Este sábado ha amanecido pronto en Otsagabia. Más de lo normal. Las campanas han repicado con toda su fuerza y sin clemencia. Todo aquel que no hubiera escuchado el cacareo del gallo, ahora ya no tenía escapatoria. Era un día especial. 30 de agosto, pero de 1925.

“Antes solo sonaban para despertarse, para rezar el Ángelus y para irse a dormir”, ha comentado un vecino del pueblo. Los antiguos caseríos, imponentes y con sus tejados de ladrillo a dos aguas, han visto cómo, con los primeros rayos del sol, cada uno anduvo presto por las empedradas y estrechas calles a realizar sus labores diarias.

De las más puntuales han sido las lavanderas, que se han afanado en sacar el máximo brillo posible a las prendas blancas. Arantxa Carrero, la capataz de 54 años, no hubiera permitido otra cosa: “¡Qué no vea yo a nadie holgazaneando! El otro día en los bailes de las fiestas no estabais tan perezosas”. Como antaño, lavan la ropa y la extienden en los alrededores del río aprovechando el buen olor de la hierbabuena. También usan cubos con paños colocados en la superficie, llamados ceniceros, donde echan agua que se filtra y se asemeja a la lejía: “Es un día precioso y que lleva mucho trabajo a los vecinos”. Las más pequeñas han sido las más implicadas. Con sus cajones de la época en los que han apoyado las rodillas para lavar, han sacado lustre de las telas en el río. “Para ellas es una fiesta”, ha declarado Carrero con una sonrisa.

Otro de los clásicos del Orhipean también se ha despertado temprano. El matatxerri ha reunido expectación desde primera hora de la mañana. “A ver , ¿quién me puede decir qué es esto?”, ha preguntado Kike Iriarte, uno de los responsables de la elaboración del cerdo. “Las costillas”, ha respondido un grupo de niños al unísono y con entusiasmo. Tanto que tuvieron que indicarles que se marcharan a jugar. Había llegado la hora del almuerzo. “Una vez al año recordar los oficios de nuestros padres y abuelos es bonito. Es distinto a otras ferias y todos colaboramos”, ha afirmado Iriarte. De pequeño, aprendió a manipular en el pueblo los animales. “Recordar lo que hacías de niño es bonito”.

A las 11.30 horas de la mañana los más jóvenes han tenido clase en la escuela. “Es un recuerdo de nuestras vivencias en el pueblo”, ha defendido Lourdes Goienetxe, de 66 años. Ha rememorado cómo aprendían ellos en su época: “Los materiales eran limitados. Teníamos pizarrines y enciclopedias”.

El maestro Jaime ha tocado la campana. Teofilo, Cipriano y Jacinto, entre otros, han entrado a su llamada. Han hecho un dictado y algunos problemas de matemáticas. Ante sus bromas, el maestro ha tenido que castigarles como en antaño: de rodillas y sujetando libros y golpeando sus dedos con una madera. La clase ha finalizado a las 12.00 horas con el sonido de las campanas, que indicaban la hora de rezar. Además, tenían que dejar a las chicas su turno, que fue media hora después.

Cuando han salido a las calles con sus vestiduras antiguas, han podido disfrutar del resto de la vida del pueblo. Las hilanderas tejían calcetines mientras en la otra esquina se esquilaban las ovejas o se hidrataban las judías para poder conservarlas. También han participado de la función, como cada año, los cientos de turistas que han querido acompañarles en este viaje a su pasado.

Todos ellos se han encontrado de primeras con las puertas de uno de los caseríos abiertas de par en par. Una invitación a años anteriores. Dentro estaba Margarita Eseberri, la costurera. “Recordamos cómo nos enseñaron a coser nuestras madres y abuelas. Y lo seguimos haciendo, eso no se olvida”. Por una peseta ha confeccionado la saya y, por dos reales, la pañoleta. Sin embargo, ha lamentado que actividades como esta desaparecerán con el tiempo: “Aquí no sigue nadie, los jóvenes no se preocupan. Da mucha pena, pero esto se va a terminar”.

Mañana Otsagabia amanecerá como todos los días. Los vecinos escucharán probablemente la alarma del móvil y leerán la prensa desde sus ordenadores. Pero con un objetivo: esperar ansiosos hasta el año que viene, cuando volverán a recoger toda su esencia en un teatro viviente de iguales dimensiones que el pueblo.