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Las perlas del Guadalquivir

15.03.2020 | 00:35
Las perlas del Guadalquivir

Puede ser la casa más antigua de la Feria. Puede ser la más mítica y misteriosa. Pero entrar por sus puertas es llegarse a la casa de don Carlos Polite Gomollón.

Anoche recorrimos sitios históricos tras las huellas de Carlos Polite. Pasear por la mezquita y buscar a Maimónides era obligado. Lo del rabo de toro que nos echamos entre pecho y espalda, además de más ricas viandas, para dos terceras partes de los expedicionarios, también. El caso es que la hermosa mañana a orillas del Guadalquivir deja bellas estampas del viejo puente romano, y ante la ausencia de prisas, consulto una nueva ruta con mis compis de viaje. Vamos a ir a Lora Del Río, pero por carreteras de antaño. Y es que, ahora, no salimos de autopistas o autovías. Vivimos con demasiadas prisas, sin saborear las cosas. Así que con muchísimo tiempo por delante, bien desayunados, salimos camino de Zahariche y vamos pasando hermosas localidades, blancas y deslumbrantes, que asoman entre un mar de naranjos. Kilómetros y kilómetros sumergidos entre el verde intenso de esos árboles jalonados por el naranja apagado de sus frutos ya merece la excursión. Las mejores naranjas del mundo, oigan, cantan esta gente, y para mí, doy fe que lo son. Y aún, por tiempo, callejeamos por Lora en busca de una tasca que conozco desde hace veinte años, donde comemos anchoas caseras en vinagre, como hacía nueve años atrás me tomé con el maestro Carlos antes de entrar en la casa de los señores Miura.

Apenas un par de minutos para el mediodía cuando entramos por la puerta de la finca, camino del cortijo, donde el primero en recibirnos es el viejo mayoral, Manolo, que toda la vida metido en este lar, pasa a diario a echar un vistazo a todo. Enseguida me da recuerdos para el amigo Urbis, con el cual ha hablado él hace menos días que yo. Vemos mucho movimiento, hombres a caballo recogiendo añojos y otros preparando más caballos. Sale Antonio a recibirnos, mientras su sobrino Eduardo se acerca a caballo. Mientras aquel se queda terminando unos papeleos, el joven ganadero va a guiarnos en el viejo Vitara por la finca. Me parece muy bien Toto, ya sabes que a tu sobrino le encanta ir en coche por la finca, ironizo con él. Eduardo se sonríe. Y ya sentados en el coche comenzamos algo más de una hora perfecta.

Se abre la cancela del cercado de los toros de saca, tras pasar por dos anteriores, y la visión del final no existe. En plena ribera de la zona más rica de España, que es la del Guadalquivir, todos los campos de fútbol de primera y segunda división, A y B, cabrían de sobra en este cerrado en el que viven una cincuentena de buenas perlas. Pradera interminable de verde yerba y cebollinos duros rematados en flor de medio metro, en donde partimos en busca de los animales, porque no todos están junto a los comederos. Encima, un sol radiante da lustre a la canción sobre Sevilla y su color especial. Háganse una idea.

Surcamos el territorio de los toros con cautela. Hace una hora y pico que han terminado de comer y unos pocos rumian sentados junto a los pesebres. Algunos se quedan a lo suyo, pero siempre está el que te mira. Y eso hasta cierto punto no es malo. Lo peor es cuando te miden y se levantan para tener mejor lectura de lo que allí pasa. Y lo que pasa con este encaste único se lo explico yo ligero. Es muy complicado su trato y manejo incluso en estas condiciones de libertad cuasi absoluta de la que disfrutan. Ya me habrán leído más de una vez que solo para darles de comer hay que preparan una brigada humana, con hombres a caballo y garrocha para sostener la ansiedad de estos bichos mientras otros cuantos van pasando con los sacos de pienso desde el tractor con remolque. Y todo ello con la celeridad justa. Y encima sin demostrar miedo, ni mirarles. ¡ Vamos! Otro mundo. Pero es el que es. Y con estas cartas se juega a diario en esta familia, donde la tradición y el respeto al animal queda bien a las claras. No se sabe cual de los cuarenta y ocho toros que vemos serán los de Pamplona. Hay muchos posibles, y cuando llegue el momento, ellos solos se alinearán. El sexteto más espectacular saldrá entre el resto. Pero lo cierto es que cárdenos cabreras, sardos, salineros, negros salpicados, colorados y demás pelajes surgen en el trayecto que es apacible, salvo algún pequeño instante en que nuestro conductor aprieta el acelerador por si acaso, y salimos todos botando a la carrera por la limpia dehesa. No ha habido percance alguno, ni apenas molestias, más allá de las visuales para el tranquilo estar de estos bichos, que como todos los de su especie brava, son vagos hasta decir basta. Aquí, recordarán que los toros no se corren. Se mueven ellos porque entre la comida y la bebida tienen kilómetros de distancia. Si la tuvieran juntas vivirían tumbados y apenas se levantarían nada más que para medirse entre ellos. Las fotos son espectaculares. Hoy ha tocado así. Y embobados, relajados, nos llegamos hasta el cortijo. Allí nos encontramos con Eduardo padre y más personal. Antonio nos cuenta que a primera hora de la tarde, las tres en esta casa, tienen un grupo de caballistas que atender, y por eso, para ser finde, hay tanto movimiento. Nos apartamos y quedamos con él para charlar y comer en el pueblo. Traemos el mandado de solicitar como última voluntad de Carlos Polite, que sus cenizas reposen en Zahariche, y eso le llega hondo al ganadero, que no solo da su conformidad, sino que demuestra su amistad, y la de toda la familia Miura cuando dicta que para ellos será todo un honor. Cuándo y dónde tú elijas Patxi. Conoces la finca y busca el sitio que a tí te parezca. Allí haremos la ceremonia. Y, con más de una lágrima cayendo por nuestras mejillas, nos vamos para Pepe Moreno a darnos otro homenaje al cuerpo.

La comida y la bebida rica terminan a oscuras, y con Antonio todo se hace sencillo. El restaurante está abierto mientras él esté, por buen amigo y cliente de la casa. Pero tenemos que seguir camino. Nos esperan a cenar la familia Agarrado con un montón de amigos y sorpresas en su casa de Jerez. Avisamos que no llegamos puntuales porque el día se ha hecho noche. Hora y media larga caminito de Heré no se la salta el más audaz. Así que a nuestro ritmo, seguimos en busca del siguiente encuentro, en un principio de viaje que más que de toros parece de alegría gastronómica entre amigos.