Lotería de Navidad, historia de una ilusión navideña

El Sorteo de Navidad es, sin duda, la manifestación más señalada para que los supersticiosos pongan a prueba sus habilidades. Si bien para unos el "¡Si ya lo decía yo!" es la frase preferida, otros se contentan con el característico: "¡Mientras haya salud!". Son los riesgos del juego más importante del mundo, y como tal, cargado de historia

15.12.2021 | 12:36
Una administración de lotería.

Una clienta le dice al lotero: "¡No, no me dé ese número que acaba en 13! Prefiero ese otro en 21". Otra se jacta en la misma fila de haber encargado toda una serie a una administración de Canarias, dado que este año el Gordo va a caer en las Islas Afortunadas por aquello del volcán. La vendedora, con cara de póker, sirve un número que cumple con las condiciones exigidas, cobra y espera la siguiente petición. Tiene los oídos curtidos tras los miles de comentarios de este tipo que ha escuchado en su dilatada vida de lotera.

Al juego de la lotería le corresponde el puesto número uno en el mundo de las supersticiones. Los días anteriores a la Navidad son los más aptos para captar los más curiosos fetichismos que imaginar se pueda en torno a la numerología. A la mayor parte de los compradores le importa poco si el número es bonito o feo. Hay quien deja la elección en manos del lotero, quien pide una determinada terminación y quien echa mano de una fecha para su cábala. El número 13, por ejemplo, encabeza esa lista de creencias fatídicas, pero no está solo cuando se habla de lotería.

"Aunque parezca mentira, aún hay clientes que entran en mi establecimiento a comprar y lo hacen pisando primero con el pie izquierdo porque dicen que eso trae buena suerte. Creo que la superstición es hija de la ignorancia, pero yo estoy aquí para vender. Lo de pasar el décimo por una joroba estuvo a punto de convertirse en drama cuando una señora se lo hizo a un contrahecho mientras le estaba atendiendo en la ventanilla", dice mi lotero. Ahora, al parecer, se lleva frotar el billete en el lomo de un gato negro. Realmente puede resultar menos peligroso, salvo que el minino acabe harto y la líe a zarpazos.

Este año la isla de La Palma, y en general Canarias, están manteniendo una gran competencia con la localidad leridana de Sort en cuanto a venta de lotería, en la creencia de que allí donde se ceba la desgracia, el destino reserva una compensación. El pueblo de la suerte ha acusado la circunstancia.

Son días de loterías y de ilusión. Llegará la fecha del sorteo y todos aguantaremos la monótona matraca de los números y los premios. Unos recogerán fruto y otros repetiremos la cantinela de siempre: "¡Mientras haya salud!". Y tan felices, porque a la Lotería de Navidad le sigue la del Niño€ y la vida.

Cosa de césares

Fueron los emperadores romanos quienes inventaron la lotería para hacer más amenas y divertidas sus bacanales. Los asistentes recibían gratuitamente números para la rifa de unos premios que podían llegar a puestos en la corte. Fueron muy codiciados los lotes que preparaba Nerón, si bien los más extravagantes eran los de Heliogábalo. La extracción de los números afortunados la realizaban los propios césares. Cuesta imaginar a Nerón cantando un número y a Popea gritando a continuación: "Le ha correspondido una tetera armenia firmada por el emperador".

No es de extrañar que el juego dejara de practicarse en el siglo III de nuestra Era porque las trampas acabaron con él. Volvió a ponerse en vigor en la Venecia del Renacimiento, pero no como divertimento, sino como negocio, ya que se cobraban los números de la rifa, lo que proporcionó enormes beneficios a la ciudad de los canales. Génova fue otra de las capitales que se benefició del sistema para lograr no solo dinero fácil, sino también honores e importantes cargos. La corrupción había conseguido infiltrarse.

En la época de Carlos V, y gracias a los beneficios de un sorteo, se pudo reconstruir la iglesia de San Pedro en un pueblo de Flandes, porque nadie se atrevía a subir unos impuestos que hacía tiempo ya asfixiaban a la población. A mediados del siglo XVI los banqueros italianos concedieron a los franceses el monopolio de la lotería a cambio de un porcentaje anual.

Más tarde fue Reino Unido el país que probó la introducción de la lotería sorteando 30.000 libras esterlinas, pero la sociedad más puritana puso el grito en el cielo hasta conseguir la prohibición del juego. No ocurrió lo mismo en los Países Bajos, gracias a la promoción internacional que hicieron los judíos que lo controlaban. Lograron casi tanta popularidad con sus sorteos como la que tenía Hamburgo, situada en cabeza de Europa.

Esquilache y la primitiva

A mediados del siglo XVIII, la España rural vivió una de sus peores épocas de hambruna como consecuencia de las malas cosechas. El rey Carlos III escuchaba día tras día que las arcas reales se resentían. Se lo decía su ministro de Hacienda, el siciliano Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, un hombre que, a pesar de que introdujo beneficiosas reformas, era odiado por el pueblo tanto por ser extranjero como por sus medidas, muchas veces contrarias a los usos y costumbres del país, y por las ostentaciones de lujo de su esposa.

