Sobre el escenario, Él y Ella. Llevan casados muchos años. Su fórmula del éxito matrimonial: saber cuándo hablar y cuándo callar. ¿Pero, qué sucedería si por una vez en la vida se plantearan decir todo, absolutamente todo? La respuesta, este viernes y sábado en el Teatro Gayarre de Pamplona con Mejor no decirlo, una comedia de Salomé Lelouch en la que muchas parejas se verán reflejadas. Una provocación de dos jugadores encendidos abriendo las puertas de lo que se suele pensar que es mejor no mencionar. En el escenario, Imanol Arias y María Barranco y, a los mandos, Claudio Tolcachir.

El actor vasco –se crio entre Ermua y Eibar– comparte los detalles de un proyecto que estrenó en Argentina en marzo de 2024 y que le está resultando “un disfrute”. En hora y media tiene preparador físico para encontrarse en forma en el trabajo y en la vida y, mientras, pasea al perro aprovechando el sol que, por fin, ha hecho acto de presencia esta semana.

Vuelve al Gayarre después de su visita en 2023 con ‘Muerte de un viajante’. De un drama tremendo a una comedia. 

–(Ríe) Sí, El teatro tiene una capacidad de representar momentos de la vida que pueden ser de cualquier forma o estilo. Al final hay una convención que es la misma: un grupo de personas se reúne en un sitio para escuchar todos a la vez y para asistir a una historia. Por cierto, recuerdo que cuando fui con Muerte de un viajante fue una experiencia increíble porque hicimos dos días de función y luego nos contrataron para otra un lunes a las doce de la mañana dirigida a casi mil muchachos de colegios de Navarra. Estábamos un poco preocupados por cómo iban a ver una cosa de dos horas y diez minutos con todo ese drama, pero fue una de las funciones más increíbles de la gira. Hubo un coloquio posterior que me dejó pasmado y por eso guardo tan buen recuerdo de aquel paso por el Gayarre. Ahora vuelvo con una comedia, sí, y sé que el público se lo va a pasar muy bien porque es un espectáculo visualmente muy hermoso de comedia pura.

¿A qué se refiere?

Es una obra en la que nadie insulta, nadie se tropieza, y la forma de convivir y de hablar de estos dos personajes hace que sea una fiesta.

"Una comedia te ayuda a reírte no solo de la historia y con la historia, sino que te permite descontracturarte y asistir a la función con el corazón abierto"

Ha hablado de una función dirigida a estudiantes que resultó ser un éxito. ¿Le reconcilia con la humanidad que el público joven siga disfrutando con el teatro o es que muchas veces lo infravaloramos?

–Cuando hablo de los jóvenes, siempre lo hago con la prudencia del que es consciente de haber sido joven. También es verdad que ellos están inmersos en una forma diferente de entender la comunicación, pero es la que les toca. Posiblemente yo no me acostumbre nunca, pero ellos tienen que hacerlo. Por lo tanto, todo mi respeto a su forma de vida. Otra cosa es que haya elementos en la cultura que distraigan un poco, como esa pasión por aislarse, por el scroll, y por recibir dopamina cada dos minutos. En cualquier caso, todos tenemos una falta de atención, no solo los jóvenes. Como dijo mi amigo Antonio Banderas, el teatro seguirá. Dicen que lleva 4.000 años enfermo, pero no terminan de darle el diagnóstico final... Yo creo que las experiencias en vivo permanecerán. Por ejemplo, ahora estoy viendo en América Latina un florecer brutal de los conciertos, también en segmentos de la población donde las pantallas están muy presentes, y pienso que, en 10 años, el espectáculo en directo dejará de ser algo extraordinario para ser un momento de reflexión, un momento con uno mismo.

Estrenó ‘Mejor no decirlo’ en Argentina y con Mercedes Morán como compañera de viaje. ¿Qué le atrajo de la obra y del personaje?

–Me sorprendió mucho cuando recibí el llamado de Mercedes y del productor Pablo Kompel, que es con el que yo hice Calígula en 1994 allí, en Buenos Aires. Yo tenía muchísimas ganas de trabajar con Mercedes, con Mecha. La admiro mucho, es una intérprete enorme, y cuando recibí esta propuesta sentí una alegría terrible. Aunque cuando me encontré con la comedia, me entró una tremenda duda y pensé ‘¿qué va a salir de esto?’

¿Por qué?

–(Ríe) Fue curioso. El texto me gustó mucho, pero no se parecía en nada a lo que había hecho hasta entonces. Más que un reto, fue una propuesta de vida. Ellos pensaban que yo podía estar un par de meses nada más, pero yo ya había terminado Cuéntame y decidí estar siete. La pena es que luego Mercedes no pudo venir a España, pero lo bueno es que encontramos a la actriz que considero que es adecuada para hacer la obra en España. 

María Barranco.

–Así es. María, mi hermanita, aporta una luz, un brillo, un humor y un dinamismo que es diferente, porque la obra es la misma pero los públicos son diferentes. El progre y el no progre no se identifican igual en Argentina y en España. Las funciones en Buenos Aires, en Chile, en Uruguay, en Paraguay... fueron deliciosas, y eso ha hecho que, dos años después, siga con esta historia, con la que estaremos hasta 2027.

¿Le gustó aquel periplo a miles de kilómetros?

