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Olentzero trae nieve, animales y caramelos

El carbonero más querido de Navarra se paseó por las calles de Pamplona en Nochebuena. Llegó a media tarde, a las 18 horas, para que le diera tiempo a llenar las casas de regalos... o carbón.

si usted ha sido bueno este año, probablemente ayer amaneciera con un árbol de Navidad rodeado de regalos. Si por el contrario, fue travieso, quizá se encontrara un pino cargado de carbón. Efectivamente, un año más el carbonero más famoso de Navarra, Olentzero, abandonó su casa del monte para premiar a los niños buenos y advertir con carbón a los que han sido un poco más rebeldes. Pero si por la noche el sigilo y la discreción son la señas de identidad de Olentzero, en la tarde de Nochebuena se dejó ver y querer por miles de personas que acudieron a darle la bienvenida.

Quienes más disfrutaron, por supuesto, fueron los niños. Algunos saludaban y gritaban cuando pasaba Olentzero. Otros se abrazaban a sus padres, tímidos. Algunos, simplemente, miraban embelesados. Pero por poco tiempo. Los nervios por ver al carbonero y recibir sus regalos aumentaron la hiperactividad de los más pequeños, que correteaban por las aceras mientras esperaban la llegada de la comitiva. En la espera, y ante la desesperación de las madres que trataban de dar la merienda a sus hijos, éstos optaban por atacarse con sus paraguas o, más sencillo aún, quitárselo al compañero para que se mojara.

Porque quizá, la única nota negativa del desfile fue el tiempo. Lluvia constante, nieve ocasional y frío. Mucho frío. Los pequeños, vestidos de pastores, iban recubiertos de los pies a la cabeza con guantes, bufanda, botas, gorros, capuchas... Igual que los padres, que combatían el frío frotándose las manos y moviéndose nerviosamente.

Un olentzero rápido y frío

Llovió y nevó todo el desfile

Tal vez por el frío, este año el Olentzero realizó un recorrido especialmente rápido. La comitiva se plantó en la plaza del Castillo en poco más de 35 minutos. Partieron, como viene siendo habitual, de la calle Iturralde y Suit, del patio trasero de la Escuela de Artes y Oficios. De este modo recorrieron la plaza Conde Rodezno, la calle Paulino Caballero y Cortes de Navarra, la avenida Carlos III, la calle Duque de Ahumada y Espoz y Mina para llegar hasta la plaza del Castillo. De ahí siguió hasta la calle Mercaderes, enfiló Estafeta y volvió a subir por la calle Amaya.

Pese a que los termómetros justamente sobrepasaban los cero grados, la lluvia incesante, en ocasiones nieve, y las ráfagas de viento, las calles del recorrido se llenaron para ver y saludar a Olentzero. Se hizo esperar, eso sí. A las 18.05 horas aparecieron los primeros pastores, pero no fue hasta las 18.22 minutos cuando apareció, por fin, el carbonero. "¡Mira, Aitor, Ole- tzero!", le decía una madre a su hijo de apenas tres años que se agarraba con fuerza a los brazos de su padre. "Agur, Olentzero, dile agur", le insistía la madre. Sin éxito. Aitor prefirió contemplar el desfile sin gritar. Así, vio pasar, por ejemplo, a una cerda con dos cerditos pequeños y a una bandada de ocas, conducidas por un pastor. Pero también desfilaron burros (algunos con apenas unos meses de vida), cabras, con tres cabritos que provocaron un "oooooh" general entre los asistentes, un rebaño de ovejas y un largo desfile de gallinas, gallos, caballos y bueyes.

txistularis y txalapartaris

Las calles se llenaron de música

Los pastores, de todas las edades, no podían faltar y acompañaron a Olentzero por todo el recorrido, cuyos márgenes estaban abarrotados de silletas y niños a hombros de sus padres. Algunos tocaban txistus, otros tambores, había acordeonistas, violinistas, trompetistas, txalapartaris... La música, desde luego, no faltó. Pero aparte de músicos y animales, también estuvieron presentes los zanpantzar y una carreta con dos pastores representando el nacimiento de Cristo.

Los niños también participaron en el desfile. Los más pequeños iban en las carretas, tiradas por un caballo, aunque a más de uno no le hiciera demasiada gracia. Pues si bien algunos de los chavalines iban con caras radiantes por ir en la cabalgata de Olentzero, otros escrutaban a la multitud en busca de sus padres, preocupados, y unos pocos recelaban del animal que tiraba del carro y sus rostros mostraban cierto temor. No sin razón. Nada más salir, un par de caballos dieron un pequeño susto cuando se alborotaron y se negaron a avanzar, aunque los pastores los controlaran enseguida. Sin embargo, más adelante en el recorrido un caballo resbaló por el agua que había en la calle y protagonizó el segundo susto del desfile, aunque nuevamente no tuvo consecuencias para los niños.

El otro peligro para los pequeños radicaba en los ansiados y a la vez peligrosos caramelos. Peligrosos, porque cual piedras eran arrojados a la multitud. Algunas veces con certera puntería para impactar en la cabeza de los asistentes. Y ansiados porque al término del bombardeo, decenas de niños se movían con una rapidez impresionante entre las piernas de los mayores en busca de los caramelos que habían caído al suelo.

Sólo quedaba esperar

Regalos o carbón

¿Has sido un niño bueno? "Podría decirse que sí", contestaba dudando Miguel Labán, un niño de 9 años. A Olentzero le había pedido una sudadera de Osasuna. Si no mentía sobre su inocencia, ayer pudo estrenarla. "Noooo, carbón no me va a traer", aseguraba Ion Goikoetxea, un pequeño de siete años que afirmaba haberse portado bien todo el año. Como recompensa, había escrito una carta al carbonero en la que pedía unas figuras de Mario Bros y el juego Monster Lab.

"A mí igual sí me traen carbón", dijo Fernando Iribarren, con lo que reconocía que se podría haber portado mejor. Pese a todo, y por si acaso, había escrito una carta de un tamaño considerable. Pedía un skate, un balón de fútbol y unos guantes de portero. Ayer Fernando comprobó si finalmente Olentzero le trajo lo que había pedido... o carbón.