Elma Correa, escritora: “El verano termina donde acaba la inocencia”
La escritora irrumpe en el panorama editorial gracias a ‘Donde termina el verano’, una novela que explora los vínculos de la amistad femenina en una frontera marcada por la desigualdad, la violencia contra mujeres e infancias y la lucha por sobrevivir sin renunciar a la esperanza
Organizó un festival literario en la orilla de su país. Así define Elma Correa (Baja California, 1980) a Mexicali, su ciudad natal, donde aún reside. No lo hizo por puro altruismo: quería formar parte del ecosistema creativo, pero no tenía los medios para trasladarse a los grandes centros culturales de Guadalajara o Ciudad de México. La iniciativa funcionó: logró situar en el mapa esa ciudad fronteriza, a un paso del sueño americano por el que muchos pierden la vida. Ese es también el escenario de su última novela, Donde termina el verano (Seix Barral, 2026), con la que se ha alzado como ganadora del Premio de Literatura Breve.
Escribe sobre una inocencia interrumpida por la violencia estructural. Dígame, ¿es ahí, en ese quiebre, donde termina el verano?
Sí. El verano termina donde acaba la inocencia y donde las opresiones, las violencias y las tensiones buscan hacer daño a todos los que no son un hombre blanco heterosexual; a las mujeres, a las infancias, a las disidencias, a los migrantes… Pero también creo que el verano, de alguna manera, busca continuar y mantenerse, porque hay una resistencia. Siempre regresa.
La violencia que atraviesa sobre todo a niñas y mujeres es un tema central en su obra. ¿Cómo observa hoy esa situación en México? ¿Qué ha cambiado y qué sigue enquistado?
Es un país bien complejo, un lugar en el que suceden cosas muy tremendas. Es un lugar de muchos contrastes. A mí me gustaría creer que vamos hacia delante y vamos a mejorar, pero realmente no lo sé. Uno lee las noticias y se escandaliza. Dan muchas ganas de llorar todo el tiempo o de enojarse, o de salir a quemarlo todo.
"El feminismo es una de las mejores cosas que le ha pasado al mundo"
¿Hay alternativa?
Es como una especie de trabajo hormiga que hay que hacer todo el tiempo. Por ejemplo, no nacemos deconstruidos y hay que estar siempre luchando contra el propio prejuicio. Entonces, si en el interior seguimos teniendo ciertas ideas, ¿cómo exigimos que afuera no las tengan?
En los últimos años, el movimiento feminista ha cogido fuerza y visibilidad. ¿Hasta qué punto cree que ha logrado transformar esa realidad? ¿Y cómo dialoga su novela con ese impulso colectivo?
El feminismo es una de las mejores cosas que le ha pasado al mundo. Busca un ideal hermoso: la igualdad. Pero no es una novela panfletaria, no está buscando nada a nadie ni decirle qué pensar, qué hacer o cómo vivir.
Para usted, ¿qué representan sus dos protagonistas, Elisa y Aimé?
Son dos personajes a través de los cuales pude explorar la amistad femenina, las complejidades de la relación entre las mujeres, el modo en el que somos capaces de sostenernos -o no- frente a un mundo que nos es tan hostil. Y claro que lo vamos a sobrevivir solas, pero entonces, ¿de qué somos capaces? ¿Somos capaces de estar ahí para nosotras o no?
Ambas crecen en una comunidad fronteriza, marcada por la pobreza. ¿Cómo condiciona esa pobreza sus vidas y su manera de enfrentarse al mundo? En este sentido, ¿qué era lo que más le interesaba explorar en ellas?
Me interesaba la frontera, Mexicali y el barrio específico donde suceden las cosas. Me interesaba como escenario. Yo quería que ese lugar fuera una especie de personaje más y para poder mostrarlo necesitaba mostrar también a sus habitantes. A su vez, para mostrarlos a ellos, necesitaba lograr una oralidad, algo coral. Eso me llevó a complejizar y encontrar ciertos personajes secundarios, que han obtenido relevancia en la historia.
¿Adónde le lleva esto?
A decir que Elisa y Aimé están en ese sitio particular porque es el único sitio en el que puede ocurrir esta historia. En este lugar se produce una confluencia específica de personas que llegan a esa frontera tan peculiar.
Coordina en Mexicali el encuentro Tiempo de Escritura y gestiona @habitaciones_propias, una comunidad virtual donde mujeres comparten los espacios donde crean. ¿Desde dónde crea usted y de qué manera influye el territorio en su producción literaria?
México es un país muy centralizado. Todo sucede en Ciudad de México o en Guadalajara, que es un centro cultural muy importante. Yo vivo en la orilla de ese país. Allá donde se acaba. Es muy, muy difícil acceder a todo lo que ocurre allí.
¿Y vive en ese margen como apuesta por revitalizar culturalmente esa orilla? ¿Hay algo de eso?
Sí y no. Yo no soy blanca ni tengo privilegios de clase. Entonces, yo no puedo irme de mi pueblo porque no tengo los medios para irme. En México, la gente que quiere hacer arte o las cosas padre de la vida se va a los grandes centros si tienen dinero. Quienes no lo tenemos, nos quedamos en nuestras periferias. Y creamos desde ahí. Yo no podía irme, pero tenía muchas ganas de participar en el medio literario de mi país y me volví gestora por necesidad.
Gestora por necesidad…
Yo no puedo ir a las instituciones a pedir dinero para irme, pero sí para traer autores. Yo me inventé un festival para el bien de la comunidad, pero, en el fondo de mi corazón, yo quería saber qué hacían mis pares en mi país. No era solo por mi buen corazón, pero al final resultó bueno para todos.
¿Qué espera sacudir en los lectores con ‘Donde termina el verano’?
Espero que los lectores disfruten de la lectura. Eso es lo que quiere un escritor.
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