Muchos de ustedes lo escuchan en la radio, en Onda Cero, cada mañana, con Carlos Alsina; lo han visto por la tele, en La Sexta, en el programa de Antonio García Ferreras; y lo leen en novelas como Los días que no existieron, que acaba de publicar con la editorial Espasa, del Grupo Planeta. Daniel Ramírez García-Mina (Pamplona, 5 de septiembre de 1992) es el periodista navarro más movido y ha escrito un thriller clásico, un texto relampagueante –como su trayectoria–, fiel a su estilo periodístico de frases cortas y directas. En su novela, Julia es una periodista que vuelve a su casa, a San Sebastián, en busca de una gran exclusiva que la catapulte en su trabajo. Allí lidiará con sus fantasmas familiares –nieta de una víctima de ETA– y con un historión: el de uno de los últimos jerarcas nazis escondidos en España gracias a la dictadura franquista. El autor presenta el libro el martes, a las siete de la tarde, en el Nuevo Casino de Pamplona.
La novela transcurre en San Sebastián, en el norte. Hay euskera, hay paseos por la Concha, hay pintxos. ¿Se echa de menos el norte cuando uno está en Madrid?
Sí. Cuando uno vive lejos de casa durante tantos años, echa de menos los paisajes de su infancia, porque es lo que conforma nuestra identidad. San Sebastián forma parte de mi niñez. A Julia, le pasa pasa como a mí: que trabaja en Madrid, pero echa de menos esto, y regresa.
¿Tiene alguna vinculación especial con San Sebastián?
He ido mucho desde niño. Va a sonar lejano, pero no lo es porque vivió muchos años y la traté mucho, pero mi bisabuela tenía una tienda de antigüedades en la calle Easo, que es donde he situado el asesinato central de la novela. Para mí es importante escribir sobre los ambientes y los sitios que uno conoce, aunque estos últimos años he ido todos los veranos porque tienes que saber cómo huele una ciudad y qué ambiente hay en ella.
Julia reconstruye con minuciosidad el paradero de un viejo nazi escondido en San Sebastián.
La novela me permite rellenar con ficción lo que no puedo conseguir en la realidad. Pero yo parto de una investigación periodística muy concreta, que es que yo en la realidad recibí unos papeles que hablaban del paradero de los nazis en Euskadi. Escribo con tanta minuciosidad sobre esto porque los papeles existen, aunque la novela me permita las licencias propias de una novela. Cuento una anécdota curiosa: una lectora me ha escrito diciéndome que eran vecinos de toda la vida de un portal de la calle Usandizaga y no tenían ni idea de que el del tercero fuese nazi. ¡No, no, a ver, que yo he cambiado todas las identidades y todas las direcciones, que esto es una novela! (ríe).
Es la novela de un periodista.
Para escribir me he entrevistado con la hija de uno de los pilotos nazis que bombardeó Gernika, me entrevisto con ciudadanos centroeuropeos que han sobrevivido a ocupaciones nazis, me entrevisto con soldados de la División Azul que han combatido al lado de los nazis en la trinchera. Así es como he entendido cómo son los nazis en la distancia corta, que piensan del poder, de la política, de la ambición, del amor, del odio… Intento construirlos de una manera alejada del tópico.
En Pamplona encontró a una superviviente de Gernika.
Se ha escrito tanto sobre ese episodio que necesitaba ver el bombardeo con los ojos de alguien. Entonces encontré a María Esther, una mujer que vivía hasta hace poco en la Casa de la Misericordia. Me contó detalles increíbles de aquel día, que pasaron metidas en un cobertizo junto con otras muchas personas. Al entrar les dieron un palillo de dientes para que se lo colocaran en vertical en el paladar: era la manera de que no les reventaran los tímpanos las explosiones. También me dijo que le impresionó muchísimo ver a todo el pueblo, rojos y franquistas religiosos, rezando juntos el padrenuestro en euskera. Eso no está en los libros de historia, pero ocurrió.
Julia es nieta de una víctima de ETA. Lo oculta, lo vive con culpa.
Quería reconstruir ese espesor, esa ciudad del silencio. La violencia política que se mantiene en el tiempo solo es posible gracias a un gran apoyo social. Pasó tanto en el franquismo como con ETA. Tampoco es una novela moral. No he juzgado a nadie, ni a los asesinos ni a los asesinados. En el libro hay tanto víctimas que necesitan reconciliarse con los asesinos como aquellas que quieren marcar una distancia abismal. El dolor lleva a muchas situaciones de grandes virajes.
¿Cómo ve el debate sobre la memoria de las víctimas?
Creo que evaluamos con demasiada ligereza la actitud de las víctimas. Si nosotros hubiéramos pasado por ese trance, no sabríamos cómo reaccionaríamos. Hay que respetar que las víctimas reaccionen, no de la manera que quieran, sino de la manera que puedan, porque cuando la vida te lleva a un extremo así... suficiente tienes con sobrevivir. Muchas veces me asombra que desde fuera hay gente que se atreve a enjuiciar o a criticar la reacción de las víctimas. Creo que hay mucha utilización política de su dolor y eso es algo que me asombra y me indigna.
Usted está en la primera línea de los medios en Madrid, ¿ve allí esas actitudes?
Lo veo todos los días, todos los miércoles en el Congreso de los Diputados, en el Parlamento, y me produce dolor e indignación, claro. Vivimos un tiempo terrible para la memoria.
Y entre tanto uso político, la gente joven no sabe quién es Miguel Ángel Blanco.
Nuestra generación, y las que vienen, tienen el privilegio de disfrutar de un presente sin violencia, pero tienen el deber y la obligación de recordar lo que pasó.
La novela nos plantea si se puede sentir empatía por un asesino.
La novela tiene un gran interrogante de fondo: ¿qué hubiésemos hecho nosotros de haber estado allí? Si hubiésemos nacido en la Alemania de 1930, en la Euskadi de 1970. Tanto los nazis como los terroristas y cualquier persona que haya ejercido la violencia política era antes de apretar el gatillo exactamente como nosotros. Hoy en día, los secuestradores, los asesinos, los violadores, que aparecen en las páginas de sucesos de su periódico, viven integrados en la sociedad y nadie sabe qué son hasta que se les descubre. Esto es así, ¿no? Y de hecho, la prueba es que los viejos nazis vivieron refugiados en España en una total impunidad.
Entre historia e historia, deja unas reflexiones sobre periodismo y vida. Dice que los políticos y periodistas vivimos en una burbuja.
Me dicen que he hecho un retrato muy crudo, muy descarnado de la profesión. Probablemente tengan razón. He intentado escribir con mucha verosimilitud. Todos los periodistas tenemos líneas editoriales, pero yo siempre me he expresado con total libertad.
En la novela también aparece la cloaca del Estado, esos policías corruptos que atosigan a periodistas.
Juan Luis Cebrián me dijo en una entrevista que en el Estado siempre hay una tubería por donde se desagua la mierda.