la precariedad y a la angustia. La tienen, y a veces lo que indican es también cierta debilidad de quienes, desde el abuso de poder, necesitan recurrir a ello porque temen tanto lo que están haciendo y la contestación que puede tener. Es muy repetida la frase de Gramsci: el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Sin embargo, ha llegado un momento en que necesitamos que la inteligencia se ponga al servicio si no del optimismo, sí de la acción y de la voluntad.

Con la ausencia de la clase obrera de las novelas y las películas, siempre con excepciones, ha pasado como con el papel que las mujeres han jugado en muchas de estas obras: amantes, esposas, madres, abuelas, adornos? Tampoco aparecen mucho inmigrantes o refugiados, que sin duda forman parte de nuestra realidad diaria. ¿A quién beneficia la creación de este imaginario sesgado?

A quienes sí aparecen y lo hacen rodeados de elementos ornamentales y a su servicio que, sin embargo, son personas. Pues más grave aún que ocultarlos, es mostrar a esos colectivos de manera fraudulenta, incompleta o interesada. Incluso Parásitos no habla a mi entender de la lucha de clases, sino de la lucha entre personas en situación de desigualdad, porque lo propio de la lucha de clases es la unión, y lo que la película muestra es la división entre las personas oprimidas. La división a menudo existe, decía Naipaul: "odia la opresión, teme a los oprimidos". Porque la conciencia de clase, o la feminista requiere de una energía que no siempre se tiene, y que sirve para que las personas oprimidas no se vuelvan contra quienes son más débiles, sino contra quienes causan su situación.

¿Qué pasa con los hombres? Muchos son conscientes de sus privilegios adquiridos desde su nacimiento y quieren acabar con ellos, ¿cómo articular la lucha conjunta de hombres y mujeres sin mirarnos con desconfianza y recelo? 

Se trata de saber que las personas crecen en una condiciones o en otras. Y son esas condiciones las que están siendo puestas en cuestión por el feminismo. Se está cuestionando un mundo donde la vida de las mujeres ha estado supeditada a la de los hombres. La realidad tiene muchos vectores, todas las personas cometemos errores. De modo que se trata, como siempre en la vida, de prestar atención y tomar partido por un mundo donde nadie crezca a costa del sufrimiento impuesto a otras personas.

Los sueños, lo difícil que es fijarlos y conseguirlos y el precio que se paga a veces al alcanzar lo que creíamos que queríamos forman parte de su obra, ¿por qué, qué significado tienen?

Dice Aute en uno de sus poemigas que "quien no tenga sueños, tendrá dueños". Lo sueños forman parte de la capacidad humana de ver lo que no está, pero podría estar.Por esa capacidad se pelean las empresas, la publicidad, el capital, los dueños que quieren producir necesidades o sueños convenientes para sus intereses. Mis libros a veces tratan de discernir los sueños que tenemos de los sueños que nos dan sin que sean de verdad nuestros, y narran cómo que a veces hay que pelear no para cumplirlos, sino para librarse de ellos.

En 2018 volvió a publicarse 'La escala de los mapas', su primera novela, ¿qué le supuso el reencuentro con esta historia?

Escribí un pequeño epílogo para la edición de esos 25 años; allí digo algo que de algún modo explica lo que entonces quise y aún sigo queriendo hacer cuando escribo: no hay fórmula final, quedan las horas pasadas junto al texto, a veces alguien sale a un jardín que no existía, una mente toca la belleza de los vientos de marzo y quisiéramos poder, como en letra de Santiago Feliú, incinerar infiernos.

¿Qué será lo próximo?

–Aún no lo sé.

"Tres de mis novelas han empezado a partir de algo que me dijeron en uno de estos encuentros con el público"

"¿Qué pasa en una sociedad cuando al llegar a casa alguien solo quiere ponerse una serie que le evite imaginar?"