Revisar un clásico tan conocido como el Lago de los Cisnes siempre es arriesgado. Hay que conocer muy a fondo el ballet para atreverse a crear nuevas coreografías con la enorme presión de las sagradas y perpetuas hechas por Petipa y que todo el mundo conoce. Y sin embargo, Víctor Jiménez logra inundarnos del verdadero espíritu de la obra trasladando a los espectadores, a través de los bailarines-cisnes, la dicotomía de la blancura y negrura que todos tenemos dentro. Una cita expresa, al comienzo, del dios Jano, el de las dos caras nos da la pista. No hay un príncipe protagonista, con la búsqueda de su princesa, sino espléndidos momentos luminosos (vals) en los que todos somos príncipes o princesas, y otros, de violencia casi dramática (incursión de música agresiva) en los que prevalece la oscuridad. Elevamos nuestra felicidad, pero esa felicidad, que surge de los magníficos entrelazados de los pasos a dos, se nos escapa. El éxito de esa idea tan bien expuesta, (porque fue un verdadero éxito) se basa, en primer lugar, en los bailarines. No hay trampas, es una propuesta muy bailada, cosa que en los grupos contemporáneos no siempre se da, y, sobre todo, se está a la altura de la música de Tchaikovsky. También la coreografía, que llena el arrebato romántico del compositor ruso con unos pasos de danza muy físicos, tanto en los “enlevées” como en los recibimientos y rechazos de los encuentros por parejas; sin que se renuncie a tramos más vaporosos (ayudados por el vestuario), en los álgidos momentos líricos.
LaMov, compañía de danza
Programa: El Lago. Coreografía y dirección: Víctor Jiménez. Música: Tchaikovsky y Jorge Sarnago. Bailan: M.Furlan, E.Gil, P.Rodríguez, A. Rivero, I.López, P. Aragón, D, Castelló, J.Martínez, A. Fernández. Luces: L. Perdiguero. Vestuario: A. Guillén. Lugar: Casa de Cultura de Villava. Fecha: 22 de febrero de 2026. Casi lleno (6 euros).
Como ocurre en las composiciones musicales de tema y variaciones, aquí el tema (visual, claro) siempre reaparece: manos como alas, incluso el detalle del pie (pata) por encima del cuerpo sentado, muy de cisne dormido…, son detalles, acentos fundamentales, que siempre nos sitúan en el Lago. Los bailarines (ellas y ellos, indistintamente) tienen una base tan sólida de danza que asistimos a giros espectaculares en los solistas, al cambio (sin solución de continuidad) de una estética neoclásica a otros pasos más contemporáneos: desde el suelo, por ejemplo. Se difumina la relación masculina-femenina: los pasos a dos se realizan indistintamente, y así adquieren una especial fuerza, y una especial ternura, también. Ya hemos dicho que el nivel de la compañía es muy alto, casi todos tienen su brillante oportunidad, pero tampoco se impone un protagonismo individual que eclipse a los demás, sino que los solistas y “demisolistas” rotan a favor del resultado final. Cuando el cuerpo de baile accede al círculo-lago-piscina que es el escenario, surge una espléndida simetría, si se lo proponen, una sincronía hermosa en pares de parejas o tríos, e, incluso alguna bien humorada “deconstrucción”, como la del famoso paso a cuatro, aquí con unas gozosas piernas al aire desde el suelo. Destacaría, también, el excelente fraseo, en general, nada atropellado; por ejemplo, el dúo con el violín solo. La luz está muy bien tratada, es fundamental para los cambios bruscos del blanco al negro, un personaje más. La aparición de los cisnes negros, con el matiz de marcha militar en la música, nos inquieta. El vestuario ayuda. Y la danza se encoleriza un poco, nos impacta. Pero siempre se impone la belleza. Una hora llena de pura danza, con la esencia del Lago de los Cisnes destilada y bien expuesta, (el propio Tchaikovsky tuvo cierta dualidad en su vida privada). El público, puesto en pié, otorgó una ovación de gala a la compañía aragonesa, entre cuyos miembros, por cierto se encuentra Imanol López, un villavés que comenzó en la Escuela de Danza de Navarra: enhorabuena.