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El rincón del paseante

De archivero, cariño y co-nocimientos

De archivero, cariño y co-nocimientosIban Aguinaga

Hola personas, ¿Cómo va el invierno?, ya le queda poco. El arbolico de San José está a punto de florecer.

Espero que para entonces ya me hayan levantado esta sequía andariega y ciclista.

Como sigo parado, me he estrujado un poco el magín para poder traer algo de fuste a esta página sin mover el culo del sillón. O moviéndolo poco. Haz una entrevista, me dije. Y estuve de acuerdo.

Así que me puse a buscar un entrevistado, que no será el último, que fuese interesante, experto en un terreno cercano al que tanto nos gusta a nosotros, nuestra querida Iruña, que conociese su pasado, su presente, su arte, su historia, sus gentes, sus reyes y nobles, sus calles y plazas, sus luces y sombras, sus burgos, sus luchas, sus barrios, sus extramuros, sus muros y murallas, sus fiestas, sus tradiciones, sus mitos y sus costumbres. No había duda, en Pamplona el que más sabe de todo eso, con diferencia sobre el segundo, es el Dr. D. Juan José Martinena Ruiz.

Juan José Martinena Ruiz, nacido en Pamplona el día 1 de agosto de 1949, es hijo de Juan, natural de Tafalla, y de Josefina, natural de Peralta. Era nieto por vía paterna de Marcelo y de Inés Deán, tafalleses; y por parte materna era nieto de José y de Blasa Mina, peralteses.

Yo sabía hace muchos años quién era este archivero con pinta de archivero, cuando nació el médico le dijo a su madre: has tenido un archivero, Juanjo no podía haber sido otra cosa. Le oyes hablar de datos, de fechas, de leyes, de gentes y se le ve tal dominio, tal disfrute, tal cariño, que contagia, arrastra. Disfruta entre legajos más que un gorrino en un charco, ocupa buena parte de su vida entre estanterías y carpetas, detrás de ese dato que le falta para dar por bueno esto o aquello, él mismo dice que es un Santo Tomás: ver para creer, y lo que no se certifica no vale, y si hay que buscar se busca, ese es el espíritu del buen investigador y es que este pájaro aúna los dos terrenos, es archivero, hoy emérito, e investigador, no todos lo son.

No tenía el placer de conocerlo hasta hace dos o tres años tras coincidir los dos en la revista Pregón, en la que él lleva toda su vida y yo soy plumilla de nuevo cuño. En nuestra común afición el reparto es desigual, hay uno que siempre gana, yo, que soy el que aprende y con Juanjo siempre se aprende. Si le llamo para una consulta, me atiende en toda la extensión que haga falta, y aporta datos, y cita citas suyas de tal o cual libro “en donde hablé de eso”. Siempre tiene unas líneas o un capítulo dedicado a cosas que le consulto, pero, claro, es que, entre obra propia, desde “La Pamplona de los Burgos y su evolución humanaPamplona 1975, hasta hoy, y colaboraciones al alimón, a las que nunca dice que no, su obra alcanzará, sin duda alguna, decenas de títulos. Sin contar artículos innumerables.

Nuestro archivero y yo hemos trabado un buen entendimiento, quizá sea porque los dos nos dimos nuestros primeros tragos de mar salada y nuestros primeros banquetes de arena en la playa de Deba y eso marca.

Tal como os conté, hace unas semanas compartí mesa y mantel con Juanjo y con Jose Miguel Albizu. Yo ya era sabedor que me iban a mandar al banquillo unas semanas, y que iba a necesitar temas para mi ERP, así que le tiré los trastos al acabar la comida para que fuese mi entrevistado. Un telefonazo, días más tarde, puso lugar y fecha. Al día siguiente estaba invitado a comer en mi casa. A las 14 horas fue la cita. La mañana para mí fue más llena de lo esperado y llegué a casa un minuto antes que él, no habiendo colocado al fuego ni una sartén. Llegó mi invitado y le dije, mira, como está todo sin hacer, ven conmigo a la cocina mientras yo trabajo y vamos hablando. Y así fue, las cocinas siempre han sido gran lugar de tertulias y confesiones. Una copita de vino blanco y un platico de txistorra para no aburrirnos, yo comencé el trajín para poder sacar a la mesa una crema de champiñones y un bacalao a la vizcaína y empezamos a dar a la húmeda y a hablar los dos, sin reloj, del tema que nos une.

