Cuando en 2007 publicamos el primer artículo denunciando las inmatriculaciones masivas que, de manera oculta y ventajista, estaba practicando la jerarquía de la Iglesia, al obispo Sebastián, el falangista del tricornio, le faltó tiempo para citarnos en su homilía de la romería de Uxue, acusándonos de ser los ateos de siempre, a la carga de nuevo para desprestigiar la Iglesia católica. Y nos señaló públicamente con su dedo amenazante, sin duda indicándonos ya el camino del infierno.

Unos días más tarde un conocido vecino, cristiano viejo por los cuatro abolorios, me paró por la calle y cuando yo creía que iba a continuar con la filípica obispal, me dijo: “Ya sabes que en muchas cosas estamos en total desacuerdo, pero en esto tenéis toda la razón”. Entonces tuve la certidumbre de que habíamos ganado, al menos la batalla moral. Una vez más, para desprestigiar a la Iglesia bastan sus obispos.

Creada la Plataforma de Defensa del Patrimonio Navarro, ateos, agnósticos y creyentes nos unimos con el único objetivo de que volviera a los pueblos todo lo robado con el decreto de Aznar, decreto enseguida anulado por su mismo partido, una vez consumada la rapiña, conscientes como eran de su ilegalidad e inmoralidad. Varios cristianos no dudaron en ponerse al frente de la misma y su primer presidente fue Pedro Leoz, toda su vida misionero en primera línea, en pro de los más humildes. “Usted no me va a robar la fe” le dijo al obispo cuando este le llamó para recriminarle y quitarle el salario. Teólogos reconocidos como Jesús Lezaun o Joxe Arregi salieron a la palestra denunciando a la Jerarquía con las palabras del Nazareno: “No podéis servir a Dios y al Dinero” (Lc. 16,13). Y las dos principales organizaciones de todo el Estado, Redes Cristianas y Comunidades Cristianas Populares, apoyaron a la Plataforma y siguen firmando con ella comunicados y libros divulgativos.

Desde el primer momento, tuvimos codo con codo a Carlos Armendáriz, exmisionero, de gigantesca humanidad, que ocupó la presidencia de la Plataforma al fallecimiento de Pedro Leoz. Y hasta el final lo hemos tenido luchando, con la pluma, la palabra, la pancarta y hasta vestido de Melchor, para entregar el carbón navideño a los que se portan mal. “A Dios lo que es de Dios y al pueblo lo que es del pueblo”, repitió muchas veces.

Conocer a Carlos, como a Pedro, Jesús y tantos otros, ha sido un placer personal y una lección de militancia. No podremos acompañarlos en el Valle de Josafat, pero tampoco nos importaría, si estuviera lleno de gente como ellos. Todo menos caer en el infierno de los obispos, de los sepulcros blanqueados, que no solo roban el patrimonio común, sino también la inocencia de la buena gente. “¡Ay de los que escandalicen!” les seguirá diciendo Carlos, toda la eternidad.