Aún no se le había amotinado el personal cuando Esquilache puso en práctica un sistema muy parecido al de la actual Lotería Primitiva, a la que se denominó Beneficiata porque la recaudación se destinó a la beneficencia, principalmente hospitales y asilos. La lotería se estableció por Real Decreto el 30 de setiembre de 1763, decidiéndose que los sorteos se llevaran a cabo en la Sala del Gobierno del Consejo de Hacienda con la presencia de varios ministros que garantizaran la legalidad de los mismos.

Aquella lotería consistía en acertar cinco números que extraía un niño vestido a la usanza italiana para la ocasión. El primer sorteo tuvo lugar el 10 de diciembre de aquel mismo año y su ámbito era exclusivo para Madrid, aunque dado el éxito se extendió de inmediato a todo el país. La mano inocente de aquel primer sorteo correspondió a Diego López, de siete años y alumno del Colegio de San Ildefonso. Los números que hicieron la primera combinación fueron 18-34-51-80-81.

Se escogió a un niño de ese colegio porque estaba en la plaza de San Ildefonso, junto a las oficinas del Consejo de Hacienda. Era un centro docente creado, según algunos historiadores, en el siglo XVI para acoger a niños desamparados y pobres de solemnidad. A partir de aquel año se siguió con la tradición de localizar manos inocentes en el mismo lugar.

Se dice que esta institución, a cuenta de la lotería, recibió tantas donaciones que se convirtió en propietaria de una de las fortunas más importantes del país. Un ejemplo: el Colegio de San Ildefonso prestó dinero al mismísimo Felipe V, rey de España, para pagar los gastos de su boda con Isabel de Farnesio.

El centro, hoy dependiente del Ayuntamiento de Madrid, sigue con la tradición, una tradición que en 1984 introdujo como variación la necesaria inclusión de niñas a la hora de cantar los números premiados. Algo que no ha cambiado es el rito que se sigue momentos antes del sorteo: quienes intervienen el 22 de diciembre se levantan a las seis de la mañana, se lavan, se visten y se ponen encima el pijama otra vez para desayunar y no mancharse. Desde hace cientos de años, el desayuno es el mismo: un huevo frito, patatas y una taza caliente. Una vez terminado se quitan el pijama, que a veces ya luce algún lamparón por efecto de los nervios, e impecables en su vestimenta, los niños toman el autobús que les lleva al salón del sorteo.

Nacen los bombos

El sistema de bombos, con bolas de números del 0 al 9 en cada uno de ellos, destinados a las unidades, decenas, centenas, etc., se utilizó por primera vez el 20 de enero de 1888. Las participaciones datan de 1927, fecha en la que se autorizó la venta ambulante de números, encargándose las entidades benéficas a partir de 1935. La Guerra Civil no pudo con la Lotería Nacional, de forma que hubo sorteos en Madrid, Valencia y Barcelona para la zona republicana, mientras que Burgos repartió suerte para la franquista. Quiere esto decir que durante el conflicto bélico hubo dos números premiados, según fuera la zona de la rifa.

El gran auge de nuestra lotería tuvo lugar a partir de 1939, cuando la angustia de la miseria más absoluta encontraba en la ilusión millonaria toda una razón para vivir. El Estado encontró en ella el vehículo más directo y rápido para llenar sus arcas.

Con el paso del tiempo se han ido reformando los sistemas con el añadido de nuevas series en los sorteos. En estos momentos, el sorteo de nuestra Lotería de Navidad es el más grande del mundo. No hay otro en ningún país que reparta tanto dinero ni tantos premios. Toma tal dimensión que se reforman los sistemas añadiendo nuevas series en los sorteos. Nada tiene de extraño, por tanto, que en 1946 el Estado recaudara mil millones de pesetas. El sorteo de Navidad batió todos los récords establecidos hasta entonces vendiéndose todas las emisiones en 400 millones de pesetas. 

Curiosidades

* El primer sorteo de Navidad tuvo lugar el 24 de diciembre de 1818.
* El Gordo de Navidad ha caído dos veces en el mismo número, el 15.640, premiado en 1956 y 1978.
* El sorteo del Niño se creó en 1941, tal vez como elemento de consuelo para quienes no habían sido agraciados con el Gordo de Navidad.

Don Faustino y Doña Manolita

En el Archivo de Simancas se guarda el curioso documento que le escribió Faustino de Muscat y Guzmán, profesor de Matemáticas, al marqués de Esquilache, en el que le comunicaba haber creado un sistema infalible para salir siempre premiado y a bajo costo. A cambio de no poner en práctica la fórmula, perjudicando de esta manera al Reino, el inventor pedía al Estado una pensión vitalicia. "Piense también que si el público ve que siempre la misma persona obtiene todos los premios se desprestigiaría totalmente la organización estatal", advertía. Esquilache no le hizo caso y del listillo nunca más se supo, por lo que su sistema no debió de ser muy efectivo.
 
Y más nombres. "Si vas a Madrid acércate a la administración de Doña Manolita y cómprame un décimo". Desde hace muchos años éste es el recado de obligado cumplimiento que se encarga a cualquiera que por la razón que sea se acerque a Madrid. La popular administración número 67 de la calle del Carmen 22 muestra estos días unas colas que se pierden entre calles. ¿Aseguran aquí algún premio? No, simplemente tienen muchos números. Pero la tradición es así y se puede soportar la espera gracias a los caramelos de La Pajarita, otro de los inevitables encargos.
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