La otra ganadería de las tierras tarifeñas que nos tocaba era la de la casa La Palmosilla, que seguramente sea la más cercana a la localidad más sureña de toda la península, y desde sus laderas se vislumbra casi siempre el otro lado del estrecho, y a días claros, que son la mayoría, se distingue perfectamente el movimiento de la ciudad de Tánger a simple objetivo de la cámara. Pero con alerta roja en casi toda la provincia todo se complica, y ya, la tarde anterior, el ganadero me comunica que quedemos a media mañana en el Apolo XI, porque vamos a intentar entrar en La China a ver los toros, pero que no se puede ir hasta la finca La Palmosilla. Y a Tahivilla nos llegamos, apenas pasadas las 11 de la mañana.

Y no llegamos tarde porque el desbordamiento del Río Guadiaro dificulta la llegada de nuestro anfitrión, que nos avisa de ello y pide comprensión por su segura tardanza. La escena del local, venta ya de sobra conocida por nosotros, es de trasiego continuo. Gente de campo con botas de agua que pasan al café y la tostada contando las penurias que ahogan sus casas. Y palabras como terrible, dantesco, lo nunca visto de la mayoría, dan pie a los mayores a rebobinar décadas atrás y contar si aquella fue mayor o esta. Y en medio llega Javier Núñez y se sienta a tomarse un refresco con nosotros.

Y en la charla iniciada nos cuenta cómo está la cosa por el campo de Gibraltar y la zona oeste de Málaga, y me pregunta cómo hemos podido llegar, sabedor que Chiclana, Conil están cerradas por agua y Vejer, por desprendimientos, no se puede rodear. He venido por la carretera de La Cantora, le digo. He visto La Zorreja y El Toñanejo hasta arriba de agua, pero por la carretera de la casa de la Pantoja, hemos llegado al cruce dejando la ronda de Vejer cerrada a nuestra derecha, pero abierto hasta aquí, comento. Y nos pregunta qué nos ha parecido la laguna de La Janda. David comenta que eso no se va a ir rápido, que ha vuelto a nacer una buena charca de aves en España. Y hablamos de los enormes tubos que desaguan al mar esta zona. Quince días después será el propio ganadero quien me envíe unas fotos de una laguna llena de vida porque esas tuberías siguen atascadas, y no ha parado de llover sobre mojado. Nos ponemos en marcha en el gran vehículo de Javier. Vamos a intentar llegar allí, que llevo diez días sin venir, nos dice. Hay que intentar pasar por un camino que está totalmente destrozado, y no es por este agua, que lo arruina más.

Toro negro con los pelos de invierno.

Lleva lustros peleando con consejerías y ministerios para que se arregle. Y es que es un vial fundamental para muchos cortijos, donde viven personas en todos ellos y si ocurre alguna desgracia no pasa ambulancia ninguna. Y en tensa conversación paramos en un alto donde dominamos hasta la localidad de Vejer. Sigue lloviendo y vemos un mar de más de diecisiete kilómetros de longitud y más de cuatro metros de altura en su zona central. Javier lo sabe porque ahí están Las Lomas, donde se sitúa la central que da electricidad a todo el extenso paraje, y que ha dejado a todos en apagón. Después de lo del año pasado ya estamos preparados, cuenta. No hay nada como que tengamos desgracias para espabilar. Triste realidad. Ya vemos sus utreros y algunos toros. Aquí tiene los machos después del destete hasta los cinqueños. En su casa apenas llega la nueva charca, pero calcula que unas cincuenta hectáreas forman parte de ella ya. Así de cerca estamos de ello.

Nos señala una especie de isla con una casa en el alto. Es la casa de Los Derramaderos, finca de su primo Carlos. En medio de la Janda parece un islote, y nos hace hablar de los pobres animales, porque ya tenemos claro que de cosechas, esta primavera nada. Y habiendo vencido al camino, con su buen hacer al volante, y no exento de riesgo ya que poco ha faltado para acabar en el agua unas pocas veces, estamos a la entrada del cortijo. Allí, los cuatro vaqueros están ya de retirada. Han terminado el trabajo y se van a comer y a casa. Van todos en un buen Defender. No para de llover y ver los toros de cerca, nos dicen que imposible. Justo ha entrado el tractor con el pienso en la pala. Subir al alto y de allí se ven, pero si bajáis hacia su cercado, luego no suben Vdes., nos dice el mayoral Guillén. Entramos en la casa, sin luz, y vemos la plaza con un palmo de agua. Javier nos cuenta cómo le llaman muchos toreros para tentar, y que por eso puso su plaza ahogada con un atún rojo llamado ‘Almadrabito’ saltando en ella y que seguía el anzuelo con mucha codicia y calidad, a modo de broma. Y es que humor tiene un rato. Sabe que lo de Las Iruelas resultó un fiasco e intenta por todos los medios que veamos toros, pero los nuestros quedan lejos hasta para el 400 que llevo en la cámara y que nunca uso por lo cerca que los vemos.

No te preocupes por eso. En un par de semanas te paso todos, determina. Y por eso las fotos que ilustran este reportaje son de su cosecha. Y ya ven que aún tanto tiempo después, el barro predomina sobre ellos. Nos vamos a comer a Tarifa, a La Codorniz. Solos, junto a la chimenea, atendidos de primera y con el grupo electrógeno saltando cada poco porque se va la luz, nos pegamos ese homenaje gastronómico que está, por ahora, muy por encima de lo que se puede hacer en las casas. Y con agradable sobremesa se nos echa el ocaso encima dando por terminada una jornada infernal, y que será tensa hasta entrar de nuevo en Jerez. Y a pesar de todo, muy agradecidos los dos al esfuerzo de Javier Núñez. Será difícil de corresponder.