Que el Erasmus te cambia la vida es una de esas certezas que muchos estudiantes lanzan a sus compañeros para animarlos a que vivan esta experiencia. Y a pesar de que pueda sonar como un cliché o una frase hecha, lo cierto es que una vez regresan a sus casas no son los mismos que cuando viajaron a sus respectivos destinos europeos. Por eso, muchos aseguran sentirse “más maduros” o, incluso, “más adultos” porque empiezan a darse cuenta de las labores ordinarias –lavar la ropa, hacerse la comida, hacer la colada, programar los viajes...– que solían en casa suelen hacer sus padres también quitan tiempo al estudio, a estar un ratico más con los amigos o un poco de sueño. Pero la vida va de aprender a ser mayor. Y, desde luego, eso es algo que se consigue a través del Erasmus.
Uno de los destinos más habituales –y, de igual manera, populares– es la bella Italia. En concreto, su capital, que año tras año atrae millones de turistas y de estudiantes. Este es el caso de Beatriz Alenza, pamplonesa de 22 años y estudiante de 5º de Medicina de la UPNA que disfrutó durante el primer cuatrimestre de este curso en la ciudad eterna. Llegó el 4 de septiembre, pero el curso no comenzaba hasta el 6 de octubre, por lo que realizó un intensivo de italiano en la Universidad Sapienza de Roma a la vez que visitó tanto la costa amalfitana como Milán. “Después, empezamos las clases, que eran diferentes a como las hacemos en Navarra. Me pareció muy curioso porque la gente solía llegar tarde al aula y no parecía que le importara a nadie. De hecho, los profesores podían llegar hasta una hora tarde y nadie se sentía molesto, así que yo empecé a llegar también tarde porque no quería despertarme a las seis de la mañana para nada”, se ríe. Asimismo, también destaca que todos los exámenes eran orales, lo cual le perjudicó por los nervios, pero “los profesores ya tienen en mente que eres Erasmus”. Y más allá de eso, reconoce que esta vivencia en Roma ha sido “la experiencia de mi vida”. La gente es a veces reacia a irse de Erasmus porque pierden contenido, pero es algo que de una forma u otra tendrán que volver a estudiar de cara al MIR, así que yo animaría a todo el mundo a salir de su zona de confort y conocer mundo, concluye.
Un curso fuera de casa
En el caso de Iván García, alumno de 4º curso de ADE, lleva desde septiembre en Maribor, la segunda ciudad más grande de Eslovenia, aunque en cuanto a número de habitantes y forma de vida “se parece mucho a Pamplona. Me parecía muy familiar. Además tiene muy buena conexión para viajar en menos de cinco o seis horas a lugares como Budapest o Viena”, expresa. A diferencia de Bea, él no tuvo que realizar un curso intensivo del idioma, ya que, pese a que la lengua oficial es el esloveno, “te entienden y te atienden perfectamente en inglés”. En cuanto a las actividades que está realizando, como no es “un Erasmus al uso” porque lo que él buscaba era un estilo de vida tranquilo, pero que a la vez le permitiera viajar –hace no mucho fue hasta Polonia para visitar a otro compañero–, suele ir a las clases –más dinámicas, con proyectos prácticos– y hacer las cosas ordinarias que antes no hacía en casa. “Creo que he dado un cambio a nivel de personalidad. Sales de casa y convives en una que no es la tuya y te alejas de lo cotidiano de tu día a día porque antes solo te centrabas en estudiar y ahora te toca todo de golpe”.
Por su parte, Silvia González, alumna de 3º de ADE y Economía Internacional, estará hasta finales de julio en Bruselas, otra de las ciudades más típicas de estancia de Erasmus. En su caso, no sabía muy bien qué destino escoger, pero el hermano de su amiga Maialen les contó su experiencia, les encantó y solicitaron ambas este destino. “Tuvimos la suerte de que nos cogieron a las dos. Es una experiencia con muchas cosas buenas porque sales de casa, las clases son semipresenciales y las puedes ver cuando quieras, pero también creo que tiene cosas malas, como el sistema de recogida basuras, que las cogen de la puerta de cada casa y a veces da la impresión de suciedad”, cuenta. Con todo, otra de las cosas que destaca es la diversidad cultural que se puede encontrar en la ciudad. “Es algo que te ayuda mucho a abrirte. Al principio de la carrera, dudé en si debía irme o no de Erasmus, pero aquí, en un lugar que no es tu casa, aprendes a desenvolverte con la gente y contigo misma”, asegura.
De esta forma, lo que queda más que claro es que, después del Erasmus, la gente vuelve más madura y con mucho que contar.