La primera pregunta que le lancé fue muy actual.

¿Cómo ves la ciudad?

Bueno, no la veo muy mal, tiene claros y oscuros, pero eso me pasa siempre, a mí la que me gustaba era la Pamplona de mi infancia y cuando pienso en Pamplona de modo global quizá le puede la nostalgia al análisis objetivo de la actualidad. Siempre he añorado mi infancia y mi juventud, aquella Pamplona tranquila, de gente conocida en todos lados, con sus tradiciones intactas y protegidas –confesó–.

Los dos coincidimos en que eso no vuelve, pero que con cuánta fuerza prevalece en la memoria.

¿Juanjo, desde cuándo tienen nombre las calles?

Pamplona, como ciudad netamente romana, en su nacimiento, nació con dos calles comunes a todos los espacios urbanizados por el imperio: el Cardo, Dormitalería, y el Decumano, calle Curia. Poco más se sabe de calles nominadas en la Navarrería, ciudad producto de la Pompelo romana. No es hasta el siglo XIII en el Burgo de San Cernin, más, y en el de la Población de San Nicolás, un poco menos, donde se empieza a llamar a las calles con nombres gremiales: cuchillerías, pellejerías, herrerías etc. Curiosamente, las calles que formaban la Pobla Nova del Mercat, la parte de la plaza de la O, sin embargo, tenían nombres en euskera, Arrias oranza o Zacuninda. Estos nombres que iban naciendo e iban formando ciudad, se registraron en los libros de fuegos de 1366 y de 1427. Tras la conquista, y por motivos militares, los conventos que se encontraban extramuros son derribados y sus moradores reubicados intra muros, lo cual cambia sustancialmente la fisonomía de la ciudad, San Francisco, el Carmen calzado, la Merced, Descalzos, Santo Domingo.

También cambiaron el nomenclátor callejero, dando nombre a la calle de su emplazamiento. Así que, resumiendo, las calles en Pamplona comienzan en los burgos nuevos, con los oficios, en el siglo XIII, y cambian algo con los conventos en el XVI. También las parroquias, San Lorenzo, San Agustín, por ejemplo, dan nombre a su calle.

¿Qué fue más letal para el arte de nuestra ciudad?, ¿La desamortización de Mendizábal? ¿O los diferentes reyes, alcaldes, regidores y demás personal administrativo que en su mano ha tenido el futuro de una pieza importante de nuestro patrimonio y le han dado piqueta?

Sin duda la primera. Los segundos han sido hechos puntuales que hay que entender en su contexto, a veces se puede disculpar por las necesidades que la ciudad tenía y no les templaba la mano para precisar de lo que fuese, pero la desamortización de Mendizábal fue un atraco a mano armada organizado en Madrid para dar el gobierno liberal un golpe de efecto contra la iglesia por tener bienes improductivos, y contentar a la nueva burguesía filo liberal, que se hicieron con todo el patrimonio de las órdenes a peseta, lo cual no arregló el problema financiero que el país tenía. Al quitar el sustento que les daba la tierra, los conventos se abandonan y pasan en su gran mayoría a ser cuarteles, almacenes militares o lo que fuese menester. Se recupera el contenido y se destroza el continente. Los ayuntamientos que llegaron tras Juan de Dios Álvarez Méndez, “Mendizábal”, se encontraron joyas, como el convento de la Merced o el del Carmen, totalmente arrasados por la soldadesca.

Juanjo, háblame de la vida lumpen en la vieja Pamplona. ¿Qué había referente al lenocinio, a las cosas de la cremallera?

Lo siento, pero esto se leerá la semana que viene, espacio manda y queda mucho, no quiero resumir.

Continuará.

Besos pa tos.

Facebook : Patricio Martínez de Udobro

patriciomdu@gmail.com