“La vida es un lugar solitario”, del libro La sociedad del cansancio, del escritor Biung-Chul Han. Seguramente ésta es la sensación que te ha rodeado en tu vida.

Siempre fuiste fiel y nunca fuiste sumiso. Cuando estuviste conmigo, trabajaste como un sabio: escuchando para aprender y preguntando para ayudar. Tu silencio remansaba la vorágine de asuntos que inundaba cada día la oficina. Exquisito con tu trabajo, siempre a punto los datos que se necesitaban para ayer, captaste pronto el estilo y las formas de una empresa acelerada en un gremio alocado. Supiste estar, acompañar y empatizar con el equipo de gestión. A mí, personalmente, nunca me defraudaste. Y sé –me lo han dicho hoy mismo– tampoco a quienes supieron de tus problemas de salud y, por eso mismo, apreciaban tu tranquilidad en el desempeño de las tareas que desarrollabas. No sé si te lo llegué a decir, también nuestro jefe Javier, osasunista como tú, y los dueños de la empresa apreciaban tu comportamiento. Luego vino el tsunami de los ERTE, la frialdad de los números, la falta de humanidad en las decisiones, las injusticias… y con las injusticias se volvieron a abrir las grietas de tu enfermedad, de tu estabilidad… “Se está a la vez vacío y aterrorizado”, escribía María Zambrano, la filósofa malagueña.

Y yo, ya estaba lejos de ti. Me alegraba cuando veía tus fotos en las cimas de las montañas, cuando me hablaban de tus nuevos trabajos; me dolía cuando sabía de tu vida a trompicones. Y me alegré cuando te abracé en el campo de Erripagaña donde jugaban mis nietos y tu sobrino.

Hoy siento el hueco que dejaste aquel día y, sobre todo, el dolor que he sentido al enterarme de lo que ha sucedido. “La gente se muere de indiferencia hacia el futuro”, escribe J.M. Coetze, el escritor sudafricano. Muchos sienten esta misma sensación. Tú lo vivías dentro de ti y te entendemos.