"Si te involucras con alguien, que sea porque crees que vas a mantener ese compromiso en el tiempo. Si no vas a poder mantenerlo, es mejor que no lo hagas”. El pianista de jazz Albert Marquès habla aquí en calidad de profesor de música en un instituto público de Nueva York, donde “nuestro trabajo se parece más al de un educador social”, y donde “los chavales están acostumbrados al abandono”. Pero también lo afirma como activista contra la pena de muerte comprometido con varios casos a través del proyecto Amplify Voices, sobre todo con el de Keith LaMar, preso que permanece desde hace más de 30 años en el corredor de la muerte por su supuesta participación en el asesinato de otros cinco internos en un motín en la cárcel donde cumplía condena por otra causa.
Él siempre lo negó, pero un jurado en el que no había ni un solo afroamericano le consideró culpable. Albert Marquès, que tenía 3 años cuando LaMar entró por primera vez en prisión (1989), conoció su caso en 2020 a través de la mujer de su vecino en Brooklyn, el músico Brian Jackson, mano derecha de Gil Scott-Heron.
“Se ha convertido en uno de mis mejores amigos. Le he visitado con mi pareja y mis hijos, que le llaman tío, y hablamos a menudo con él por teléfono”
Y el primer vínculo que tejió con el preso fue gracias a John Coltrane y a su disco A Love Supreme, que es la biblia de LaMar. Es la “rutina espiritual” que Keith utiliza para despertarse todos los días en una celda diminuta, aislado, y con una ventana de apenas un palmo. Allí pasa 22 horas cada día. “Una vez pregunté por qué se les ponía en aislamiento y me respondieron que porque un preso condenado a muerte no tiene nada que perder y podría asesinar a otros”, cuenta el pianista de Granollers, que recuerda que, según la ONU, esa práctica “es una forma de tortura”, ya que “después de 27 días en régimen de aislamiento, ya hay daños cerebrales irreparables”. Y Keith LaMar lleva ya 33 años.
El jazz les unió en primer lugar, pero, desde entonces, “se ha convertido en uno de mis mejores amigos. Le he visitado con mi pareja y mis hijos, que le llaman tío, y hablamos a menudo con él por teléfono”, apunta Marquès, que poco después de entablar relación con LaMar comenzó a organizar conciertos en favor de su causa, que no consiste simplemente en salvar su vida aplazando las fechas de ejecución –la próxima está fijada para enero de 2027–, sino que el objetivo es sacarlo de la cárcel”, añade, “convencido” de su inocencia.
El primer concierto-manifestación en favor de esta causa tuvo lugar en la calle en pleno confinamiento. Allí, 25 músicos tocaron –sin permiso– un repertorio de temas elegidos por LaMar, que logró que su voz traspasara los muros de la cárcel y se hiciera presente en directo en una plaza de Brooklyn. Y es que “el objetivo siempre ha sido tocar con Keith, no para Keith”, indica el barcelonés, que después de actuar en numerosas ocasiones en la calle, llevó el proyecto Freedom First de gira por salas para recaudar fondos que sirvan a su defensa.
De Ohio a Pamplona
Como el que la tarde de este sábado, 7 de marzo, acogerá la Sala de Cámara de Baluarte (20.00h) en el marco de las Jornadas de Memoria, Convivencia y DDHH del Gobierno de Navarra. Una cita en la que el preso recitará sus poemas desde el corredor de la muerte de la Penitenciaria Estatal de Ohio.
Con sus palabras “nos acerca lo que significa vivir en ese sitio”, algo que la mayoría de la gente desconoce, “y comparte su historia personal”. Otro de los efectos de esta experiencia es que “nos confronta con nuestra mortalidad”.
KEITH LAMAR, SÍ; PABLO HASÉL, NO
Disco y libro. En 2025, la discográfica Say It Loud Records publicó el álbum Live From Death Row, el primer disco que se graba con un preso en el corredor de la muerte. Un trabajo que ha recibido varios premios. Lo firman Keith LaMar y Albert Marquès. Este último escribió y publicó, asimismo, el libro El jazz suena en el corredor de la muerte. Keith LaMar, un pianista y la realidad de las prisiones en Estados Unidos (Editorial Crítica). Y Marqués sigue trabajando con presos en cárceles de todo el mundo, e, irónicamente, lo que ha podido hacer en EEUU “no ha sido posible en España”, denuncia. “Ohio es un estado muy republicano, muy proTrump, pero no tuve problemas para grabar el disco o para hacer los conciertos con Keith, pero aquí no puedo hacerlos con Pablo Hasél porque el reglamento penitenciario español prohíbe grabar y usar los audios de las llamadas telefónicas ya vengan desde una prisión o de una casa particular”.
“Los conciertos tienen un componente existencialista, y mucha gente sale pensando en su vida cuando comprueba la esperanza que tiene este hombre después de lo que le ha pasado”, continúa Marquès, a quien este trabajo le ha confirmado algo que “ya intuía”, y es que la música y el arte son “infinitamente poderosos” para sembrar conciencia.