Heraldos negros
francis Fukuyama predijo que el capitalismo realizaría las viejas utopías marxistas. Sin embargo, muy lejos de cumplirse, los heraldos negros de César Vallejo están penetrando en lo más profundo de nuestra decadente civilización occidental. Y es que, como decía Lord Byron, el mejor profeta del futuro es el pasado, que nos enseña que de la explotación del ser humano no puede emerger nada bueno. Sin embargo, pese a la injusticia social imperante, hemos pasado de la pasión y la indignación atemperadas por la razón y el conocimiento a la mediocridad y a la ambición apenas disimuladas por una burda operación cosmética. Estamos asistiendo a una profunda crisis de la civilización occidental, que hasta ahora se asentaba en dos ejes: el capitalismo y la democracia representativa. Lo grave es que el capitalismo está devaluando la democracia hasta tal punto que progresivamente se está instaurando la dictadura fáctica del poder financiero y empresarial. La sociedad ya no está dirigida por políticos electos, sino por los mercados. En este contexto, el neoliberalismo parece cómodo y decidido a aplicar una política económica que exhibe como una ciencia exacta, libre de condicionamientos o intereses financieros o empresariales. Y así, bajo esta falaz premisa, impone unas reformas estructurales como si fueran imprescindibles para conformar un escenario macroeconómico más competitivo y propicio a la inversión, aunque lamentablemente la competitividad es sinónimo de bajos salarios y de una severa reforma laboral. Lo cierto es que están recortando la sanidad, la educación, las ayudas sociales, abaratando el despido, generando despidos en cascada, bajando los salarios, creando empleo basura, desahuciando a la gente de sus casas, amnistiando a los grandes defraudadores fiscales, amparando o indultando a políticos corruptos y socializando una deuda bancaria estrictamente privada. El trabajo ya no es un derecho, es un privilegio; la vivienda no es una necesidad, es un lujo; las pensiones de jubilación ya no son una contraprestación tras años de esfuerzo contributivo, sino una carga que hay que minimizar. Se ha llegado, doblegándose a los mercados, a reformar el artículo 135 de la Constitución española, en el que se dice que el pago de la deuda tendrá un carácter prioritario. Si no hay dinero para hospitales o para escuelas que no haya, pero primero hay que pagar los intereses de la deuda. En fin, todo un fraude social revestido de ciencia económica que no respeta ni los Derechos Humanos reflejados en la Carta de la ONU de 1948. Y no falta la casta sacerdotal, integrada por politólogos, economistas, tertulianos, periodistas y políticos, que mantienen que estas recetas son duras pero necesarias, aunque lo cierto es que en puridad lógica no es posible lograr un determinado fin económico y social con medios que estén en las antípodas de ese fin. Pensábamos que superado Maquiavelo el fin no justifica los medios, pero no es así. El pragmatismo liberal considera que la bondad de los medios depende de su utilidad. El neoliberalismo está mostrado su verdadera cara. Se levanta sobre un montón de hambre y desempleo y lleva inexorablemente a la destrucción social, porque genera desempleo, desigualdad y marginación. En definitiva, genera las condiciones para que al ser humano le falte aquello que necesita para vivir como un ser humano. Sin embargo, la ciudadanía no se rebela, probablemente porque el poder financiero está asfixiando, mediante su lenguaje épico, su propaganda hiperbólica y su mordaza legal y policial, la capacidad reflexiva de la gente, haciéndola más unidimensional, como dijo Marcuse. La lucha de clases se ha convertido en unilateral y, como dice el millonario Warren Buffet, la están ganando los ricos. Y si la vida económica y laboral continúa por la actual pendiente de degradación, entraremos en una grave situación de emergencia nacional que afectará gravemente a la Unión Europea. Ante este peligro, el poder financiero y empresarial puede tener la tentación de propiciar la gran coalición, algo en lo que hace tiempo viene trabajando. La gran coalición será la versión explícita de un pacto entre el liberalismo y la socialdemocracia, cuyo objetivo será mantener el actual statu quo del libre mercado. No olvidemos que tras la apariencia de su confrontación dialéctica, ambas ideologías han jalonado el camino de hitos que conforman un proyecto único, un discurso único y un mercado único. Ambas han hecho reformas del mercado laboral que han perjudicado a los trabajadores, han recurrido a las privatizaciones, han desarrollado reformas fiscales injustas, han congelado salarios y pensiones de jubilación y han llegado a un pacto de estabilidad económica que dificulta la justicia social. Aun reconociendo sus muchos logros, la socialdemocracia europea lleva años instalada en un pragmatismo posibilista que lejos de buscar transformar la actual sociedad, la refuerza y mantiene, incluso en ocasiones con políticas liberales. La socialdemocracia parece haber erradicado de su discurso la afirmación de Bertolt Brecht: “Nada debe parecer imposible de cambiar”. Por tanto, la socialdemocracia no puede limitarse a ser una interpretación heterodoxa del capitalismo ni incurrir en la tentación de la gran coalición, sino que debe formular una cosmovisión distinta al capitalismo y liderar una alternativa social, política, moral, ética, intelectual, cultural y estética diferente. De lo contrario, si la ciudadanía, independientemente de su ideología, esto es de forma transversal, se sitúa ante la brutal evidencia de una sociedad injusta, corrompida y degradada, probablemente estaremos abocados a una Primavera Europea, en la que el pueblo se convertirá en sujeto de su propia liberación, teniendo como adversarios a los mismísimos partidos políticos. La irrupción del Movimiento de los indignados, de las diversas plataformas sociales y de Podemos representan la indignación ciudadana ante la desigualdad creciente y la corrupción, que están sepultando al país de forma vergonzante. Es necio negarlo. En fin, hacen falta más que nunca la aparición de esos seres imprescindibles de los que hablaba Bertolt Brecht.
El autor es exconcejal del Ayuntamiento de Pamplona