Si no hubiera trabajado para un régimen genocida, Leni Riefenstahl habría sido, seguramente, una de las cineastas más relevantes del siglo XX. Inventó recursos técnicos y estéticos que todavía hoy se utilizan, caso del montaje rítmico, la diversidad de perspectivas, el uso de numerosas cámaras en movimiento y los encuadres contrapicados extremos, entre otros. Pero lo hizo para divinizar a Adolf Hitler, glorificar su ideología, que ella compartía, y ensalzar el físico ario.

Tenía talento, sin duda, pero ¿se puede separar lo estético de lo ético? Para tratar de responder a esta cuestión y mostrar cómo este tipo de estrategias siguen plenamente vigentes en el mundo contemporáneo de la imagen y las redes sociales, Nayra Sanz Fuentes, directora invitada este año por el Festival Punto de Vista para realizar un ensayo fílmico en Navarra, ha investigado profundamente a la cineasta alemana y al modo en que el nacionalsocialismo utilizó el cine para generar un imaginario y moldear identidades individuales y colectivas. En su análisis, la creadora acuña la noción 'cuerpo contenido' como clave para interpretar la simbología del III Reich: un cuerpo disciplinado y ajustado a los principios del régimen.

‘El cuerpo nazi. El cuerpo contenido (La estética del poder en el cine de Leni Riefenstahl)’, editado por Trotta, es fruto de 10 años de investigación. ¿De dónde surgió la idea?

–En los trabajos que he ido haciendo en estos últimos años, lo que me interesa es tratar de entender nuestra sociedad, nuestra herencia, nuestro legado. Podría decir que en ellos hay siempre una especie de tensión, pulsión entre cómo el ser humano se relaciona con la naturaleza o con la tecnología y, dependiendo de esta realidad, conforma un tipo de sociedad u otra. Yendo al libro, está claro que a todas las personas que nos interesan estos temas, la Segunda Guerra Mundial nos parece un momento muy impactante, sobre todo si piensas de dónde veníamos. Europa estaba inmersa en un fuerte proceso de civilización, con todo el periodo de la Ilustración, de las revoluciones sociales... Un proceso que cambió los paradigmas de cómo nos relacionábamos en sociedad, y, de repente, se volvió a la barbarie de una forma tan brutal como fue el nacionalsocialismo.

“Debemos alfabetizar en lo visual; el lenguaje audiovisual tiene su propia gramática y, si no la conocemos, somos vulnerables”

¿Y necesitaba indagar en cómo se llegó a ese retroceso civilizatorio?

–Sí, creo que este libro responde mucho a mis propias inquietudes. Mi trayectoria académica comenzó en la Historia por un deseo profundo de entender el mundo. Luego me pasé a la Filología Hispánica para acercarme a la creación, pero al no encontrar suficiente pensamiento crítico, cambié a Filosofía, donde realicé parte de mi doctorado. Y por esa necesidad de crear hice un máster en dirección de cine. Todo este recorrido se refleja en el libro, que planteo como una investigación transversal de estudios culturales donde convergen la historia, la política, la legalidad y, por supuesto, la estética.

¿Por eso eligió a Leni Riefenstahl?

–Con esta investigación, intento realizar un viaje a ese periodo aparentemente de solo 12 años del nacionalsocialismo para comprender cómo, lo visual lo representaba todo: desde la ideología hasta las leyes. Para ejemplificarlo, elegí a Leni Riefenstahl, la cineasta del régimen. Sin embargo, es importante aclarar que este no es un libro sobre ella, sino sobre el nacionalsocialismo; específicamente sobre el concepto del cuerpo en ese periodo y sobre cómo la política se manifestó a través de las artes.

Se manifestó y se manifiesta, ya que este planteamiento es totalmente pertinente también en el momento actual, con un bombardeo de imágenes brutal y en el que siguen imponiéndose determinados cánones estéticos y culturales. En ese sentido, ¿este ensayo puede servir también de advertencia?

–El régimen nazi desapareció aparentemente tras la Segunda Guerra Mundial, pero muchas de sus raíces permanecen. Solo han pasado 80 años y existe una latencia de realidades que asusta. Como señaló Michel Foucault, el cuerpo está inserto en la sociedad y atravesado por el poder. Al observar cómo cada comunidad entiende los cuerpos, detectamos las dinámicas de poder que la rigen. El cuerpo en el nacionalsocialismo estaba marcado por los conceptos de sangre, raza y el destino único del pueblo alemán. Hoy, en cambio, estamos regidos por el capital; no buscamos un fin nacional, sino un fin individualista que, paradójicamente, está esclavizado por el sistema capitalista.

Portada del libro de Nayra Sanz Fuentes. Trotta

Somos masas de consumidores.

