Un padre propone a su hijo de 12 años pasar una parte del verano en un hotel abandonado de Lisboa. Al hijo le gustan las películas de miedo y el escenario le recuerda al planteamiento de El resplandor (The Shining), de Stanley Kubrick, así que la idea le resulta apetecible. Pero, una vez allí, nada le asusta. En cambio, al padre, cineasta, el plan no le provoca ninguna emoción de entrada, más allá de gustarle la posibilidad de compartir tiempo y espacio con su hijo, sobre todo porque intuye que ya le queda poco de infancia. Sin embargo, en esa atmósfera de quietud, juegos, calor y días largos, afloran temores que le atormentan. El miedo a repetir patrones familiares, a no ejercer una buena paternidad, al futuro, a no terminar la película... A capturar espectros. “Toda imagen alberga fantasmas, eso es lo que me da miedo”, dice en un momento el padre, no Sergio Oksman, aunque en la vida real es Sergio Oksman, y Nuno, su hijo, es Nuno. Pero en la pantalla son personajes. La delgada frontera entre la ficción y la realidad y los cruces entre ambos territorios vuelven a ser el sello de identidad en la nueva película del cineasta brasileño afincado en Madrid.
Un viejo amigo de Punto de Vista que este sábado, 25 de abril, volverá a reencontrarse con un festival que cambió su forma de ver y de hacer cine. La sesión de clausura del festival de este año dará comienzo a las 20.00 horas en Baluarte.
Nos vamos reencontrando cada ciertos años aquí en Punto de Vista. Está de vuelta para clausurar la 20ª edición de un festival que conoce bien desde que apenas era una idea apuntada en un folio por Carlos Muguiro. ¿Cómo lo ve ahora con la perspectiva de los años?
–Es increíble ver que es un festival tan asentado, pero que sigue manteniendo el espíritu del principio. Sigue siendo un festival atrevido que permite que se vean películas arriesgadas. Me parece magnífico que esto se haya mantenido durante 20 años pasando por tantas manos distintas.
Estos días, hablando con distintos cineastas, me decían que el cine de no ficción se ha convertido en el refugio del pensamiento crítico y de la reflexión en los tiempos que corren. ¿Qué opina?
–Estoy totalmente de acuerdo. Es un espacio donde puedes experimentar porque la manera de acercarse a los temas es política; permite dar la vuelta a lo lineal y a lo teorizado que prevalece hoy en el audiovisual, sobre todo con las plataformas y las formas estandarizadas de contar historias. Trabajar con lo real ofrece más posibilidades de acercarse al mundo de maneras distintas, saliéndose de una mirada patronizada.
En 'Una película de miedo' no ha trabajado con Carlos Muguiro como lo ha venido haciendo en sus últimas películas.
–Cada película tiene su historia y un punto de partida.
Como acostumbra a mostrarnos, todo comienza con un plan que la realidad va desbaratando, de manera que la historia se reescribe al final. ¿Cómo fue construir esta historia después de vivirla?
–La idea inicial surgió porque mi hijo tenía 12 años y le interesaban las historias de miedo. Noté que estaba en una fase de intentar superar sus temores y me pareció bonito rodar ese momento en que un preadolescente exorciza sus miedos. Como en otros trabajos, vas abriendo puertas de manera desordenada sin saber muy bien hacia adónde vas.
En este caso, también las puertas de un hotel abandonado. Un escenario prometedor.
–Con el planteamiento que hemos comentado, surgió la idea de un viaje a Lisboa para grabar siguiendo las pistas de un asesino en serie de principios del siglo XIX (Diogo Alves), y nos alojamos en un hotel abandonado que recordaba al de El resplandor. Sin embargo, al llegar allí, a mi hijo no le daba miedo nada. Seguí rodando e improvisando situaciones, pero fue dos años después, en el montaje, cuando me di cuenta de que el niño de la pantalla ya no se parecía al adolescente que tenía delante. Comprendí que aquel material, que a priori iba a ser una ficción, era en realidad un documento: acabé capturando, quizás de manera involuntaria, los últimos momentos de la infancia de mi hijo.
Entonces, ¿hay una reescritura de la película posterior cuando las grabaciones le desvelan otros significados?
–Claro, el montaje es escribir con el material. Y yo tardo mucho y voy dando tumbos hasta que encuentro la forma. Lo curioso es que luego no soy capaz de rastrear cómo llegué a ese punto. La película parece contener una sensación de fragilidad, casi como si no pudiera existir. Hay un momento en que el conserje le pregunta a mi hijo si cree que su padre terminará la película, y él responde que no. Es una película sobre películas abandonadas y sobre el final de la infancia, donde el hijo ya no tiene miedo. Aunque es una escenificación y no son mis miedos reales, aunque sí están emparentados con ellos.
