Aimar Olaizola se retirará el día de su cumpleaños en Goizueta

El delantero ha anunciado que se vestirá de blanco por última vez el próximo 13 de noviembre

15.09.2021 | 11:33
Aimar Olaizola celebra un tanto en el Labrit.

Aimar Olaizola dejará la pelota profesional el próximo 13 de noviembre, el día de su 42º cumpleaños, en Goizueta. Así lo ha afirmado el delantero de Baiko en la rueda de prensa convocada este miércoles en el frontón Bizkaia de Bilbao.

"Ha llegado el momento de despedirme. He estado un montón de años jugando y nunca sabes cuándo es el momento exacto para dejarlo. Es un momento bonito. En breve cumplo 42 años y es un buen momento para tomar esta decisión. Jugaré mi último partido el 13 de noviembre. Es el día de mi cumpleaños. Lo jugaré en Goizueta. Era lo que quería", aseguró Aimar Olaizola, que agradeció a sus padres el esfuerzo realizado para que él se convirtiera en pelotari en su despedida de los frontones. Antes, este domingo, disputará la final del Torneo CaixaBank. Junto a Zabaleta se medirá a Elezkano II y Mariezkurrena II. "Quería dejarlo estando bien, a buen nivel", explicó Olaizola II, que más tarde participará en la feria de San Mateo antes de emprender el camino hacia el ocaso. 1.307 partidos, 14 txapelas y 26 finales después, Aimar lo deja.

El pelotari eterno se pone fin. Aimar Olaizola, nacido pelotari el 13 de noviembre de 1979, ha anunciado que jugará su último partido el 13 de noviembre después de más de dos décadas como una de las figuras imprescindibles de la historia de la pelota mano. El delantero de Goizueta debutó el 12 de abril de 1998 en el Jaian Jai de Lekunberri y finalizará su exitosa aventura, en la que ha acumulado cuatro txapelas del Manomanista, siete del Cuatro y Medio y tres del Parejas, además de la del Manomanista de Segunda, en su nido, Goizueta. A partir de ese día, Olaizola II emprenderá un nuevo viaje como técnico de Baiko, la empresa que siente como su hogar.

Con la despedida de Aimar Olaizola, -un buen amigo lo definió: "Aimar es nuestro Federer"-, llega el ocaso de la generación dorada de la pelota. El legado de Olaizola II es indiscutible. Pelotari majestuoso, es una figura institucional. Un tótem. No se pueden comprender las dos últimas décadas de la mano sin la impronta de Olaizola. Aimar fue un pelotari de oro, un manista que comprendió todos los poros, aristas y recovecos del juego. Leyó las corrientes del juego con sabiduría. No hubo secretos para él en el frontón. Siempre cómodo entre las paredes. Manista granítico, siempre fiable, minucioso, se fundía con las piedras de cada frontón que convirtió en el patio de juegos de su casa. Aimar podría haber jugado en zapatillas de casa si hubiera querido. Nadie entendió como él las entrañas de la disciplina que gobernó.

Era un ajedrecista desempeñándose como pelotari, un visionario capaz de saber qué ocurriría en el siguiente pelotazo. Aimar deconstruyó el juego mientras construía un imperio de victorias. Era un ganador nato. Analítico, ortodoxo, técnicamente exquisito, poseedor de un gancho cincelado por los dioses, arquitecto de los ángulos, resistente como un caballo, Olaizola II fue un competidor feroz, un Himalaya para sus rivales. En su juego calmado, aparentemente sencillo, acaso minimalista, residía la mordida de un depredador y la visión certera de un francotirador. Es tremendamente difícil jugar tan fácil. Nada le costaba. Siempre al servicio del juego. Hacía lo que requería la jugada, sin arabescos ni estridencias. Defendía sin necesidad de irse al suelo. Siempre bien colocado. Mandando desde el centro de la cancha.

Dotado de una inteligencia extraordinaria para dominar el escenario, el de Goizueta siempre supo qué hacer en el frontón, qué le convenía y con qué dañaba a su rival. Su capacidad mental le diferenció del resto. Gestionaba el pálpito de los partidos como ningún otro. Eso le convirtió en un manista temible. Su manejo del espacio, su gestión del ritmo, su mentalidad ganadora y su sobresaliente capacidad de concentración le convirtieron en un pelotari muchas veces inaccesible, prácticamente imbatible. Su palmarés, del que cuelgan cuatro txapelas del Manomanista, siete del Cuatro y Medio y tres del Parejas, le sitúa en el Olimpo de la pelota por derecho, pero no alcanzan para definir la dimensión de un manista superlativo.

