'Crock of Gold: Bebiendo con Shane MacGowan' | El buen irlandés

Dirección y guion: Julien Temple. Música: Ian Neil. Fotografía: Steve Organ. Intérpretes: Documental. País: Reino Unido. 2020. Duración: 124 minutos

16.04.2021 | 16:46
Julien Temple reivindica la figura de Shane, el cantante de The Pogues, hasta vislumbrar mucho más allá de la imagen de descerebrado borrachín que transmitían los eléctricos conciertos de su banda.

Todo en este documental ha sido barnizado con el veneno de lo paradójico. Lo paradójico serpentea y comparte naturaleza con lo contradictorio, lo sorprendente, lo exagerado, lo absurdo y también lo disparatado. Todo eso late en la mirada lúcidamente extraviada de Shane MacGowan.

El cantante de los Pogues, así se le (re)conocía en los años 80, años de martxa y borroka en Euskalherria. Shane reinaba en un tiempo de conciertos tan gratificantes como imprevisibles. Su contribución a los grupos vascos de ese tiempo está pendiente de cuantificar. Y lo que se evidencia tras las intensas y deliciosas dos horas que dura el filme es que, tras la mirada de Shane, se esconde un romántico vergonzoso, un adolescente de rostro de cómic y cabeza de poeta.

Shane MacGowan probablemente estaba hecho de la misma pasta que conformó a Janis Joplin, Jimmy Hendrix, Sid Vicious, Jim Morrison y Kurt Cobain. Podría haber aparecido muerto una madrugada cualquiera y a nadie le hubiera extrañado. Ese correr a tumba abierta era fama que le precedía. Ha sobrevivido y ahora puede contarnos su historia; la que le da la gana.

Genio y figura, Shane, ya sexagenario, con enormes dificultades para mantenerse erguido, se tomó este filme como se ha tomado la vida. Contaba Julien Temple, probablemente la persona más capacitada para hacer Crock of Gold, que se lo pensó dos veces el asumir esta aventura. Con Shane uno nunca sabe qué puede pasar y, para empezar, cuando Temple decidió embarcarse en la producción porque Johnny Depp hacía de anfitrión del combate, recibió el primer golpe. Shane, quién sabe si conocedor de las reticencias de Temple, se vengó a su manera. Le puso una condición: él no hablaría. En consecuencia, Temple, un virtuoso que compone sus obras con fragmentos de la historia, con los restos que han quedado, acumuló lo inimaginable. Rastreó por todas partes y de todas partes encontró astillas de Shane.

Luego, Shane, un blando bajo la máscara del delirio, decidió hablar y habló mucho. Con cada uno a su manera. Son citas camaleónicas. Nunca se sabe quien cede más, quien pone más por convocar la imprescindible presencia de la empatía.

En consecuencia, en este Caldero de oro todo rema en la misma dirección. No hay juicios, no hay miradas reprobatorias... Con Shane no conducirían a nada. De ahí que, A Few Rounds with Shane MacGowan, sea lo que su título sugiere. Empieza como un combate de boxeo, de asalto en asalto, y termina sirviendo rondas de dignidad autodestructiva. En el fondo, lo que Temple levanta con paciencia de orfebre y pasión de cómplice, alumbra el mejor monumento que se le pueda hacer a un bardo borrachín capaz de sentar en su mesa a todo tipo de gente. En la fiesta con la que culmina este viaje en el tiempo, Temple muestra todas las pruebas de cargo contra Shane MacGowan. Cuanto más se evidencia su fragilidad más y mejor se comprende su grandeza.

Hablan quienes le quieren. De su hermana a su esposa, de su padre a ese fan llamado Johnny Depp. Pero al que más y mejor se le entiende es a Shane. Y al hacerlo, se comprende que Temple reformule la vieja historia de la bestia. Tras la ferocidad alcoholizada de un irlandés late el hálito lírico y político de un disidente, de un rebelde con causa. Con astucia de prestidigitador, Temple lleva a su criatura salvaje por el buen camino. Y al hacerlo, sin renunciar a su procacidad, sin dulcificar sus locuras, revaloriza la música de los Pogues y deletrea con emoción las letras de sus canciones. Ese percibir y recibir la rabia con esa mezcla de música folk y patadas punkies hacen de Shane un monstruo fordiano e (in)tranquilo de enorme ternura. Su cuerpo amenaza ruina, su actitud permanece inmaculada cuarenta años después.

Como la del adolescente que bailaba con los Sex Pistols sin intuir que el emblema herido de la Irlanda ocupada por la reina no era otro sino él.

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