–Efectivamente. Antes, el objetivo era salvaguardar una supuesta sangre pura, una idea mítica y casi pseudorreligiosa que generaba liturgias colectivas muy distintas a las de hoy. Sin embargo, lo que más me preocupa no es solo el cuerpo, sino la traslación de la propaganda. Hoy, ese concepto ha mutado en las fake news, que imponen formas de pensar simplistas que anulan el pensamiento crítico. Los nacionalsocialistas reivindicaban una idea de Gustave Le Bon: “Las masas piensan en imágenes, no en palabras”. Eso es increíblemente contemporáneo. Hemos pasado de la imagen en movimiento del cine a redes sociales como TikTok, donde el consumo es absurdo y la palabra casi desaparece. Se ha refinado una estrategia que ya se gestaba hace 80 años.

El populismo actual también usa la estética para llegar a las emociones antes que al pensamiento.

–Has resumido perfectamente el planteamiento de Joseph Goebbels. En mi libro recojo sus once preceptos de propaganda y es aterrador ver cómo se aplican hoy. Por ejemplo, “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” o “busca un enemigo único y concéntrate en él”. Antes eran los judíos; hoy, por ejemplo para Trump, son los inmigrantes. Como docente, me interesa educar a las nuevas generaciones en el lenguaje contemporáneo. No solo en la palabra, sino en la imagen en movimiento. Debemos alfabetizar visualmente, porque el lenguaje audiovisual tiene su propia gramática y, si no la conocemos, somos vulnerables.

Riefenstahl era muy consciente del poder de la imagen. Y si no hubiera trabajado para los nazis, hoy sería recordada como una gran cineasta.

–A nivel técnico fue una visionaria. En su primera película, La luz azul, al no tener recursos para iluminar escenas nocturnas, inventó filtros para rodar de día y que pareciera de noche (lo que después conoceríamos como noche americana). Inventó la glamurización de la imagen que hoy vemos en la televisión, en los deportes o en los conciertos. La primera cámara subacuática fue idea suya. Creó puntos de vista inusitados para representar el movimiento de las masas. Su influencia es total, aunque cueste admitirlo por su vínculo con el horror.

'La luz azul'.

'La luz azul'. Cedida

El eterno debate entre ética y estética. En su caso, parecen inseparables.

–No se pueden separar. Ella estuvo totalmente integrada en el régimen; incluso fue nombrada “directora para la gloria y el esplendor de la nación”. Tras la guerra, aunque fue absuelta en varios juicios por jueces que en un gran porcentaje habían pertenecido al sistema nazi, no pudo volver a filmar durante 40 años. Se le impidió trabajar, algo que me parece absolutamente legitimado. Como persona, me parece totalmente cuestionable.

En el libro formula la noción de ‘cuerpo contenido’. 

–El “cuerpo contenido” es, primero, un cuerpo racial, definido por la “sangre pura” y el “alma racial”. Se creía que la herencia germana otorgaba un físico determinado que el individuo debía cultivar. Pero lo fundamental era que el individuo debía ceder su conciencia y su cuerpo al Estado. La consigna era: “Tú no eres nada, tu pueblo lo es todo” o “Tu no tienes conciencia, tu conciencia es Adolf Hitler”. Llamé al concepto “contenido” por su doble acepción: por un lado, el cuerpo moldeado y fuerte como metáfora de combate; y por otro, un cuerpo como receptáculo de una ideología.

“Lo que están haciendo los sionistas con los palestinos es una de las situaciones más desconcertantes de nuestra era”

Ha mencionado el precepto de Goebbels en torno a la necesidad de crear un enemigo. En el caso de los nazis fueron los judíos, los gitanos, los homosexuales, los opositores, los diferentes... ¿Cómo se explica que hoy en día un estado judío como Israel haya generado un proceso de deshumanización contra otro pueblo como el palestino?

–Esta es una de las situaciones más desconcertantes de nuestra era: cómo es posible que un pueblo que fue perseguido por un grupo que también se consideraba el pueblo elegido por su sangre esté causando ahora ese horror. Hay que tener cuidado y diferenciar judíos de sionistas, pero, indudablemente, estamos viendo una repetición de patrones, y esto también nos enseña que La civilización no es connatural al ser humano.

¿En qué sentido?

–La civilización es una construcción frágil que debe ser protegida constantemente a través del pensamiento crítico. El nacionalsocialismo no surgió de la nada; fue la cristalización de tendencias del siglo XIX (antisemitismo, eugenesia, nacionalismo) que aprovecharon una crisis económica brutal para normalizar la violencia. Hoy vemos genocidios y toda una suerte de violaciones del derecho internacional, constituido en gran medida después de la Segunda Guerra Mundial, y apenas nos perturban. Hemos normalizado lo inaceptable; consumimos las noticias como si fueran ficción. No nos permean.