A Olaizola II se le recuerda figura desde que comenzó. Apabulla su biografía deportiva, pero más aún su vena competitiva durante toda la campaña, lejos de los focos de los campeonatos. Aimar era sinónimo de victoria. Solo Juan Martínez de Irujo, su reverso, el pelotari volcánico, competitivo al paroxismo, ganador, imaginativo y revolucionario, una fuerza de la naturaleza desatada que alteró el biorritmo de la especialidad, un manista a dos tintas, de rompe y rasga, hizo tambalearse al mito. De su rivalidad, del choque de dos personalidades opuestas, de dos propuestas manistas tan alejadas pero tan adictivas, se alimentó durante años la especialidad, que creció exponencialmente al calor de una rivalidad magnífica entre dos estrellas que ampliaron el universo de la pelota. Ambos fueron el sostén y las luminarias del juego. Alrededor de ellos gravitaron otras figuras, pero ninguna dejó semejante huella en el imaginario colectivo. Trascendieron. Más que pelotaris se convirtieron en personalidades y en las efigies que dividían los ánimos en los frontones entre Aimaristas e Irujistas.

CAPACIDAD DE ADAPTACIÓN


La irrupción meteórica de Irujo dislocó a Olaizola II, aturdido ante el fenómeno que sacudía con rabia las convenciones de la especialidad. Entendió el delantero de Goizueta, un perfeccionista, que para continuar pujando por el reinado, estaba obligado a reiventarse. Aimar, un pelotari académico, que siempre amó el juego a bote hasta que trazaba ganchos superlativos con una zurda robotizada en la excelencia, reseteó. Reconoció su inferioridad y se afanó en mejorar para contrarrestar a Irujo y adaptarse a los nuevos aires que soplaban en los frontones. Se configuró a tiempo. Desplazó el juego a bote que le entusiasmaba respondiendo al canon de la maduración del tanto, y se lanzó a la aventura, la improvisación y el riesgo que conlleva el juego de aire. Aimar mantuvo su esencia, pero incorporó otro arsenal. Ese paso adelante enfatizó su estatus. Le mejoró. Fue de ese modo como pudo hacer frente y superar a Irujo en sus últimos duelos del Manomanista. Aimar conquistó cuatro coronas de la modalidad reina y alcanzó otras seis finales a todo el frontón.

El juego de Aimar encontró su mejor galería de arte para expresar su maestría dibujando el juego en el Cuatro y Medio. La jaula siempre fue su hogar. Allí donde el frontón mengua y se achica, donde se precisa pensar rápido porque todo ocurre más rápido y los espacios se reducen, Olaizola II disfrutó de su reinado. Implacable en su trono. Sumó siete txapelas y solo concedió una derrota en una final. Aimar levitaba en el acotado, donde condensaba lo mejor de su catálogo y donde desplegaba su manual de estilo. No tuvo rival el de Goizueta en el Cuatro y Medio. En el Parejas, donde no todo dependía de él, concretó tres txapelas, pero el de Goizueta, siempre regular, estuvo presente en nueve finales. Figura consagrada, Aimar tuvo que conceder muchas veces ventajas para acometer los campeonatos de parejas. Es una ley no escrita de la pelota. Se trata de equilibrar los duetos para hacer más atractiva la competición y no cargar con una figura delante y otra en la zaga.

Con todo y más allá de la púrpura de su estantería y el legado de su juego, Aimar consiguió sus mejores victorias cuando superó las dos únicas lesiones graves que padeció, una en el brazo y otra en la rodilla derecha. De ambas salió fortalecido para seguir construyendo un gran relato que le encumbró a la cima en una época donde se acumularon rivales extraordinarios, pocas veces juntos tantos manistas virtuosos. A los grandes campeones la altura se la conceden los adversarios. Hubo un tiempo de gigantes, en el que Aimar se topó con Irujo, su némesis, Barriola, Xala, Titín III, Bengoetxea VI, Beloki, Patxi Ruiz o Gonzalez, una pléyade de estrellas que pujaban con fiereza en el cielo de la pelota mano. En ese ecosistema sobresalió Aimar. Eso sirve para enmarcar su obra. El hombre que siempre estuvo ahí se despide. Apaga su estrella.

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