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Venezuela y el nuevo (des)orden mundial

La intervención de EEUU en Venezuela bajo Trump expulsa a Maduro, redefine el orden internacional, consolida un mundo multipolar guiado por intereses y deja a Europa espectadora

Venezuela y el nuevo (des)orden mundialEuropa Press

Bienvenidos a 2026, bajo el presidente Trump, América está de regreso”. Con esas palabras el secretario de defensa norteamericano, Pete Hegseth, resumía certeramente la intervención militar estadounidense en Venezuela. Pocas veces una rueda de prensa ha tenido unas intervenciones tan claras y, a la vez, tan significativas para entender el futuro. Como el mismo Trump admitió, Estados Unidos ha dado un vuelco a su política internacional de las últimas décadas y las cartas están sobre la mesa. América primero y todo aquel que se interponga sufrirá las consecuencias.

La intervención en Venezuela era algo esperado y previsible. Las recientes elecciones en las que, según la mayoría de los observadores internacionales, Nicolás Maduro había perdido y manipulado los resultados, dejaban claro que el régimen, sostenido por el aparato militar, entraba en una fase sin salida. Los intentos de negociación para la retirada de Maduro de la escena política, que según la prensa internacional llevan realizándose desde la segunda llegada de Trump al poder, parece que no han dado buen resultado. Se hablaba de un exilio dorado para Maduro y los suyos en alguna capital europea o asiática. Los intentos de atemorizar a los militares venezolanos con la presión militar tampoco parecen haber tenido éxito. Al final, la fuerza militar ha sido la que ha podido alterar la situación. Maduro ya está fuera de la ecuación a resolver sobre el futuro de Venezuela.

Veremos lo que ocurre con Venezuela en las próximas semanas. Las declaraciones de Trump afirmando que ellos mismos controlarán el gobierno hasta que este pueda caminar por sí solo causan asombro y cierta preocupación. Incluso la afirmación de que la premio Nobel de la Paz María Corina Machado y líder de la oposición no cuenta con el respaldo de la administración estadounidense refleja que el gobierno de Donald Trump ya tiene en mente a los líderes que protagonizarán la transición venezolana. Toda una declaración de intenciones, no dejando lugar a dudas sobre el futuro gobierno venezolano que requerirá de la bendición del país de las barras y estrellas, además de su continua supervisión.

Pero no nos engañemos, aunque Maduro ya no esté, ni vuelva jamás al país, la situación política venezolana no parece tan fácil de resolver como muchos suponen. El aparato militar continúa enrocado en la defensa del régimen bolivariano. Las declaraciones de Diosdado Cabello, figura clave en el ejército, llamando a la resistencia con chaleco antibalas y ametralladora en mano, no abogan por una transición sin complicaciones. Cabello fue la persona clave que evitó la derrota del chavismo en el intento de alzamiento contra Maduro en 2019. Junto a él estuvo Delcy Rodríguez, mano derecha de Maduro, y ambos parecen ser los líderes de la futura resistencia bolivariana. Cabe esperar una rendición, un autogolpe del propio ejército que evite más ataques norteamericanos o la captura de Cabello y Rodríguez, sin olvidar que las propias figuras históricas del chavismo, que ahora llaman a la resistencia, cambien de bando y asuman los postulados de Washington, traicionando todo aquello que llevan años proclamando. Los próximos días serán claves para vislumbrar el futuro cercano del país, pero esta última opción parece la más posible. Un chavismo que se transforma en su opuesto para lograr su supervivencia, aunque sea bajo la influencia y el mandato directo del enemigo histórico.

Más allá del hecho puntual de la intervención norteamericana en Venezuela, que esperemos que por fin logre culminar la transición democrática que le conduzca a la libertad y la prosperidad que el chavismo, sobre todo en sus últimas etapas, le negó a base de corrupción, falta de libertades democráticas y represión, como Amnistía Internacional ha denunciado múltiples veces; lo ocurrido en estos días marca un giro histórico en las relaciones internacionales contemporáneas.

Si el 24 de febrero de 2022, cuando las tropas rusas entraban en Ucrania, el orden internacional de la posguerra mundial saltaba por los aires, este 3 de enero, la intervención norteamericana en Venezuela abre un nuevo episodio en la historia mundial. Si Vladímir Putin fue el primero en romper el consenso entre potencias después de 1945, ha sido Donald Trump, el presidente del país que lideró aquel consenso y su principal garante, quien lo ha enterrado para siempre. A partir de ahora, el tópico término de cambio de época toma un nuevo significado. Ahora sí, de verdad, estamos en una nueva fase de la historia.

Nadie podrá afirmar que esto le pille de sorpresa. Muchos han sido los expertos, historiadores y analistas que han llamado la atención sobre el cambio de rumbo en el tablero internacional que se ha dado desde la segunda fase del gobierno Trump. El presidente norteamericano y su administración jamás lo ocultaron, regresaban para hacer de nuevo grande a los Estados Unidos y para ello cambiarían las reglas de juego. China no iba a ser la nueva potencia hegemónica, por mucho que Xi Jingpin llevase más de una década vociferando el futuro resplandeciente que le esperaba a su país como primera economía mundial. Trump empezó primero con la economía con su guerra de aranceles. Ahora, parece que toca uno de los históricos pilares de la hegemonía norteamericana, la intervención militar.

