"Barça, campeón de Europa", este era el titular que a toda página ocupaba dos líneas en la portada de La Vanguardia en su edición del 21 de mayo de 1992. "Un soberbio gol de Koeman da al Barcelona el título más ansiado", matizaba el exhuberante título a cuerpo monumental. Semejante alarde en un periódico de información general y de línea pausada delataba la importancia del hecho. El 20 de mayo de 1992 no es un día cualquiera en las historias culés porque en aquella noche mágica, en un escenario colosal, el Barcelona logró su primera Copa de Europa. Hasta entonces, tres Copas de Ferias la posterior UEFA y tres Recopas lucían como principales trofeos en sus vitrinas. A las órdenes de Johan Cruyff, el Dream Team, el impulsor del orden actual del Barcelona, del estilo de juego que ha entronizado a Pep y los suyos ahora, consiguió su mayor logro.

Sólo en partidos de gran dificultad Cruyff colocaba un cuarto defensa, solía ser Nando, como ocurrió aquel día en la final de Wembley. El holandés optó aquel día por un equipo sólido atrás Ferrer, Nando, Koeman, Juan Carlos, pero sin concesiones adelante Stoichkov, Julio Salinas y Laudrup. Amor, titular indiscutible, se perdió la final por sanción y Beguiristain vio el partido desde el banquillo al igual que el pamplonés Jon Andoni Goikoetxea, dos jugadores que eran habituales en las alineaciones.

Fue un partido como mandan los cánones de una final continental, con emoción, tensión y, para rematar las sensaciones, con una prórroga que midió la resistencia de los nervios más templados. Dominio azulgrana y peligrosas contras de la Samp que, como equipo italiano que se precie se estructuraba a partir de una buena defensa, con un sensacional portero Pagliuca y molestaba con un trío atacante muy veloz formado por Lombardo, Roberto Mancini actual entrenador del Manchester City y Gianluca Vialli. El elástico centrocampista brasileño Toninho Cerezo dirigía el cotarro.

En aquel equipo campeón, bajo el dominio del juego desde la zona de atrás del rocoso Ronald Koeman, el mando en el centro del campo correspondió a prometedor Guardiola. Un futbolista fino con una intervención en la faena del encuentro realmente apreciable tocó 80 balones y 70 de ellos fueron jugados correctamente, dicen las estadísticas de entonces.

Fue un partido larguísimo, eterno en el que, metido a la prórroga, no se veía ninguna solución. Hasta que en un lanzamiento de falta, a muy poco de final de todos los minutos de juego, Koeman encontró un hueco entre la barrera y marcó un golazo. Un tiempo nuevo empezó.