–Sí, en ese momento yo necesitaba estar un poco fuera. Lejos. Después de muchos años haciendo una cosa, como que me apetecía acometer otra, de otro nivel y otro perfil. Y Mejor no decirlo es un regalo que la vida me ha hecho.

Su personaje se define más por lo que calla que por lo que dice, por los silencios. ¿Cómo lo trabajó?

–En primer lugar, lo definimos. Salomé Lelouch no concreta cuál es su profesión, pero sí se sabe que son un segundo matrimonio y que trabajan en lo mismo. Y a mí me da la impresión de que es algo así como un editor de noticias que siempre está pendiente de dónde colocar una frase, una palabra, en el lugar perfecto. Y Ella sería la periodista estrella, la que dice lo que le da la gana, con toda la verdad y con todo el amor. Los dos forman una pareja que se ama, pero que no discute.

¿No se pelean?

–No. Y eso también produce humor. El humor de la obra es el clásico del payaso de cara blanca y el payaso de nariz roja que explota y lo revienta todo. Para crear mi personaje, agradezco mucho el trabajo de Claudio Tolcachir, que es uno de los directores más portentosos que he conocido por cómo hace del trabajo algo muy gozoso. Es muy exigente, pero a la vez tiene muy buen talante. He visto a directores que admiro gritar, tirar zapatos, y a actores marcharse del escenario diciendo ‘no puedo más con esto’; pero con Claudio esto no pasa. 

Conocía a María desde hace mucho, ¿pero habían trabajado juntos?

–Habíamos hecho una película, Arruinados (Sálvate si puedes), que no anduvo bien. Aparte de eso, nos conocemos desde hace mucho tiempo. Además, ella estuvo casada con Imanol Uribe, un gran amigo, así que forma parte del círculo de amistades de la profesión. María se acuerda mucho de sus inicios, cuando yo iba a contarle los proyectos que se estaban preparando, y, como entonces, claro, no había móviles, lo hacía a través del telefonillo de su casa. Siempre iba para allá deseando que me hiciera subir, pero no hubo manera (ríe).

¿Cree que a través de la comedia es más fácil deslizar algunos temas que a priori resultan incómodos?

–El humor es un descubrimiento. Una comedia te ayuda a reírte no solo de la historia y con la historia, sino que te permite descontracturarte y asistir a la función con el corazón abierto. Sabes que va a haber temas que te van a interpelar, pero también que vas a disfrutar. En ese sentido, es un arma muy poderosa que hay que aprender a manejar con mucho cuidado. Hay una cosa preciosa que me dijeron cuando preparábamos la obra en Buenos Aires, y es que, aunque íbamos a estar tentados de soltar el chiste, de lanzarlo al patio de butacas, en este caso era mejor que las palabras se cayeran de la boca como descuidadas, sobre el escenario, y que fuera el público el que viniera a buscarlas, porque ahí es donde goza, cuando se mete.

Imanol Arias y María Barranco. Javier Naval

Con esta obra habrán generado unas cuantas conversaciones entre parejas. No sé si se habrán producido divorcios, pero seguro que ha generado mucho de lo que hablar.

–Se han producido muchas conversaciones y así me lo han expresado directamente en la puerta del teatro; pero espero que divorcios no. Y si así ha sido, es porque eran irremediables y necesarios.

¿Imanol Arias ha sacado alguna conclusión de esta historia? ¿Hay que morderse la lengua a veces o es mejor decirlo todo?

–Es mejor decirlo todo, pero hay que saber decirlo. La premisa que plantea la obra es muy francesa. Recuerdo cuando vi Arte. Me pasé dos horas riéndome tanto que me dolía la tripa. Y eso que solo eran tres anormales maravillosos hablando sobre un cuadro en blanco. Pues esta obra funciona de una manera parecida. La gente se sumerge en la obra enseguida y no se limita a quedarse en su butaca. Se implica mucho. Tanto, que en Argentina alguien llevaba la cuenta de las carcajadas y en una función –dura una hora y diez minutos– llegaron a 34. Incluso un crítico maravilloso hizo el cálculo con el precio de la entrada y dijo que cada carcajada salía a 0.50 pesos, por lo que merecía la pena. Esta obra tiene el valor de reflejarte y divertirte. 

"María, mi hermanita, aporta una luz, un brillo, un humor y un dinamismo que es diferente"

Hace poco le hemos visto en ‘Innato’ (Netflix), sigue de gira con la obra...¿En qué momento diría que se encuentra?

–Esto en una etapa en la que busco tranquilidad. Ya tengo una edad en la que lo que más me importa es el disfrute en el trabajo. Por eso no estoy tan liado como otras veces; bueno, a veces sí que me lío (ríe). Ahora mismo ya sabemos que habrá segunda temporada de Innato, aunque aun tardará, y sé que tengo que hacer un par de episodios de Cuéntame. Ya lo tenía previsto y aprovecharemos para hacerlos cuando la gira baje un poco, en verano. Aparte de esto, tengo alguna propuesta en Buenos Aires, pero poco más. Estoy muy tranquilo.

Le quieren mucho en Argentina.

–Sí, saben muchísimo de teatro. Siempre digo que no tienen ni puñetera idea de potear ni de tapear. Durante esas horas, ellos o juegan a fútbol o van a teatro, hay más de 400 teatros abiertos en Buenos Aires; una locura. Sin embargo, también les gusta lo de salir y la cervecita o el vermú. Es que aquí de tercer apellido todos tenemos Yzaguirre (ríe).