El reciente documento Estrategia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, publicado por la Casa Blanca en noviembre de 2025, asombró a los expertos por dos razones. La primera, por la falta de repercusión en los medios y en la opinión pública y, la segunda, por la claridad a la hora de explicar el cambio de estrategia de EE.UU. Por una parte la economía, con una nueva reindustrialización y un mercado internacional que favorezca a Estados Unidos. Por otra, una expansión de los valores y cultura norteamericana a lo largo del planeta. Finalmente, un poder suave que beneficie los intereses norteamericanos en su relación con el resto de los países del mundo.

Es decir, un mundo en el que, al margen de principios y valores, serán los intereses norteamericanos los que marquen el rumbo de las relaciones internacionales. Algo que algunos dirán que siempre fue así, y en cierto modo con razón, pero con el acompañamiento de un derecho internacional y unas instituciones a nivel global que mantenían los intereses de las grandes potencias dentro de un marco determinado, a pesar de las zonas grises que marcaron guerras y conflictos en los límites y periferias del mundo. Un mundo unipolar en el que había unas reglas para todos, aunque se hicieran trampas constantemente, incluso con partidas de juego sin regla alguna en determinados momentos y lugares.

Llegada del mundo multipolar

La intervención en Venezuela sepulta ese antiguo orden. El mundo multipolar que se venía anunciando desde hace algunos años, en el que las potencias se retrotraerían a épocas pasadas en las que cada una luchaba por los recursos y las áreas de influencia que les permitiera mantener el poder en el tablero internacional, ya ha llegado. El caso venezolano lo demuestra con claridad. Trump no lo ha ocultado, llegando a mencionar incluso la doctrina Monroe, América para los americanos. El continente americano es el patio trasero de Estados Unidos y serán los norteamericanos quienes la controlen. El presidente Trump ha sido también claro sobre la mayor reserva de petróleo del mundo, Venezuela, resaltando que no lo van a dejar en manos que no sean las propias. Alto y claro por si hubiera dudas al respecto.

A partir de ahora, ¿qué podemos esperar? Muchas son las líneas que se nos abren. En primer lugar, para el continente americano una mayor intervención norteamericana a todos los niveles y, viendo el alineamiento cada vez mayor de los distintos gobiernos de la región, una mayor integración de las economías no norteamericanas del continente con la estadounidense, sobre todo en lo referente a recursos naturales y tierras raras, piezas clave en el pulso económico que libra Estados Unidos con China.

En segundo lugar, nadie puede obviar que la intervención en Venezuela ha debido contar con la aquiescencia mínima de Vladímir Putin, principal aliado de Maduro. Esto vislumbra un futuro acuerdo respecto a Ucrania y quién sabe si un acercamiento entre Rusia y Estados Unidos. Un planteamiento político que Donald Trump no ha dejado de repetir como uno de sus mayores deseos, que puede dejar fuera de juego a la China de Xi Jingpin. Una alianza entre Rusia y Estados Unidos, es evidente, supondría una recomposición total de fuerzas en las relaciones internacionales.

En tercer lugar, la constatación de que el mundo que nos espera va a ser muy diferente del que conocemos. Un mundo de potencias mundiales que tratarán de asegurarse sus esferas de influencia y que buscarán, sin contar con nadie, atar en corto los recursos que les aseguren sus lugares de preeminencia en el tablero mundial. Un mundo multipolar en el que las reglas de juego no se decidirán por consenso. Al contrario, las potencias hegemónicas tomarán las decisiones unilateralmente, en función de las posibilidades que se les ofrezcan, haciendo uso de la violencia si lo juzgaran necesario. Un nuevo escenario donde las alianzas históricas parecen que se han evaporado y donde los países deberán tener muy claros cuáles son sus intereses y con quién deben alinearse.

Finalmente, la pregunta que nos toca formular, ¿dónde queda Europa en este nuevo mundo? Parece que la Unión Europea no se hace cargo de lo que está ocurriendo. Tras décadas de mediación con el chavismo, ha sido incapaz de lograr una salida democrática para una Venezuela devastada por la descomposición del régimen que se ha traducido en la emigración de 8 millones de venezolanos, cifra comparable a los éxodos de la Segunda Guerra Mundial.

La solución para Venezuela, lo queramos o no, ha venido del intervencionismo militar americano. Mientras, Europa continúa como mero espectador de un mundo que ya ha cambiado y ante el que cada vez será más importante tomar partido hacia uno u otro bando. Una Europa que parece que mira fijamente al desorden mundial que nos espera, sin tener claro hacia donde ir. Una Europa que, por desgracia, tampoco aportará mucho al futuro de una Venezuela sin Maduro. Un futuro que deseamos para Venezuela sea mejor que aquel que el chavismo prometió continuamente y jamás permitió. Una Venezuela democrática, próspera y en libertad. Por fin.