Entre la nostalgia de los noventa y la intensidad del presente, Pedro Mairal explora en Los nuevos ese territorio incierto donde ya no se es adolescente, pero tampoco adulto aún. El escritor reflexiona sobre la creación de una novela escrita desde la herida familiar.

'Los nuevos' es la última novela de Pedro Mairal. Oskar González

La idea de Los nuevos sugiere pertenencia, reconocimiento desde fuera, la identificación de un grupo que ya no es adolescente, pero tampoco adulto. ¿Cómo definió ese punto medio en el que habitan Thiago, Bruno y Pilar?

No escribo mucho desde un tema, no dije: “Voy a escribir sobre esta etapa de la vida”. Apareció primero la voz de Thiago, un chico de 19 años que está en carne viva, porque su madre murió hace poco y lo llevan a una especie de felicidad obligatoria. Él está muy enojado y escribe desde el lugar de alguien que no quiere contar qué pasó. La historia se me instaló en esa edad, no es que yo haya elegido como tema la adolescencia. Siempre escribo con mucho plan, aunque lo rompa; pero esta la escribí de forma muy orgánica, sin plan.

Las relaciones familiares son clave. Hay personajes que tantean qué decisión les pertenece, ¿reflexionó mientras escribía sobre sus propios mandatos? Tanto los que le fueron dados como los que decidió aceptar o rechazar…

Sí, claro, buceé en mi etapa de esa época que sucedió hace mucho tiempo, en los 90. Fue una etapa para mí difícil, porque hasta que descubrí que eso podía ser una vocación, me llevó mucho tiempo. Fracasé en varias cosas -la carrera de Medicina, por ejemplo- hasta que descubrí que esto podía ser una forma de vida. No existía la figura del artista en mi casa, entonces me tuve que inventar a mí mismo, encontrar mi camino a través de mandatos familiares..., esquivando expectativas. Y creo que la novela trata sobre eso, cuando salís de tu familia biológica y empezás a armar otras familias con amigos y gente afín. Es otro momento, otra intemperie.

¿Cambiaría algo si la novela estuviera ambientada unos años antes o unos años después?

Bueno, no hubiera aparecido la final del Mundial de Catar. Creo que eso fue lo que me llevó para esta época, si no podría haberlo hecho aún más anacrónico. No quise hacer un estudio etnográfico de los jóvenes de 19 años de hoy en día, porque no me hubiera salido. No es un ensayo, busqué más algunos aspectos constantes de esa etapa de la vida en distintas épocas. Pero es una buena pregunta: “¿Qué hubiera pasado si armaba la historia en los noventa?”. Probablemente, tampoco me hubiera salido muy etnográfico, porque ya no sé cómo era la vida completamente analógica. No recuerdo qué hacía todo el día, vos ya sos nativa digital, pero: “¿Qué hacíamos las personas cuando no estábamos con el móvil o no teníamos internet?”. Creo que veíamos mucha televisión, leíamos, escuchábamos música en la radio... Tengo la sensación de que estábamos así sentados durante 24 horas. Es un poco aterrador, cambió mucho la experiencia humana moderna. Es bastante extraño.

La noción de inexistencia que define a su proceso creativo sugiere algo que está pendiente de hacerse, pero que se niega también a definirse. ¿Es esta novela algo que le faltaba y que necesitaba escribir para completarse a sí mismo?

Uy, qué bueno eso. Lo que me acabas de decir es como medio año de terapia (risas). Me haces pensar mucho qué es lo que vine a completar de mí con este libro... Por un lado, mi relación como padre. Me siento por momentos como los padres en la novela, que les cuesta mucho comunicarse con los hijos. Todo el tiempo está interpuesta ahí la distancia entre generaciones y, aunque hablas con ellos cara a cara, te separan 25 o 30 años. Creo que este libro viene a reparar un poco esa distancia. Estoy poniendo de manifiesto la dificultad que representó para mí esa época de la vida, cuán al borde estuve de muchas cosas... Hay algo con la salud mental en el libro, y quizá hay algo también de reparación o de exorcizar un miedo. Miedo a perder la cordura, puede ser que sea eso.

Hay canciones de la novela que usted ha creado con músicos en la realidad. ¿Qué cree que le aporta al lector que usted rompa esa cuarta pared tan directamente?

Me parece que ese bonus track con el código QR, esa grabación de ensayo, sí rompe la cuarta pared y provoca una extrañeza. Es como meterse a espiar dentro de algo de pronto. Fabricamos el audio, lo hice con Nacho Algorta y con Miranda Díaz, dos músicos uruguayos. Interviene incluso mi hija, simulando a una especie de perro caniche que ladra al final y arruina la toma. Es un audio fabricado que crea la ilusión de que uno espía el ensayo de sus amigos.

Por último, ¿cómo quiere que la novela converse con su generación y con las que vienen?

Eso me hace pensar directamente en mi rol de padre. Hacia el final, Pilar ve un cuadro de Adán y Eva y se siente muy reflejada en esos dos. Siente que por un lado les quiere advertir: “No entren a este mundo”. Pero por otro lado también se da cuenta de que tienen que entrar, que los nuevos son la fuerza de lo que empieza, de la renovación. A las generaciones más viejas les diría que es un delicadísimo equilibro entre cuidar y dejar ser. A los nuevos no sé que les diría, me intriga mucho cómo me lee alguien de 19 años. Espero que la novela también les hable a ellos. Me intriga mucho eso que me preguntás, yo también me lo pregunto.