Adiós a la clínica de Simón Blasco de Estella y sus mil historias
Estefanía Payret y Elena Cereceda asistieron al derribo de su casa en la ciudad del Ega, lugar emblemático y del que guardan recuerdos imborrables
Estefanía Payret (Tica) y su hija Elena asistieron en primera fila al derribo de su casa natal en el corazón de Estella-Lizarra. Un edificio que en esta ciudad casi milenaria podría resultar moderno, ya que se construyó a finales del siglo XIX como convento, que luego sería clínica y más tarde casa de viviendas.
Las máquinas derribaron en apenas una semana una construcción que albergaba un siglo y medio de historia y de cientos de vidas que crecieron a su abrigo. Ya han retirado también la veleta que anunciaba la dirección del cierzo los fríos días de invierno o el bochorno de las tarde de las fiestas de agosto. Es la misma dinámica de casi todas las ciudades: tirar o enterrar lo antiguo para volver a construir algo nuevo, que en este caso parece que tardará un tiempo en ponerse en marcha.
Como es natural, las obras de derribo fueron llamando también la atención de muchos ciudadanos de Estella y Merindad que sabían que tras esos muros estaba la primera clínica de la ciudad, probablemente, la primera en Navarra en contar con rayos x y que pusieron en marcha los médicos Marcelino Lorente y su yerno Simón Blasco. Un edificio que anteriormente fue convento de las hermanas de Santa Ana y en el que se enseñaba a leer a los niños y niñas de la Misericordia y que, a modo de jardín, también contaba con una huerta en la que se cultivaban las verduras y las flores con el agua de una de una acequia que venía desde el río Ega.
Los usos
Un remanso de paz que servía de descanso en las jornadas médicas pero por el que también se colaban a jugar los niños y niñas de la ciudad. Un rincón de recogimiento que disfrutó el pintor Gustavo de Maeztu que solía utilizar con frecuencia para pintar al aire libre. También, aquella casa fue refugio del mismísimo actor Pedro Larrañaga que había caído herido de un disparo en el rodaje de Zalacaín el Aventurero allá por 1928.
Y es que el cine estuvo muy presente en este espacio en el que el doctor Simón Blasco creó productoras y distribuidoras con las que intervino en decenas de películas. “Casi siempre acababa arruinado”, asegura su nieta Tica. Pero el viejo convento fue abandonado por la congregación de Santa Ana en 1914, año en el que se trasladaron hasta el actual en el paseo de la Inmaculada. Aquel edificio abandonado, con su lavadero y sus huertas tan cerca de la ciudad llamó la atención de Lorente y Blasco que para 1916 ya tenían montado lo que sería un sanatorio que tuvo éxito y que se convertiría en una clínica que contaría con toda “una sala de operaciones”.
Todos estos recuerdos los tiene anotados Tica, nieta y biznieta de estos médicos pioneros que se establecieron en la ciudad del Ega y de los que dependería en buena parte la salud de la comarca de Tierra Estella: tanto los que podían permitírselo como los que no, ya que: “los martes y viernes había asistencia gratuita para los más desfavorecidos”, recita de memoria Tica. Una memoria que tiene bien conservado el recuerdo de su abuela Teresa y sus dos tías, la que se fue a vivir a Filipinas y sobre todo la de la tía Luisa, cuyo ajuar “principesco” se quedó entre los muros de la casa ya que, a pesar de que estuvo a punto de casarse tres veces, sus novios fueron muriendo en las sucesivas guerras de “Cuba, Filipinas y la de África”. Posteriormente al edificio se incorporó al crecimiento de la ciudad y se le añadió una nueva planta que acogió a varia familias de Estella entre ellas las de “Albizu, Zabala, Aisa Gómez de Segura, la del pediatra Lameiro y otras”.
El derribo
También durante un tiempo dio cobijo a una dotación de técnicos alemanes que buscaban petróleo en la sierra de Urbasa “y que afortunadamente no encontraron”, asegura con una sonrisa Tica. De aquellos días quedó un árbol de navidad que dejaron los alemanes y que Valeria Legaria, que servía en la clínica, plantó junto a la casa y que finalmente creció más que el edificio, por lo que Tica le puso el nombre de El triunfo de la naturaleza. Precisamente el pino de “la Vale” fue lo primero que tiraron, aseguraba Tica, que ha seguido con pena y resignación el final del edificio que vio morir a Simón Blasco “creo que mi abuelo fue como los artistas del Renacimiento, capaz de dominar diferentes ramas del saber”.
También la hija de Tica, Elena Cereceda, mostraba su tristeza por el derribo al conocer de primera mano la historia que contuvo y lo que supuso también para ella, “este espacio fue el que me atrajo en su momento para quedarme en Estella cuando vivía en Madrid”. Ahora, tras el paso de las máquinas de derribo, la huella de los que vivieron en estos espacios se queda a la intemperie. Eso sí, Tica todavía conserva restos del ajuar de la tía Luisa y unos pocos ejemplares de la formidable biblioteca de Simón Blasco, la memoria de gente como el enfermero Eugenio Irisarri que trabajo allí o de la desvencijada veleta guardada en dependencias municipales.
Recuerdos de un espacio repleto de historias que ahora solo es un rectángulo vacío en medio de la ciudad. Un espacio que seguirá vivo mientras Tica, Elena y todos los que vivieron allí lo mantengan en su memoria.
