Arantzazu Ametzaga | Escritora

Arantzazu Ametzaga: "Merecemos recuperar como pueblo vasco todo lo que nos han ido quitando"

22.10.2021 | 16:51
Arantzazu Ametzaga Iribarren, retratada en su casa de Alzuza.

La escritora nacida en Buenos Aires y afincada en Navarra novela en su nuevo libro el viaje de los exiliados vascos, sus padres entre ellos, en el Alsina, escapando de la represión franquista

Cartas desde la libertad (editorial Alberdania) relata a través de la intimidad que permite el género epistolar el periplo de los cerca de 90 vascos y vascas que se vieron obligados a dejar su tierra pero en ningún momento renunciaron a su verdadera lucha por conservar y cultivar su identidad. Arantzazu Ametzaga Iribarren construye la novela a partir de un hecho histórico, el viaje del Alsina y del Quanza, barcos en los que viajaron sus propios padres, a través de catorce misivas que Alazne envía a su prima, que decidió quedarse en Algorta y terminó por casarse con un falangista. La primera de las cartas está datada el 12 de enero de 1941 en el puerto de Marsella, y la última, el 27 de marzo de 1942.

Este es un libro vinculado a su propia historia, al viaje de sus padres.
Sí, del que hablaban muchísimo. Les marcó. Yo misma escribí las crónicas hace más de veinte años, y me parecía que tenía que escribir más del Alsina, porque es un buque insignia de todo lo que aquella gente sufrió y trabajó por los derechos del pueblo vasco. Era un barco dividido en primera, que lo ocuparon los judíos que venían ya escapándose de lo que les iba a llegar; segunda, donde iba toda la parte republicana española presidida por Alcalá Zamora; y los vascos estaban en tercera, en la bodega del barco, hombres en una parte, mujeres y niños en otra. Y los tres grupos se comunicaban mediante portavoces. Había un orden muy preciso, estaban muy organizados, sobre todo los vascos. Fue increíble. Y este libro no solo es el testimonio de mis aitas, sino de toda la gente que yo conocí, la familia Basterretxea, la familia Bilbao, la famila Aretxabaleta, o la familia del lehendakari Aguirre que iba en ese barco. Me he relacionado con todos ellos, he tenido acceso a cartas maravillosas explicando los sucesos que aquí cuento, que fueron totalmente ciertos y admirables.

¿Qué suceso del Alsina destacaría por encima de todos?
Lo que más les conmocionó a todos fue cuando el 14 de abril, Día de la República, le llegó a Alcalá Zamora a Dakar, donde estaba parado el barco, la notificación de que le habían quitado la nacionalidad, el título de abogado, el derecho a tener ningún bufete en España, le quitaron todas las propiedades que tenía en Córdoba, y todas las joyas que guardaba de su mujer muerta en una caja bancaria. Era un hombre derrotado, más anciano que sus años. Y ese día que llegó la notificación todos se conmovieron y se dieron cuenta de las manos espantosas en las que estaban y de lo que le podía caer a cada quien. Hay otros episodios casi increíbles como el de los vascos, los y las pelotaris de Cuba, y el relato de cómo Hemningway quiso salvar el Caribe de los submarinos que podían entrar por el Canal de Panamá. Todo novelado, pero todo es real.

¿Cómo definiría a los vascos y las vascas del Alsina?
Fue gente excepcional. Los Basterretxea, la hermana del lehendakari, de un temple y una valentía tremenda, y gente más anónima, Dolores Bilbao dando a luz en el barco a la deriva, Tellagorri, el gran escritor de Algorta, maravilloso, Telesforo Monzón, que escribió un libro en el barco; es que en ese barco se escribieron libros. Eso fue increíble. En ese barco de exiliados, de gente en el último estado de la pobreza y de todo, escribieron libros. Mi aita escribió un libro de poemas en euskera. Monzón, lo que luego habría de ser su famoso Urrundik; Tellagorri había escrito un libro ya que lo presentó en La Habana, Cuba. Y eso es muy importante. No solo cantaban, bailaban, enseñaban euskera. No, no, escribían libros, memorias. Y eso al Alsina lo hace excepcional. Para ellos Euskadi significaba abrir a las nuevas generaciones un concepto nuevo de país, culto, con una lengua que, ahora se va viendo, tiene mucho valor; y dejarla morir es de locos, es anticultural. Las vivencias que ellos tenían era que necesitábamos ser más vascos toda Europa. Ellos soñaron con la Europa de los pueblos.

¿Por qué ha elegido el género epistolar para contar este periplo?
Mira, una de mis primeras novelas, que publiqué con Ttarttalo, fue Veinticinco cartas para una guerra, y he vuelto al género epistolar tantos años después porque me parece una comunicación más fluida, más íntima y más cercana. Y quería exponer el contraste entre una exiliada que por defender sus ideas termina en el exilio derrotada, y una persona que no había conocido el exilio, que no se había ido del pueblo de Getxo y que había claudicado.

