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Nathalie PozaActriz

"Cuántas veces nos han felicitado a las mujeres por no dar problemas, por ser encantadoras, por ir bien arregladas..."

La actriz encarnará a la icónica Blanche DuBois de 'Un tranvía llamado deseo' este viernes, 16 de enero, en el Teatro Gayarre

"Cuántas veces nos han felicitado a las mujeres por no dar problemas, por ser encantadoras, por ir bien arregladas..."Unai Beroiz

Acompañan a Nathalie Poza, Pablo Derqui, como Stanley Kowalski; María Vázquez, como Stella Kowalski; Carmen Barrantes (Eunie Hubbel), Jorge Usón (Harold Mitchell), Rómulo Assereto (Pablo), Mario Alonso (Steve) y Carlos Carracedo (Joven). Todas/os, bajo la batuta de David Serrano y al servicio de un texto “magistral” donde “está todo” lo que necesita este equipo para subir a las tablas esta historia asfixiante de dolor, deseo, violencia y locura.

¿Era Blanche DuBois un personaje pendiente para Nathalie Poza?

–A lo mejor inconscientemente estaba ahí el deseo y tuve la inconsciencia de comentarlo... (ríe) En un aniversario de Días de fútbol, David Serrano me preguntó qué me apetecería hacer en ese momento y me salió, impulsivamente, que me haría el tranvía. Y, de repente, a la semana me llamó para decirme que lo tenía todo preparado para arrancar. Así que ha sido una locura. Nunca más.

¿Nunca más?

–No, lo digo con humor; en realidad, me alegro mucho de haberlo soltado. Es verdad que cuando ya me dijo que tenía los derechos y que podía levantar la producción, a los dos nos temblaron las piernas, pero aquí estamos, en la recta final de un viaje muy intenso, pero también alucinante. Y me hace especial ilusión venir ahora al Gayarre, uno de los teatros más bonitos de España, en un momento en que la función está muy trabajada.

“Pablo (Derqui) es muy peligroso en el escenario, en todos los sentidos, y a mí me encanta; me gustan los compañeros juguetones”

¿Es una obra que toda actriz y todo actor quieren interpretar?

–No sé, quizá sí era algo que tenía pendiente. Trabajé mucho esta obra en la escuela, cuando era muy jovencita, y ahora, cuando miro atrás y tomo perspectiva, pienso que en aquella época no tenía ni idea de todos los asuntos que se tratan en la función y que no tenía la edad para abordar el personaje como lo he hecho ahora. En estos momentos la entiendo mejor que nunca y he podido encarnar a este personaje desde la madurez que tengo también como mujer. Cuando eres joven, no tienes ni idea de lo que significa confundir el amor con la desgracia, de lo que es temer el paso del tiempo, de tener miedo a la muerte, de no saber dejar ir... Eso se entiende con los años, por eso ha sido muy gratificante y muy interesante explorar este texto ahora.

¿Y cómo es la Blanche DuBois de Nathalie Poza? ¿Dónde la ha buscado?

–En el texto. Me encantaría ser más original, pero es así. Uno de mis deseos era poder decir este texto absolutamente magistral. A mí me encanta Tennessee Williams; podía haber elegido también obras de de Chéjov, Shakespeare o Lorca, hay millones de textos y personajes que me gustaría abordar y muy pocos años para poder hacerlos todos, pero, bueno, este es uno de ellos. Cuando estás ante uno de semejante calidad, lo que tienes que hacer es explorarlo muy bien. Y así lo hicimos. David y yo queríamos ser muy fieles al original, hemos leído muchas versiones y traducciones, y él ha hecho una versión lo más fiel posible a la que escribió Tennesssee Williams. Después todo ha consistido en trabajar mucho, mucho, mucho el texto. Por ejemplo, yo estuve varios meses sola en mi casa dale que te pego, explorándolo y comprobando que, inevitablemente, muchos de los asuntos que trata me resuenan internamente. Es absolutamente eterno.

Blanche tampoco es un personaje fácil para el público, por esa arrogancia, ese clasismo, aunque, poco a poco, vemos aflorar su herida.

–Eso es, no es fácil. Es una mujer compleja, como en realidad lo somos todas. Lo que pasa es que nos han enseñado a ser complacientes. Como dices, es cierto que despli ega arrogancia y clasismo, pero también confusión, porque es una mujer tremendamente frágil, con una infancia muy complicada y una educación absolutamente equivocada. Claro, no hay que olvidar las circunstancias históricas y sociológicas en las que se escribió la obra. Son importantísimas, porque, en aquel momento, a lo mejor Blanche no pudo ser la mujer que quería ser. Y esto seguramente es extrapolable a cualquier momento histórico, también al actual.

¿Se esconde?

–Sí, tiene una imagen pública, social, que la ha ayudado a sobrevivir. Hay algo esencialmente hermoso en ella. Frágil, delicado, femenino, compasivo, tierno... Pero también toda una serie de capas que la convierten en una persona real, compleja, a la que por momentos amas y por momentos odias. Y pasa lo mismo con todos los personajes de la función. 

¿A qué se refiere?

–Es lo interesante del tranvía. Como espectadora, tú estás como mirando por el ojo de una cerradura a una serie de personajes arrojados a un espacio claustrofóbico en el que casi no se puede ni respirar. A una casa en la que conviven personas que no se reconocen las unas a las otras; y eso es muy atractivo de ver. Sientes, casi ruegas, que lo importante es que se entiendan, que se escuchen, que se miren de verdad, porque si lo hicieran, no acontecería la tragedia en la que se convierte la obra.

