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Crítica de Pillion | La fuga de Tristán

Crítica de Pillion | La fuga de Tristán

El arranque de Pillion ya apunta alto. Un coro de cuatro hombres, vestidos igual, canta a capella en un pub británico. Entre humo y alcohol y frente a un público heterogéneo, Cupido hace una travesura. El más aniñado de los cantantes, se enamora de un motorista taciturno que parece una réplica del David de Miguel Ángel. ¿Estamos ante una versión hardcore de El sueño de una noche de verano? En esa aventura de amantes encadenados, sobresale un duelo actoral inconcebible entre Alexander Skarsgård, el vikingo protagonista de El hombre del norte, y Harry Melling, el primo de Harry Potter. Ellos son los amantes tiernos de un relato que bucea sin complejos en el llamado BDSM. Bajo ese acrónimo se afilian las prácticas eróticas basadas en el Bondage (ataduras), Disciplina/Dominación, Sumisión/Sadismo y Masoquismo.

Pillion

Dirección y guion: Harry Lighton a partir de la obra de Adam Mars-Jones. Intérpretes: Alexander Skarsgård, Harry Melling, Brian Martin y ZamirMesiti. País: Gran Bretaña. 2025. Duración: 106 minutos.

Harry Lighton planificó su primer largometraje, una propuesta ante la que la crítica unánimemente se ha doblegado tras su estreno en el pasado festival de Cannes, en el terreno de juego de moteros de metal y cuero. De hecho, buena parte de su éxito reside en su capacidad de sorpresa, en la desorientación que envuelve al público al enfrentarlo a un espacio poco frecuentado por el cine comercial. En algún modo, Pillion se sabe heredera de la ruptura que en el cine de los 70 y 80, reivindicaron autores como Fassbinder y Pasolini. Y ahora, a su manera, Lighton levanta Pillion con la mirada puesta en Ralf König. Hasta aquí se trazan las coordenadas que sirven para cartografiar el terreno sobre el que se construye esta fábula de sexo, deseo e incertidumbre.

El camino que Lighton recorre asume el canónico y ortodoxo proceso de una iniciación. Un encuentro deseado entre Colin (Harry Melling), un joven introvertido que todavía vive con sus padres, y Ray, (Alexander Skarsgård), una especie de Marlon Brando salido de Salvaje (The Wild One, 1953), de László Benedek. Día a día, esa relación de dominador/dominado ve modificar sutilmente los términos del acuerdo. Pasado el impacto inicial, los feroces jinetes del infierno devienen en dulces scouts que desarrollan con placer y armonía sus juegos eróticos, sus prácticas sexuales. Tras la máscara del deseo sobreviene el miedo del amor y el pánico ante el compromiso. Hay presencias episódicas muy relevantes, como la madre de Colin, y surgen cruces llenos de emotividad. Pero sobre todo sobresale la frescura y desparpajo de ver a Alexander Skarsgård y Harry Melling escenificando una historia de amor en un mundo abocado al desencuentro.