¿Al final, la película habla del miedo que todos tenemos al paso del tiempo?
–Totalmente. Me impresionó ver imágenes de dos años atrás y descubrir que ese niño ya no existía, igual que ya no existen mi abuelo o mi padre. Te das cuenta de que esas imágenes te van a sobrevivir y que, si las sabes leer bien, contienen algo del futuro incrustado. Eso es lo que verdaderamente asusta.
¿Nuno ha visto la película? ¿Qué le ha parecido?
–Aún no la ha visto entera. A él le encantó estar ahí y ayudar al equipo. Improvisa de maravilla. A veces yo le pedía que se centrara y él me decía que estaba actuando. Es mucho más natural que yo frente a la cámara. En la película todos estamos ‘haciendo de’: mi padre hace de abuelo, un amigo fotógrafo de conserje y una actriz conocida de Portugal, Ana Moreira, hace de archivista. Yo genero una situación para que ocurra algo y luego, al ver el material, descubro la historia.
El misterio de la habitación 103 es un recurso interesante.
–Todos tenemos una habitación 103. Cuando entré en esa estancia donde se conservaban los restos del último señor que vivió allí, me remitió directamente a mis fantasmas y miedos familiares. Decidí que esa sería la ‘habitación prohibida’ que suele tener toda película de miedo. Para mi hijo, todo era atrezzo, pero para mí significaba enfrentarme a mis fantasmas.
El cine captura momentos y personas que nunca volverán a ser iguales, que ya son fantasmas.
–Fíjate, por ejemplo, que mi hijo conoció a su abuelo a través de la película que hizo su padre. Y había muerto diez años atrás. Eso también da mucho miedo.
Atraviesan esta película los temas de la memoria, el legado y el temor del padre a repetir patrones.
–Ese es el verdadero miedo. Juego con la idea de la frenología para decir que mi hijo, como cuarta generación, ya no va a heredar mis taras ni mis fantasmas. Evidentemente es una construcción narrativa, él tendrá los suyos propios.
¿Hasta qué punto controla lo que quieres mostrar de esa relación padre-hijo?
–Todo y nada. Probablemente, yo imaginaba otro tipo de situaciones con mi hijo, y, de hecho, al principio pensaba rodar con una cámara pequeña para captar la gracia de cuando viajamos juntos, pero al final hubo un equipo grande y todo estuvo más controlado. Para trabajar este tipo de cine adopto una posición casi esquizofrénica: trato el material rodado como si fuera un archivo encontrado y hablo del “niño” y del “padre” en tercera persona para mantener la distancia necesaria.
¿Qué ha significado esta película para Sergio Oksman? ¿Qué ha aprendido en el proceso?
–He aprendido que no me compensa hacer procesos tan largos. Acabo de terminar otra película, un encargo, que hice en nueve días y estoy encantado. Aun así, nada es tiempo perdido; los tres años que tardé son la causa de que esta película haya llegado a buen puerto. Cada proyecto es un borrón y cuenta nueva; no uso fórmulas del anterior. Quizás ahora tengo más seguridad, porque hubo momentos en los que pensaba que sería imposible terminarla, y lo hice.
¿Sigue en de descubrir por qué cuenta historias?
–No tengo una fórmula. Parto de una imagen y voy creando rimas, a veces imposibles. Mis trabajos tienen que ver con la memoria y la construcción a partir de recuerdos o personajes reales, pero no sé por qué elijo una cosa u otra.
¿Seguirá tratando el tema de la familia?
–El tema sí, pero con mi familia, no.
¿Con ganas de volver a Pamplona?
–Muchas. Punto de Vista ha sido un lugar de descubrimiento para mí desde el principio, primero como espectador. Muchos cineastas de lo real nos encontramos allí gracias a su programación. Y es casi de justicia poética ver que ahora Miquel Martí Freixas, que creó el blog Blogs & Docs para hablar de Punto de Vista, es el director artístico. Toda la gente que ha dirigido el festival es magnífica.
Y lo bueno es que siguen saliendo nuevas generaciones de cineastas.
–Totalmente. Yo llevo el departamento documental de la ECAM y durante la semana de Punto de Vista no hay clases para que los alumnos vayan al festival. Creemos que es la mejor manera de empezar: relacionándose de cerca con otros cineastas e introduciéndose en el medio como compañeros de trabajo. Es el festival que mejor representa el cine que queremos fomentar.