En 2015, la dramaturga, actriz y cantante barcelonesa Bárbara Mestanza sufrió una agresión sexual por parte de un masajista. Entonces, la parálisis del shock y una mezcla de culpa y vergüenza le hicieron enterrar la experiencia en lo más profundo de su ser. O eso creía. El dolor y el malestar seguían ahí y emergieron de manera contundente cinco años después de aquella violencia. Primero fue una obra de teatro, estrenada en 2021 en el Teatro de la Abadía de Madrid; dos años más tarde, una novela, y en 2026, un documental.

En los tres casos, el título fue el mismo: Sucia. Así, como “el capricho de otra persona”, es como se sintió Mestanza durante mucho tiempo. Y el subtítulo, ¿Por qué no hiciste nada?, es algo que le han preguntado incluso quienes más deberían quererla, además de profesionales del ámbito policial y jurídico. Aunque, seguramente, lo peor es que ella se lo preguntaba a sí misma, como si hubiera podido hacer algo. Y lo hizo, cogió todo lo sufrido y se mantuvo con vida, aunque durante un tiempo fue muy difícil, y con mucho esfuerzo, desgaste emocional y económico, confrontó a su agresor y sanó.

La empatía que está recibiendo tras cada pase de la película, como la que le brindaron ayer las espectadoras que acudieron a la última jornada de la Muestra de Fundación IPES y Golem, la reconforta porque acompañar a otras mujeres, tantas, que han pasado o están pasando por lo mismo fue la chispa que prendió el proyecto y que lo mantiene activo.

‘Sucia’ es un documental en el que se abre por completo, lo que le da una verdad y una legitimidad difíciles de encontrar.

–No quería hacer algo frío y distante, como desde fuera de mi alma. Creo que estos temas se han tocado demasiadas veces desde ahí, casi como quien va a la selva y graba animales raros y exóticos. Para mí era muy importante que, ya que estábamos mostrando todo lo que no se muestra habitualmente después de un abuso, también la manera de contarlo fuera particular.

Pero empezaron a grabar sin saber que esto iba a acabar siendo un documental.

–Sí, empezamos a grabar para tener información e imágenes para la obra de teatro. Ahí es cuando nos dimos cuenta de que teníamos mucho material con información importante y útil, y de repente sentí que había que hacer el documental que a mí me hubiera venido bien ver cuando me pasó eso. Al final, el teatro tiene, por desgracia, un recorrido más corto, frente al cine, que ahora viaja a todo el mundo en un segundo, así que era importante poder tener ese dispositivo.

El subtítulo de la película, ‘¿Por qué no hiciste nada?’, es terrible, porque es absolutamente real. Se pregunta constantemente y se sigue preguntando.

–Y lo que me da más miedo no es tanto que nos lo pregunten, sino que nos lo preguntemos nosotras mismas. A veces pienso que si todo lo que nos decimos durante un día cualquiera saliera por unos altavoces incorporados al cuerpo, nos daríamos cuenta de que el maltrato al que nos sometemos diariamente es atroz. Lo jodido de todo esto es que el engranaje del patriarcado está dentro de nosotras; nos lo han metido como un caballo de Troya. Es la mejor guerra, aquella en la que la gente a la que quieres conquistar se autoconquista y se autodestruye.

"Hablan de izquierda radical. ¿Qué tiene de radical querer sobrevivir, tener derechos humanos, una vivienda, salud pública y que no nos violen?

En la obra de teatro se refiere a la misoginia que también nosotras llevamos dentro.

–Hacia las mujeres y entre nosotras. Reconozco que desde hace unos años, con la ola del MeToo, se empezó a hablar muchísimo de la sororidad, de las amigas y de las mujeres. Pero a mí nadie me ha enseñado cómo ser sorora, y me encuentro en muchas situaciones en las que me gustaría hablar de eso. 

Ha mencionado el ‘MeToo’, que arrancó con fuerza, pero que se ha desinflado. Aquí también tuvimos el caso de la manada, que desencadenó un movimiento muy interesante. Hay avances y retrocesos. 

–Sí, yo creo que ha habido ciertamente una evolución y que ahora nos relatamos a nosotras mismas, cosa que no hemos hecho a lo largo de la historia. Siempre han hablado por nosotras, nos han dibujado, pintado o escrito, y ahora empezamos a hablar en primera persona. Pero también hay un punto en el cual estamos hablando por primera vez sin haberlo hecho antes, y hemos dado una patada muy fuerte. El retorno de esa patada es como cuando le das un golpe fuerte a una puerta de cocina batiente: cuanto más fuerte le des, más fuerte va a volver a cerrarse. Y eso es lo que creo que nos está pasando ahora. Hay mucho miedo. 

¿Miedo?

–Claro. ¿Quién quiere soltar sus privilegios? No ganas nada material, ‘solo’ poder dormir tranquilo por las noches o tener una relación sana con las mujeres que tienes alrededor, que no es poco. Creo que estamos en un momento de pequeño retroceso, pero lo que sí hemos entendido ahora es que no vamos a dar un paso atrás y que no vamos a volver a las cocinas.

Muchos hombres se sienten amenazados y eso genera resistencia.

