Un esperpento del militarismo yanqui gana en los OSCAR 2026
‘Una batalla tras otra’, la película dirigida por Paul Thomas Anderson, fue la gran triunfadora en la 98ª edición de los Oscar al hacerse con seis premios, incluyendo mejor película y mejor dirección.
Hace 365 días, hora arriba, hora abajo, en la clausura de la ceremonia del Oscar 2025, el título de esta crónica fue: “Adiós a la inocencia, hola al miedo”. Un año más tarde, con el mundo más ensangrentado, con los sicarios de Trump campando a sus anchas a la caza del emigrante en EEUU, con secuestros y asesinatos internacionales fuera de toda legislación, con Gaza arrasada, el Líbano en peligro, Irán en llamas y Ucrania bajo el mismo fuego, la ceremonia del Oscar apenas fue la patética escenificación del silencio, la vergüenza del que calla. Dicho de otro modo, ayer Hollywood no mostró ni compasión, ni piedad por los miles de inocentes sacrificados.
Decía Leopold Ziegler, dos años antes de que naciera el Oscar, en El Santo Imperio de los alemanes, en 1925, que verdaderamente demoníacos son el abismo que no puede ser colmado, la nostalgia que no puede ser apaciguada, la sed que no puede ser saciada.... Pues eso, de abismos, de nostalgia y de sed (de justicia) la madrugada del domingo al lunes nos deparó un recital de vacíos que, por momentos, provocó tanto asco como escalofríos. De escalofríos surgidos del estupor se nos dio una buena ración las horas previas, durante el auto sacramental del paseo por la alfombra roja.
Entre vestidos imposibles y rostros congelados –hay más vida en el museo de cera que entre los cientos de invitados a esa obscena representación de la estulticia y el lujo–, se impuso una ley: cuánto acaban pareciéndose entre sí los famosos y los ricos. Desterrado el envejecimiento y criogenizada la sonrisa, la procesión del horror de Hollywood fue atendida en internet por decenas de observadores de cuyo talento y competencia prefiero no hablar. Unas y otros, entre palomitas y frases para el récord del disparate, ilustraban lo que nada tenía que decir, lo que fue pasto de lo no dicho. Ganó Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson. Tal vez su peor película, sin duda una visión profética de lo que Donald Trump nos estaba preparando con sus mercenarios asesinos. Sin duda, estamos ante un síntoma de lo mal que lo estamos haciendo. No es que el cine imite a la vida, sino que la vida se empeña en recrear las peores pesadillas del cinematógrafo.
De hecho, ¿alguien piensa que entre Greg Bovino, el rostro de la represión del ICE en Mineápolis y el personaje que interpreta Sean Penn en la película de Anderson hay solo un parecido razonable? Por cierto, Penn junto a Bardem sin disimulo; Oliver Laxe con Siddharthica timidez; y David Borenstein, ganador del Oscar al mejor documental pidiendo la paz, asumieron el papel de jinetes del desacuerdo. Sólo ellos dieron noticia de que la noche de la 98 edición del Oscar se celebraba un 15 de marzo de 2026. El resto, los cientos, miles de personas presentes, se limitaron a desfilar como si el reloj del tiempo se hubiera parado; como si no existiera ninguna conexión entre la realidad y Hollywood. Fue paradójico asomarse al vértigo de ese abismo que no puede ser colmado y asistir a un evento donde Los pecadores, visión racializada de Abierto hasta el amanecer, con menos gracia y con apenas dos secuencias de verdadera locura y tino, había conseguido el récord de nominaciones, 16, superando a Eva al desnudo (1950). Tres cuartos de siglo les separa, un abismo insondable preludia una nostalgia que comienza a ser inapaciguable.
Recordemos. Decíamos que Penn, con su viaje a Ucrania, con su espantá de Hollywood, estableció el único silencio legítimo de una noche de mediocridad y murmullos. Nadie ganó de manera extraordinaria. Nadie fue echado de menos. En todo caso, se recordó con dolor a Robert Redford, el último de los actores que no dudaron en mojarse en el Hollywood de los viejos tiempos. Guillermo del Toro, con su visión canónica de Frankenstein, se quedó con la pedrea, sin poder evitar que La novia, la visión heterodoxa del relato de Mary Shelley, le arrebatase la permanencia en el recuerdo del futuro. Fue el tercer gran ganador de la noche, el tercero en no mover los labios. En otro orden de cosas. Quienes no hayan visto Weapons no sabrán lo que hizo Amy Madigan para ganar el premio a la mejor actriz de reparto.
Su personaje, haría temblar al mismísimo Anton Chigurh del Bardem de No es país para viejos. Un Bardem que fue el único que paseó su reclamación de paz, pese a que sus críticas le hayan costado el ninguneo del lobby judío de los EEUU Se equivocó Oliver Laxe al desconfiar de El agente secreto, probablemente la mejor película de cuantas concurrían a esta 98 edición. El gallego supo reconocer el potencial del filme brasileño y mostró, a su manera, la sospecha de que Sirat se iría, por su culpa, de vacío. Acertó en lo segundo pero los académicos prefirieron premiar el recital post-Bergman de Valor sentimental de Joachim Trier, el realizador de La peor persona del mundo. En la animación, en un año extraño donde dos buenas películas europeas se habían colado, se impuso Las guerreras K-Pop, un producto juvenil que vuelve a recordar que Corea se ha convertido en el país preferido por la industria americana. Premio para Corea y premios para Netflix, la plataforma que paso a paso impone su amenaza para la independencia del cine, el nuevo monopolio del siglo XXI.
Preferida y favorita era Jessie Buckley por su personaje de esposa de Shakespeare en Hamnet. La también protagonista de La novia consiguió ser la primera actriz irlandesa en ganar un Oscar. Se había hecho ya con el Globo de Oro a mejor intérprete femenina en drama, el BAFTA y el premio del Sindicato de Actores de Hollywood (SAG); era pues un premio cantado en una edición algo triste, apocada, de gestos sin brillo. Y poco más que reseñar. En todo caso, se impuso la evidencia de que esa sed, que no puede ser saciada ante la pasividad del mundo por la muerte de miles de inocentes; en los días de Trump, ni mueve ni conmueve a Hollywood. Ayer decíamos que venía el miedo; hoy, el silencio impone su ley. Hay que salvar las piscinas arrasadas por el fuego del pasado verano.’