¿Qué fue lo que les mantuvo vivos, a pesar de ser como unos fantasmas en esas manos terribles, y les hizo luchar por conservar su cultura, su identidad como pueblo vasco?
Mira, mi aita era un enamorado del euskera. No fue político, fue un profesor de euskera a lo largo de toda su vida, también en el Alsina. Porque los vascos dimos clases de euskera, formamos un batzoki en aquel barco, eso parece que lo llevamos en el gen. Mira, segun las últimas informaciones históricas de Javier Irujo, Bilbao sufrió 2.000 bombardeos en lo que va del 36 al 37. Nunca hablaron mis aitas de los bombardeos. No. Nunca lloraron. No. Ni mis aitas ni su entorno, y te hablo de una multitud vasca de la generación anterior a la mía. Ellos lo que querían es que nosotros, sus hijos, siguiéramos reclamando por la causa de Euskadi porque era una causa justa. Ellos habían perdido una guerra pero no había perdido una gran batalla. Se sentían transitando por un camino áspero, difícil, pero que iba a tener luz. Porque creían que la causa de Euskadi era justa. Creían en la democracia y la libertad. Y eso les iluminó la vida, les evitó el horror de la derrota.

Y continuaron con esa lucha en tierras americanas.
Sí, ya había pasado un prodigio semejante con los vascos de las carlistadas del siglo XIX que fundan al llegar a la Argentina el famoso centro vasco Laurak Bat de Buenos Aires. Pero es que los vascos del 37 que llegan a Venezuela en el 40 repiten el mismo fenómeno. Y un centro vasco es un sitio donde se imparte euskera, dantzas, donde hay una bolsa de trabajo para que ningún vasco esté sin empleo, de ahí una famosa frase en Argentina, que no hay bichicome vasco, no hay mendigo vasco; y compran parcelas del cementerio, porque un vasco que muere hay que enterrarlo con dignididad. Ese es el motor de todos los centros vascos de América. Donde van, se repiten los pasos de ayuda, colaboración y compañía.

¿Qué significado ha tenido el exilio en su vida?
Bueno, yo viví el exilio de mis aitas que en principio iba a ser corto porque Franco iba a caer, pero Franco no cayó y duró 40 años. La gran mayoría murió en el exilio esperando volver a Euskadi. Entonces, mi generación se levanta entre el amor a América y las ganas de reivindicar que somos vascos, desterrados. Porque mis aitas no habían dejado Euskadi por gusto ni por necesidad económica, sino porque estaban entre el paredón de fusilamiento o escaparse. Entonces eso te va creando una especie de dualidad: eres americana pero eres vasca. Mi marido Pello Irujo y yo, al tener nuestro primer hijo, quisimos evitarle que tuviera esa pena que teníamos nosotros y volvimos a Euskadi. Encontrarme con Euskadi no fue nada fácil, porque una traía otras costumbres, otro modo de hablar. Venir aquí significó dejar muchas cosas buenas, y al mismo tiempo gané otras cosas buenas.

Su novela trae a la contemporaneidad un drama, el de los emigrantes, que no deja de repetirse.
Eso me duele porque entiendo lo que tienen que estar pasando todos los emigrantes y exiliados hoy día. Me afectan muchísimo los de Nicaragua, Salvador, Guatemala, que tienen que dejar esos países tan ricos, tan lindos, para cruzar México y a travesar el Río Grande. Mis padres y todos los del Alsina llegaron a América y desde luego fueron recibidos muy bien, porque el vasco en América, por los que habían llegado de las guerras carlistas, tenía muy buena fama. Se habla de la palabra de vasco. Y el que fueran mujeres es algo importantísimo; muchas de ellas, entre ellas mi suegra, abrieron pequeños comercios de abastos, se las ingeniaron pero que muy bien. El exilio fue trabajador, para hombres y mujeres. En Argentina, Uruguay y Venezuela, los vascos se agruparon en torno a un quehacer común de ayuda mutua, con comisiones en centros vascos donde estaban los partidos, los recientes y los de toda la vida; teníamos boletines, periódicos, se dio el caso extraordinario de Radio Euskadi en Venezuela, montaron en la selva venezolana unas antenas de radio. El exilio vasco fue muy provechoso. Y contar esta historia de muchos de los que fueron a México, Uruguay, Venezuela y Argentina, es hacerlos vivir un poco. Rescatar los ideales en los que soñaron. Esa lucha por algo que creían justo y por lo que estaban condenados. Y ha resultado que tenían razón, que se puede aprender el euskera. Lo daban por idioma muerto.

Aunque queda mucho por hacer.
Sí. Mi padre, para el que el euskera era el motor de su vida, no podría creer lo que estamos viviendo hoy con las ikastolas.

¿Cuál sería su deseo?
Que el euskera sea más visible, que esté donde debe estar. Es la lengua de Navarra. El centro común, la idea de un Zazpiak Bat para mí es muy importante, la unión de los pueblos vascos en sus costumbres, sus tradiciones, su lengua. Tenemos un tejido cultural riquísimo. Tenemos cosas para reclamar, lucir y enseñar. Yo me siento orgullosa del pueblo vasco, porque a pesar de que nos han dado unos y otros, y dentro de nosotros tuvimos también los beamonteses en Navarra, creo que somos un pueblo que merece la recuperación de todo lo que le han ido quitando. Menos mal que no lo hemos perdido del todo.

"En el Alsina, un barco de exiliados, de gente en el último estado de la pobreza, se escribieron libros; y eso lo hace excepcional"

"Mi generación se levanta entre el amor a América y las ganas de reivindicar que somos vascos, desterrados"

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