–Tienen miedo, pero creo que es una amenaza irreal; no puede ser que un hombre entienda que mi salud y mi supervivencia pasen por putearlo a él. Mi supervivencia consiste simplemente en que se aseguren mis derechos, y eso no pasa por perjudicar a nadie. No sé qué es lo que da tanto miedo perder. El patriarcado genera un tipo de feminidad, pero también un tipo de masculinidad, y el capitalismo nos disocia; ese hombre ideal y esa mujer ideal no existen, por lo tanto, eso a lo que se están aferrando tanto es humo.

¿Qué piensa cuando ve esas encuestas con datos de chavales que creen que el feminismo es una amenaza para ellos, para su futuro laboral, personal, etcétera? 

–Me parece que esos chicos jóvenes están siendo absolutamente manipulados. Hay una desinformación globalizada, desde la extrema derecha y desde el poder. Están intentando dar respuesta a una incomodidad que ellos sienten responsabilizándonos a nosotras. Curiosamente, los datos también reflejan que las mujeres jóvenes cada vez se van más hacia la izquierda y los hombres se están radicalizando hacia la derecha.

Desde ciertos ámbitos se empieza a hablar de izquierda radical. 

–¿Qué tiene de radical el querer sobrevivir, tener derechos humanos, una vivienda asegurada, salud pública y que no nos violen? ¿En qué te afecta a ti intentar que no me violen? ¿Te estoy quitando el derecho a hacer lo que quieras conmigo? En este sentido, me gustaría poner el foco en que nosotras hemos llegado adonde hemos llegado porque han tenido que morir muchas antes. Tenemos que ser muy conscientes de que la celebración de nuestros derechos está erigida sobre mucho dolor, heridas y muertes que siguen sucediendo.

Hay mujeres que, quizás, no han sufrido violencia física, como refleja en la película, pero que han estado dominadas por su marido, su padre... ¿Sacarlas a la luz es como darles un abrazo?

–Es que ellas han aguantado mucha violencia. Nosotras también, pero creo que ahora es un poco más fácil ser mujer; no porque no nos maten o no nos violen, sino porque al menos podemos hablar. Bueno, podemos hablar cinco minutos, porque luego llegan las denuncias por difamación, que son la nueva moda. Por ejemplo, tengo muy presente el caso de Amber Heard y todo lo que tuvo que sufrir; le destruyeron la vida.  Hay muchas mujeres que se sacrifican y me gustaría honrarlas.

El acompañamiento en su proceso ha sido fundamental, ¿la película también quiere ser un acompañamiento?

–Sin duda. Una noche me di cuenta de que llevaba cinco años sin gritar a los cuatro vientos lo que me había pasado, juzgándome y preguntándome por qué no había hecho nada. Pensé que, en ese mismo instante, en todo el mundo habría muchas mujeres sintiendo exactamente lo mismo. Sentir que esto no va de mí me abrumó. Pretenden hacernos creer que estamos aisladas y solas, pero somos una red. El día en que tomé conciencia de que había mujeres sufriendo lo mismo no pude dormir en toda la noche. Sentí que tenía que hacer algo.

Escena de la obra de teatro. DNN

En ‘Sucia’ muestra sus dudas, su rabia, su vulnerabilidad, su fuerza... No hay trampa ni cartón.

–Quería mostrar la realidad de una víctima imperfecta, o perfecta, porque a la víctima no tenemos que añadirle ningún adjetivo. Es importante darnos cuenta de que, detrás de cada mujer a la que llaman histérica, suele haber una situación de violencia, problemas económicos o traumas que lo explican. No puedes entender un todo sin ver todas las partes. Por eso era importante que en este documental salieran todas las facetas: las que te caen bien, las que no, las empoderadas y también las que resultan incómodas. Quería mostrarlo todo como un acto de amor hacia la realidad de una víctima, que se compone de muchas cosas a la vez.

“El día en que tomé conciencia de que había mujeres sufriendo lo mismo no pude dormir en toda la noche. Sentí que tenía que hacer algo”

¿Ha temido en algún momento que todo este proyecto le afecte a nivel profesional?

–Cien por cien, estoy muy preocupada por eso. Yo soy actriz, dirijo y escribo. Ya de por sí, que una actriz dirija y escriba es algo que a veces molesta o genera distancia. Te dicen ‘tú quédate con lo tuyo’. Y no, yo también soy actriz y puedo hacer muchas otras cosas. Existe el prejuicio de que una mujer que decide y sabe lo que quiere no puede trabajar en equipo o va a dinamitar un espacio de trabajo, cuando no tiene nada que ver. Que yo visibilice que me ha pasado esto no significa que no sea una persona funcional. Tengo miedo de que esto genere rechazo en mi faceta de actriz, pero creo que no podía no hacerlo; esta soy yo, y espero que no genere rechazo.

¿El arte la ha ayudado a sanar?

–Sí, no lo buscaba y me lo encontré por el camino, lo cual me hace sonreír por lo lista que es la vida. Reconfirmo la idea contraria a eso que nos dicen tanto de que nosotros no salvamos vidas porque no somos cirujanos. No es verdad. No trabajo en un hospital, pero a mí el arte me ha salvado la vida muchas veces.