El penúltimo mensaje de whatsapp que recibí de Javier, hace unas semanas, decía “me alegro mucho, ya me contarás”. Su alegría se refería a un bonito día que había pasado en Milán también gracias a él y parte de su familia.
No se lo he podido contar, no me dio tiempo de volver a Pamplona para verle, ni de hablar con él por teléfono, pues la situación no nos permitió conversar antes de que se fuera. De una forma para mí impensable, ingenuamente inimaginable, quizá.
Tal vez porque nunca pude verle como una persona vulnerable, con una fragilidad latente que te consume aviesamente. Para mí siempre fue sólido, entero, robusto, ágil, porque eso se desprendía de su cercanía y compañía física. Probablemente por eso, le conté en una ocasión, a veces soñaba por la noche con que se levantaba de su silla y, ante mi asombro, recorría unos pasos sobre sus piernas. Para tranquilizarme de la sorpresa me explicaba, en el sueño, claro, que él si quería podía erguirse, con mucho esfuerzo, y andar un poco, pero solo muy de vez en cuando.
Cómo no iba a poder hacerlo, en mi subconsciente, alguien con tanta energía, siempre posicionado al frente de movimientos y batallas sociales, respetado por todos los lados del ágora pública por su espíritu de servicio. Un verdadero militante civil de los derechos de las personas con discapacidad (aquí Javier me corregiría, recordándome que la discapacidad no la tienen las personas concretas, sino la sociedad que las considere como tales), activo y comprometido no solo con las proclamas y los bellos discursos, sino muy especialmente con el barro de la responsabilidad institucional y la gestión cotidiana.
Se doctoró bajo mi tutela, escribiendo un libro sobre accesibilidad universal, un caso extraño, pero no por ello menos palmario, en que sobre el tema objeto de la investigación el doctorando le daba mil vueltas al doctor. Me preguntó, al principio de nuestro periplo académico, si cabía como tesis doctoral en derecho un trabajo que, en lugar de citar a todos los colegas de la disciplina repitiendo en tochos infumables lo ya dicho tropecientas veces (y leído casi ninguna), desarrollara una hipótesis teórica que pudiera servir en la práctica para quienes llevan la carga de administrar las políticas de accesibilidad en nombre de la ley. Mi respuesta no fue ni afirmativa ni negativa; fue: ojalá.
No se lo dije nunca, por miedo a que me contradijera, pero la primera vez que me mostró el mecanismo de su silla de ruedas para subirse a la altura de la barra del bar, comprendí que la accesibilidad universal también es una condición del alma. La capacidad de disfrutar es importante para que tenga éxito real cualquier medida social dirigida a eliminar las barreras que discriminan a los individuos en el ejercicio de sus potestades personales. Javier la tenía.
Y en más alto grado, si cabe, poseía las ganas de que disfrutaran los que quería. Era arriesgado dejarle descubrir que te gustaba algo que no tenías a mano, ya fuera un queso particular, unas entradas para un evento o un contacto. No paraba hasta que lo tuvieras. Así era Javier, siempre en movimiento.
Su último mensaje de whatsapp, hace unos días, fue el emoticono de un pulgar hacia arriba. Me lo mandó como respuesta cuando, estando él ingresado, le escribí para decirle que en cuanto se mejorara le contaría cómo fue aquel día precioso que pasé en Milán gracias a él. No nos dio tiempo, Javier. Pero cualquier noche de estas, amigo mío, volveré a soñar contigo erguido y caminarás hacia mí con esa sonrisita de satisfacción por haber conseguido que yo disfrutara de tu obra una vez más.
El autor es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Oviedo