COMO si fuera el tuneado DeLorean de Doc, el balón cruzó El Sadar trazando una gruesa línea en el tiempo. El pequeño pie de Jose García, 16 años, golpeó la pelota después de esquivar con su macizo cuerpo la acometida del defensor, que quedó varado en el limbo; el esférico tomó altura mientras los aficionados se ponían en pie porque aquello había que verlo y cantarlo; la pelota tomó dirección, los ojos abiertos como focos, los puños apretados como martillos... Y aparecieron los brazos de Esteban, 38 años, que ya había debutado en Primera división con el Oviedo antes de que el chico naciera. No era ciencia ficción, era un momento mágico, pero como sucedió durante toda la noche faltó enmarcarlo con un gol. El alevín de la categoría, el talento más joven recién llegado a la Primera División, reclamaba su sitio con argumentos de gran futbolista, mientras que el más veterano de todos (unos meses más que Patxi Puñal, que tampoco faltó al acontecimiento) defendía el puesto peleado durante años de trabajo, de muchas horas de suplencia, de ir y venir de equipos persiguiendo una titularidad siempre discutida. El fútbol, aunque en ocasiones parezca lo contrario, está en permanente movimiento, vivo. Los que llevan en él toda la vida saben que la exigencia es permanente, y los que llegan traen bajo la lengüeta de sus botas la expectación, la fascinación de las caras nuevas, el anuncio del cambio. Pero en el día más esperado por la afición rojilla en los últimos tiempos, Osasuna volvió a sacar del baúl sus viejos fantasmas. Esta era una fecha para ilusionarse, para contrastar que están pasando cosas buenas; pero volvieron los errores contra los que combate el entrenador: los de sucumbir ante un rival metido atrás porque, a pesar de dominar la pelota, siempre se tomaba la decisión menos adecuada, ya fuera un disparo de Roberto Torres a la nada, un centro de Bertrán al cuerpo del rival, o un pase de Loe a donde habita el olvido. Y asomaron también los deslices que son propiedad del entrenador: un doble pivote insolvente, un Armenteros que no estaba para jugar... Se topó Jose García, el futuro de este equipo, con el Osasuna del pasado (o el del día del Levante, sin ir más lejos), y en ese lío espacio-temporal el partido se escapó por el sumidero porque nadie acertaba a superar al veterano portero. Las ganas del muchacho -al que no le pesó ni la responsabilidad, ni el ambiente, ni la experiencia de los contrincantes-, el entusiasmo que propició su aparición entre quienes hasta hace poco eran compañeros de grada, no fueron suficientes para darle la vuelta al error de Andrés Fernández que propició el gol del Almería porque los problemas no sanan en dos días tirando de la cantera ni tampoco se pierde la categoría por otra noche aciaga. Han destapado los dos últimos partidos -con proliferación de bajas por lesiones y sanciones- un Osasuna inestable; lograr un equilibrio, una regularidad en su rendimiento, costará más tiempo del que anticipaban tres buenos resultados. El de ayer fue un paso atrás, pero también, con Jose García, un regreso al futuro. Y por ahí sí vamos bien.