Escrito a cuatro manos, Altas capacidades, como un reloj de pared, pendulea entre la crónica social a lo Víctor García León y el humor paródico de Borja Cobeaga. Entre ambos acunan un ir y venir al servicio de una comedia que enlaza con el universo de Rafael Azcona. Son palabras mayores porque eso representa, ahora que se cumple el centenario del autor de El pisito, acometer con un referente de lujo. Un buen modelo de origen que explicaría la buena acogida que ha recibido Altas capacidades en un panorama condenado a un ser o no ser entre Santiago y Pedro; entre Torrente presidente y Amarga Navidad. Si el cine español se redujera a elegir entre lo que representan Almodóvar y Segura, sería mejor cerrar la persiana. Por fortuna, las cosas han cambiado y estamos ante un tiempo interesante en el que Altas capacidades nos recuerda nuestra procedencia.
Altas capacidades
Dirección: Víctor García León
Guion: Borja Cobeaga y Víctor García León
Intérpretes: Marián Álvarez, Israel Elejalde, Juan Diego Botto, Natalia Reyes y Pilar Castro
País: España. 2026
Duración: 101 minutos.
Su argumento arranca de un problema educacional, de un fracaso emocional, de la radiografía sin bilis pero sin azúcares blancos, de la clase media española de la tercera década del siglo XXI. Altas capacidades retrata la incompetencia de un estado de la cuestión para afrontar el hecho de compartir la vida laboral con la crianza de un hijo; para conferir un sentido a la convivencia, a la familia, a las relaciones personales y al trabajo. Las señales de alarma que emite el hijo del matrimonio formado por Marian Álvarez e Israel Elejalde, dejan paso a una maniobra evasiva para evitar afrontar la verdadera raíz del conflicto. Aquella sociedad berlanguiana pícara y miserable explota aquí en una sociedad corrupta y superficial.
Las Altas capacidades que dan título a este filme no lo son, se fundamentan en las grandes incompetencias de sus protagonistas y en la obsesión de vivir de las apariencias, del simulacro y el artificio. Como en el cine de Ferrari, García León y Cobeaga bucean en la condición humana, en el patetismo de sus personajes. La cuestión no reside ya en la supervivencia sino en la autenticidad, en la coherencia, en el sentido común. Alicia y Gonzalo, los padres protagonistas del filme, ven la posibilidad de medrar socialmente cuando, en una huida hacia adelante, se les presenta la posibilidad de que su hijo acceda a un colegio de élite. La posibilidad de desclasamiento, la sed de ambición, son el motor para que García León dé un recital sobre la podredumbre moral de sus personajes, algo que en su nudo alcanza una excelencia que su desenlace empaña por culpa de las prisas.