El autor empieza más suave para ir tramando una segunda parte devastadora.

–En el primer acto hay costumbrismo y hasta momentos de humor y de pasión. Es como si Tennessee Williams te fuera preparando para algo, pero no sabes exactamente qué va a ocurrir, en qué va a desembocar la historia; hasta que en el segundo acto se desata una tragedia pura. Él quería que fuese así precisamente para aniquilar al personaje más delicado, más frágil de la función. Esta es una de las motivaciones de la obra, contar cómo se acaba con la persona más indefensa de la historia, por eso se convierte en una tragedia tan tremenda. Y, bueno, por eso también nos resuena tanto hoy, porque estas situaciones están a la orden del día. Vivimos un momento en que no nos queremos ni escuchar ni comprender.

Y así nos va.

–Exactamente, así nos va. En la época en la que se escribió la obra, se estaba viviendo el auge del capitalismo en Estados Unidos y el personaje de Kowalski representa a ese inmigrante que quiere formar parte del sistema y convertirse en un hombre, en un trabajador del que la patria pueda sentirse orgullosa. Si eso no está a la orden del día, que se nos caiga el teatro encima.

Pero él se siente cuestionado por Blanche.

–Que, además, tiene el don de la palabra bien dicha. Aunque la traiciona su sistema nervioso, así que casi siempre mete la pata. Por otro lado, también es muy valiente y osada.

¿En qué sentido?

–A pesar de que es un personaje que claramente va a ser aniquilado y que va a perder frente al más fuerte, que siempre ese ese universo masculino que tiene el poder y el dinero en la casa, yo no he querido hacer una mujer que se deja abatir fácilmente. Y no solamente porque no quisiera, sino porque al final está en el propio texto. Blanche vuelve a levantarse y golpear la puerta cada vez que es derribada. Es una mujer que se equivoca muchas veces, que es invasiva, que tiene una ansiedad que le hace ser verborréica, que puede ser invasiva, grosera y cruel, que incluso es un poco actriz, se encierra en un baño... A mí me inspiró mucho Marilyn Monroe.

Nathalie Poza, con Pablo Derqui y María Vázquez, en una escena del montaje.

¿Cómo?

–Marilyn tenía esta cosa de que sentía que no sabía actuar hasta que no estaba totalmente preparada para que la vieran; absolutamente fascinante, encantadora y divina. A todas nos parecía una mujer maravillosa, como si casi quisiéramos ser como como ella; cuando la realidad es que era muy desgraciada. Su autoexigencia era brutal y no podía presentarse al mundo hasta que no estaba en condiciones de ser fascinante. Yo también conozco bien esa máscara de fascinadora, y creo que muchas de nosotras deberíamos de reconocer que nos han educado muchas veces a ser así, para ser complacientes. Cuántas veces nos han felicitado en el trabajo, por ejemplo, por no dar problemas, por ser encantadora, por hablar bien, por ir bien arregladas... 

Y castigado por no ser nada de eso y considerarnos, por tanto, conflictivas, problemáticas...

–Totalmente. En la obra hay un monólogo precioso de Blanche, bueno, digo monólogo porque a veces se pone a hablar sin darse cuenta de que tiene a alguien delante, en el que le confiesa a su hermana que no sabe si va a poder ocultar el truco por más tiempo. Se refiere a que es consciente de que en ese mundo no basta con ser delicada, también hay que ser atractiva y sabe que se le está acabando todo. Se le está apagando ese mecanismo de supervivencia que ha usado siempre; no conoce otro. El juicio de los demás hacia ella llega hasta tal punto que deciden encerrarla en un manicomio y se quedan tan tranquilos porque se han librado de la mujer problemática. Es muy difícil sobrevivir en un mundo tan injusto.

“Esta tragedia resuena tanto hoy en día..., en un tiempo en el que no queremos escucharnos ni comprendernos”

Creo que siempre quiso que Pablo Derqui fuera Stanley Kowalski.

–Sí. Estuvimos dos años y medio haciendo Desde Berlín, y tenía muchas ganas de volver a trabajar con él. Muchos actores no se atrever a abordar este personaje por las comparaciones, pero siempre es interesante ver desde qué lugar aborda un intérprete un personaje tan icónico. Pablo es muy peligroso en el escenario, en todos los sentidos, y a mí me gusta el peligro, me encantan los compañeros juguetones. En realidad, mi primera condición fue contar con María (Vázquez), que se arriesga mucho también, no tiene miedo a equivocarse, y eso me ha ayudado mucho porque yo soy muy autoexigente y me ha enseñado a estar más presente. Creo que todo esto hace que las funciones estén muy vivas. Son puro corazón. Los personajes son muy salvajes y apasionados, y para hacerlos hay que atreverse a saltar al vacío.

¿Qué me dice de las ensoñaciones, las ausencias en las que Blanche se refugia? ¿Hay veces en que la realidad es tan fea que no queda otra?

–Absolutamente. Creo que no le queda otra. Ella misma comenta que no dice la verdad, sino lo que debería ser verdad. Además, qué te voy a decir yo, que me dedico al teatro; yo también me refugio en realidades paralelas porque la realidad es terrorífica. He tenido suerte en la vida y me han dado la mano en los momentos más delicados, pero a Blanche, que está totalmente rota y necesita ayuda urgente, no se la dan. Por eso se evade cada vez más a medida que avanza la función.