Soledad con acné (Querido Evan Hansen)

17.12.2021 | 01:12
Objeto de críticas furibundas, Ben Platt carga con el sobrepeso de interpretar a un adolescente cuando hace diez años que dejo de serlo, pese a ello, su voz y el tono oscuro del filme, evitan el naufragio total.

QUERIDO EVAN HANSEN (DEAR EVAN HANSEN)

Dirección: Stephen Chbosky. Guion: Steven Levenson a partir del musical de Justin Paul, Dan Romer. Intérpretes: Ben Platt, Julianne Moore, Kaitlyn Dever, Amy Adams y Colton Ryan. País: EE.UU. 2021. Duración: 137 minutos.

En Las ventajas de ser un marginado (2013) Stephen Chbosky no solo adaptó y dirigió su propia novela, The Perks of Being a Wallflower, sino que abrió un territorio diferente al cine protagonizado por adolescentes. A este escritor y realizador de cine, nacido en Pittsburgh hace 51 años, no le interesaban ni los excesos juveniles hechos de rebeldes de poca causa y mucho miedo, ni los Porkys prealcoholizados. A Chbosky le preocupan más los perdedores, los raros, las víctimas del acoso escolar, esa carne de picadora con importantes dosis de (auto)rechazo que protagonizan las páginas de sucesos con sus muertes tan prematuras como (in)voluntarias.

Probablemente ese recuerdo reforzó la idoneidad de que fuera Chbosky el hombre apropiado para dirigir uno de los musicales más galardonado en lo últimos años: Querido Evan Hansen. Con un lavado de cara a cargo de Steven Levenson, Chbosky tuvo que convertir en cine lo que nació para las tablas y la coreografía. De ahí que el resultado chirríe demasiado y desconcierte mucho; especialmente si, como ocurre en la mayor parte de las salas de exhibición de nuestro país, el público tendrá que ver (oir) la versión doblada y, por lo tanto, descafeinada. La voz era la gran y casi única razón para que Ben Platt encarna al atribulado Evan Hansen. Sin su garganta, su excesiva mímica para comportarse como un teenager en apuros, tímido y asustadizo, masajeado por la química pastillera de psiquiatras perezosos, se abraza a lo ridículo.

En su estreno yanqui, Querido Evan Hansen salió malparada. Está claro que en el territorio del musical, todo se ha preparado este año para que Spielberg salga lo mejor parado de su gratuito y trasnochado remake de West Side Story. Pero de eso hablaremos en tres semanas, Ahora la cosa va de una historia extraña en torno a un grupo de personajes sitiados por la soledad.

El mecanismo argumental que sostiene el enredo de Querido Evan Hansen se parece mucho al argumento de Primer plano (1990). Allí, Abbas Kiarostami recreaba con singular maestría la tela de araña que teje un cinéfilo por ceder a la peligrosa tentación del engaño. Confundido con un cineasta al que admira, se deja llevar por la pasión de su espontánea admiradora y por su propia necesidad. Fatal acción que asume el equívoco hasta que éste crece tanto que la broma se convierte en tragedia pesada.

Algo parecido, que una mascarada deviene en pesadilla, es lo que le ocurre a Evan Hansen, un apocado estudiante que vive con su madre separada, excelente Julianne Moore –siempre lo está–, en el contexto de un instituto al uso. Apocado y sobre todo aislado entre una madre opresiva y un entorno en el que no encuentra acomodo, Evan Hansen alimenta sin querer una mentira y eso lo convertirá en la figura de su entorno.

Hay otra referencia que se cierne en esta adaptación, se trata de la serie de Netflix, Atipical, de la que proviene Nik Dodari. Aquí como en la citada serie, Dodari incorpora el papel de amigo gracioso del protagonista. Pese a ello, el argumento no pertenece al lado mainstream del cine para comedores de palomitas con acné en expansión, sino para miradas más atravesadas que se cuestionan por las víctimas de la sociedad del éxito a toda costa y el consumo desbocado.

Chbosky conduce su musical, excesivamente alargado, austeramente concebido y sin apenas demostraciones coreográficas, por el terreno del conflicto interior. No hay voluntad de glamour ni motivos. En su lugar, su marginado protagonista debe afrontar la cruz de un rechazo social en una sociedad altamente competitiva. En algún modo, Chbosky se las arregla para dar la vuelta al concepto y evidenciar que todos somos marginales, que todos habitamos en la soledad y que solo desde ella es posible desprenderse de ese Peter Pan al que tantos están imitando.

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